Un soldado talibán permanece junto a un cañón antiaéreo mientras vigila la posible presencia de cazas paquistaníes, en la provincia de Jost, Afganistán. Stringer Reuters
Oriente Próximo Turquía y Catar intentan apagar el fuego de la "guerra total" entre Pakistán y los talibanes: "Teme Erdogan que se propague"Ankara y Doha intentan cortar la espiral y reactivar un formato diplomático ya ensayado para evitar que el conflicto contagie a la región.
Más información:Las cinco claves del conflicto entre Pakistán y Afganistán: de ser aliados a la guerra abierta en tan sólo cinco años de régimen talibán
Marga Zambrana Estambul Publicada 28 febrero 2026 02:32hLas claves nuevo Generado con IA
Pakistán ha atacado objetivos talibanes en grandes ciudades afganas, incluida Kabul, y el ministro de Defensa paquistaní ha descrito la situación como una "guerra abierta".
El salto eleva el riesgo de una crisis larga y de expansión regional y devuelve a escena a los mediadores que ya abrieron un canal en 2025, Turquía y Catar. La duda es si podrán frenar la escalada o si el esfuerzo quedará en gesticulación para consumo interno.
Ankara y Doha intentan cortar la espiral y reactivar un formato diplomático ya ensayado. En octubre de 2025, cataríes y turcos mediaron para consolidar un alto el fuego mediante un mecanismo de monitorización y verificación, con penalizaciones al infractor.
Este viernes, el ministro turco de Exteriores, Hakan Fidan, habló por teléfono con sus homólogos de Pakistán, Afganistán, Qatar y Arabia Saudí —Ishaq Dar, Amir Khan Muttaqi, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani y Faisal bin Farhan— para desactivar los combates.
Los talibanes han pedido a Catar que redoble esfuerzos de mediación y, a continuación, Turquía activó llamadas regionales. El patrón encaja con lo pactado en octubre: Doha aporta un canal aceptable para el Emirato, y Ankara aporta sede y acceso directo a Islamabad.
El objetivo es doble: reabrir negociación antes de que el intercambio de golpes se convierta en punto de no retorno y recuperar, aunque sea sobre el papel, la lógica de verificación y penalizaciones que disuada una recaída tras la tregua.
Erdogan interviene desde la Universidad del Bósforo. Umit Bektas Reuters
Las motivaciones del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan son múltiples. "En primer lugar, Turquía percibe a ambos países como naciones hermanas. Por eso, cualquier conflicto va totalmente en contra tanto de las sensibilidades turcas como de sus intereses", explica en conversación con este periódico Murat Aslan, profesor de la Universidad Hasan Kalyoncu e investigador sénior en el think tank turco SETA.
"La segunda cuestión tiene que ver con la realpolitik", prosigue el experto. "Una probable escalada en Afganistán afectará a la cohesión de Pakistán. Puede que también influya en la situación actual de Irán, tanto en sentido positivo como negativo, porque otro conflicto en la región podría ir alimentando una escalada cada vez mayor que, en el futuro, nadie sea capaz de controlar".
Aslan añade un factor de riesgo adicional: "Creo que India podría implicarse". Y explica el interés material de Ankara: "Turquía ve esta región como un mercado y como una ruta de tránsito".
Aslan subraya además el peligro de encadenamiento regional. "Lo más probable es que Estados Unidos intervenga en Irán; quizá hoy, quizá mañana, no lo sé, pero cualquier crisis sobre el terreno ampliará una escalada verdaderamente regional, en el marco de la competencia".
En ese escenario, "se abrirán vacíos estratégicos" que "podrían ser ocupados por China o por India". De ahí su conclusión: "Por eso, la posición turca es favorable a facilitar y mediar, si ambas partes así lo acuerdan. Al mismo tiempo, no va a ser fácil, porque sabemos que el líder de los talibanes ha sido asesinado, por lo que será complicado calmar a los cuadros talibanes".
A esa lógica se suma un cálculo político: Ankara busca capitalizar su relación privilegiada con Pakistán —defensa, cooperación y afinidades políticas— sin perder del todo el acceso al gobierno talibán, gestionado de forma pragmática desde su regreso al poder en 2021.
El objetivo es ser imprescindible en el expediente y, como mínimo, sentarse en la mesa con otros posibles mediadores. En un conflicto donde también presionan Rusia, China, Arabia Saudí, Irán o la ONU, la competencia por quién cuenta es parte del juego: para Ankara, quedar fuera equivale a perder influencia y credibilidad como potencia diplomática.
Las 5 claves del conflicto entre Pakistán y Afganistán: de ser aliados a la guerra abierta en tan sólo 5 años de régimen talibánEntre los mediadores, Turquía, Qatar y Arabia Saudí han seguido canalizando ayuda humanitaria a Afganistán desde 2021, normalmente a través de sus agencias oficiales, ONG y entidades humanitarias, por lo que tienen margen de maniobra para influir en Kabul.
Arabia Saudí actúa como facilitador complementario y puente con Islamabad: por eso Turquía incluyó este viernes al ministro saudí de Exteriores, Faisal bin Farhan, en su ronda de llamadas para coordinar la desescalada.
