- GIDEON RACHMAN
El mundo necesita un liderazgo con visión de futuro, pero es poco probable que los líderes de EEUU y China lo ofrezcan.
"Acabo de salir de casi tres horas de reuniones informativas y debates con el presidente de la República y los servicios de inteligencia y seguridad. En mis 50 años, rara vez he sentido tal sensación de vértigo. Vértigo ante la gravedad de las situaciones en Oriente Próximo y Ucrania, y ante la locura depredadora que empuja al mundo hacia el caos".
Así habló la semana pasada Guillaume Lacroix, un político francés. No es el único que comparte esta sensación. Desde hace semanas llegan advertencias preocupantes sobre el riesgo de guerra desde las capitales europeas. Las señales de alarma que suenan en Silicon Valley sobre la IA se han escuchado en todo el mundo. Se está gestando una crisis energética. Los mercados de bonos apuntan a una posible crisis de deuda.
Es un momento crítico en los asuntos mundiales. En teoría, esto hace que sea una buena notica que los líderes de las dos naciones más poderosas se reúnan a finales de esta semana. Donald Trump y Xi Jinping tienen mucho que discutir: guerras, energía, IA, comercio, Taiwán, el salón de baile de la Casa Blanca.
Sin embargo, la enorme desconfianza entre EEUU y China —y las limitaciones de los dos líderes implicados— hacen muy poco probable que se produzcan avances reales en cualquiera de las grandes cuestiones.
Una de las principales razones por las que las dos potencias siguen observándose con cautela —sin abordar temas de interés común— es su continua pugna comercial.
Cuando Pekín respondió inicialmente a los aranceles anunciados por Trump el 2 de abril de 2025, EEUU restó importancia al asunto. Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense —siempre aficionado a las metáforas de juego—, afirmó que Pekín jugaba al póquer "con una pareja de doses". En realidad, las restricciones que China impuso a la exportación de tierras raras y minerales críticos se parecían más a una escalera de color. En cuestión de semanas, las líneas de producción de industrias clave de EEUU empezaron a tener dificultades.
China y EEUU firmaron una tregua comercial en Corea del Sur en octubre de 2025, que podría renovarse en Washington. No obstante, el intercambio de ataques comerciales ha aumentado la desconfianza en ambas partes. Tanto Pekín como Washington se mantienen ahora alerta ante cualquier forma de cooperación que pudiera volverse en su contra en el futuro. Dada la casi inexistente confianza mutua, hay pocas probabilidades de que Estados Unidos y China colaboren eficazmente para afrontar amenazas comunes que trascienden las fronteras nacionales, como la inteligencia artificial descontrolada o el cambio climático.
Las principales empresas estadounidenses de IA abogan por una estrategia conjunta entre EEUU y China en materia de regulación. Bessent señala que ambas naciones acaban de acordar establecer un diálogo sobre inteligencia artificial; sin embargo, dichas conversaciones se verán limitadas por la rivalidad inherente entre Washington y Pekín. Trump sostiene que "llevamos ventaja a China en inteligencia artificial" y afirma querer "mantener esa situación, porque quien gane la carrera de la inteligencia artificial, ganará".
Por su parte, China sospecha que los llamamientos estadounidenses a favor de una postura común en este ámbito no son más que un intento de consolidar la ligera ventaja de Estados Unidos en una tecnología decisiva. Artículos recientes en medios oficiales chinos se han centrado en la amenaza que la inteligencia artificial podría suponer para la continuidad del gobierno del Partido Comunista, más que en el riesgo que representa para la humanidad en su conjunto.
A Trump le gusta rechazar cualquier idea que le resulte incómoda calificándola de "farsa". Esa fue la palabra que utilizó para referirse a las amenazas planteadas por la inteligencia artificial, y es también el término que lleva tiempo empleando para hablar del cambio climático.
En su lugar, el presidente estadounidense ha priorizado el uso de las abundantes reservas de petróleo y gas del país para lograr "el dominio energético estadounidense", al tiempo que se ha jactado de su retirada del Acuerdo de París sobre el clima y de "docenas de otros acuerdos climáticos internacionales de la izquierda radical". Dicha política ha permitido a China consolidar su propio dominio en las industrias que sustentan las energías renovables, como la fabricación de baterías, paneles solares, turbinas eólicas y vehículos eléctricos.
Los dos países están amenazados por la escasez de suministro energético provocada por la guerra en Oriente Próximo. China ha participado en el proceso de paz en el pasado y es un importante importador de petróleo de la región.
Pero incluso si Estados Unidos quisiera la ayuda de Pekín para poner fin al conflicto (lo cual es poco probable), Xi no tiene motivos para meter la mano en el incendio que Trump ha iniciado en el Golfo. El alcance de la cooperación entre Estados Unidos y China en la guerra de Ucrania es aún más limitado. Pekín sigue desempeñando un papel crucial para mantener a flote la economía rusa.
En lugar de desempeñar un papel de pacificador, sigue existiendo el riesgo de que China inicie un tercer conflicto global importante invadiendo o bloqueando a Taiwán. Estados Unidos está pasando dificultades en Irán y sus reservas de armas se han agotado. A diferencia del presidente Joe Biden, Trump ha restado importancia a la idea de que EEUU lucharía por Taiwán.
Todo eso podría aumentar la tentación de Xi de actuar pronto. Por otro lado, el líder chino habrá notado cómo Estados Unidos y Rusia han tenido problemas para ganar guerras contra naciones más débiles, lo que puede inclinarlo a concentrarse en aumentar la presión política sobre Taiwán.
Tanto a Trump como a Xi les encanta la pompa y la ceremonia. Habrá mucho de eso en Washington, pero es probable que haya poco compromiso serio en las cuestiones que importan al mundo. Esto no será un equivalente moderno de la cumbre Reagan-Gorbachov en Reykjavik de 1986, donde los dos líderes hablaron del desarme nuclear radical y vislumbraron el fin de la guerra fría.
Trump y Xi representan naciones rivales. Pero, lamentablemente, los dos líderes tienen muchos de los mismos defectos: narcisismo, nacionalismo y estrechez de miras. El mundo necesita líderes con visión de futuro. Eso no es lo que tenemos.
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