Además, Riad ya impulsó rondas de conversaciones entre representantes afganos y paquistaníes tras el alto el fuego de 2025, en una iniciativa saudí que buscaba sostener la tregua, aunque sin lograr un acuerdo más amplio.
El combustible inmediato del choque es la dimensión de seguridad. En los últimos meses, Pakistán ha registrado un aumento de atentados e incidentes violentos, muchos atribuidos al Tehrik-e Taliban Pakistan (TTP).
Islamabad acusa a este grupo de operar desde el Emirato islámico de Afganistán, algo que Kabul niega. Esa disputa es uno de los motores que convierte cualquier alto el fuego en una tregua precaria.
Hay también un incentivo reputacional. Erdoğan quiere reforzar su rol de mediador operativo, y Catar su perfil de facilitador indispensable.
El mediador necesita exhibir resultados, pero la naturaleza del conflicto empuja a resultados modestos: si salir en la foto se impone al cumplimiento, el riesgo es presentar como paz lo que, en el mejor de los casos, puede ser solo una pausa.
Los límites de la mediación turco-catarí apuntan a una misma conclusión: el problema no es únicamente la escalada actual, sino la estructura de la relación entre Islamabad y el Emirato desde el regreso del talibán al poder.
Pakistán bombardea Kabul y anuncia el inicio de una "guerra abierta" contra AfganistánLa politóloga Jennifer Brick Murtazashvili, de la Universidad de Pittsburgh, lo formula así: "Ninguna de las dos partes tuvo una conversación honesta sobre cómo sería realmente la relación. Este malentendido estructural es la semilla de todo lo que está sucediendo".
La consecuencia es que cada choque fronterizo reabre la disputa porque no existe un marco común sobre responsabilidades, atribución de ataques o límites aceptables.
La crisis actual es un "salto a territorio desconocido", advierte Abdul Basit, especialista en militancia y extremismo del RSIS de Singapur. "Lo que estamos presenciando es una receta para la inestabilidad. Y los grupos terroristas ganarán fuerza aprovechando el caos".
Su advertencia apunta a una trampa clásica: cuanto más se militariza la frontera, más incentivos tienen actores armados no estatales para explotar la confusión y convertir la escalada en una oportunidad.
Además, existe el riesgo de violencia por delegación hacia el interior de Pakistán. "O bien los talibanes están dando un paso atrás al borde del precipicio, o dan un paso adelante y aumentan el apoyo al TTP y a los demás grupos que operan dentro de Pakistán", plantea Avinash Paliwal, del SOAS de Londres.
Para Ankara y Doha, esa dinámica sería un límite: incluso con un alto el fuego fronterizo, las tensiones pueden materializarse en forma de atentados y operaciones de grupos proxy o interpuestos, y el mediador pierde palanca porque el campo de batalla se mueve al interior.
En este marco, el éxito plausible para Ankara sería táctico: lograr una desescalada corta y retomar las conversaciones, con garantías mínimas para evitar choques inmediatos.
El portavoz talibán, Zabihullah Mujahid, en una rueda de prensa.
El portavoz talibán Zabihullah Mujahid ha dicho que quieren "resolver este problema a través del diálogo", un lenguaje que apunta más a cese de fuego que a acuerdo estructural.
El fracaso, en cambio, sería estratégico: que la mediación no frene la lógica de represalias y delegación de violencia, y que el conflicto se convierta en una crisis duradera.
Ankara ha demostrado eficacia en mediaciones técnicas y verificables, como la Iniciativa del Grano del Mar Negro entre Ucrania y Rusia, con corredores y mecanismos operativos cuantificables, y también en canjes de prisioneros.
Esa experiencia sugiere que, si existe un mecanismo concreto de cumplimiento, Turquía puede rendir. Pero también enseña el límite: cuando cambian los incentivos de una de las partes, el mediador carece de coerción para sostener el acuerdo.
Aquí la diferencia crucial es que el conflicto no es técnico, sino político y militar, con proxies, soberanía fronteriza disputada y problemas de atribución.
En Libia, la intervención turca salvó a Trípoli, aunque precisamente por ser actor su rol se pareció más a patrocinio que a arbitraje neutral.
En Siria, el Proceso de Astaná funcionó más como gestión y congelación parcial que como garantía de paz.
En conflictos de este tipo, la mediación tiende a quedarse en gestión temporal si no hay verificación creíble y costes claros por incumplimiento.
En Gaza, consiguió mediar en asuntos técnicos muy puntuales por su acceso a Hamás.
En el trasfondo pesa la Línea Durand, la frontera de facto de 2.600 km trazada en 1893 por la India británica y el emirato afgano. Para Pakistán es una frontera internacional heredada; para amplios sectores afganos, una imposición colonial.
Ese componente simbólico se mezcla con el militar cuando la crisis deja de ser un incidente y se convierte en campaña, y complica cualquier negociación.
En definitiva, Ankara y Doha tienen opciones razonables de contener el incendio a corto plazo porque ambas partes ya han aceptado el canal y porque sentar a hablar suele ser más fácil que resolver.
Pero las probabilidades de un acuerdo sostenible son bajas mientras el conflicto siga girando en torno a militancia transfronteriza, soberanía fronteriza y represalias, sin un régimen de verificación que permita atribuir violaciones y sancionar incumplimientos.