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Sánchez ultima pagos históricos a sus socios para conseguir el sí a los nuevos Presupuestos.
Pese a las evidentes dificultades para lograr los apoyos parlamentarios necesarios para poder sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado de 2027, Pedro Sánchez no tira la toalla. Su plan pasa por presionar al máximo a sus aliados de investidura, de forma que tengan muy difícil negar su voto favorable a unas cuentas públicas con desembolsos récord, tal como recogía la orden ministerial para elaborar las cuentas del próximo ejercicio.
El primer paso para ello será presentar un límite de gasto no financiero inédito hasta la fecha gracias a la histórica recaudación fiscal obtenida imponiendo sobre familias y empresas una carga de impuestos asfixiante. Así, los contribuyentes volverían a ser los paganos de los acuerdos del Gobierno con los partidos minoritarios para prolongar la legislatura todo lo posible.
Esta secuencia ya la ha seguido en los ejercicios anteriores, sin éxito, pero este año la sucesión insoportable de escándalos de corrupción que afectan a colaboradores y familiares hace que para Sánchez sea inasumible disolver las Cortes, como le han reclamado el PNV y Junts. Frente a ello, activar la tramitación habitual de los Presupuestos le permite volver a ganar tiempo para recomponer lazos con quienes le han sostenido en el poder hasta ahora aún a costa de ahondar la crisis institucional provocada por su manera de gobernar sobrepasando los límites constitucionales y con ataques continuos a los organismos independientes y el poder judicial.
Sánchez sabe que sus socios van a exprimir su extrema debilidad política, pero parece preferir pagar el altísimo precio en términos económicos y de convivencia que le van a pedir los nacionalistas antes que convocar a los españoles a las urnas para que decidan el rumbo que debe tomar el país. La inminente revisión del cuadro macroeconómico en el que se basan las Cuentas Públicas aprovechando la mejora de las estimaciones para nuestra economía de la mayoría de los organismos internacionales, pese a la incertidumbre geopolítica que nubla el horizonte inmediato, será la plataforma para propiciar ese despilfarro nunca visto.
De nuevo, La Moncloa orillaría la corrección aún pendiente de los desequilibrios fiscales arrastrados desde la pandemia -una deuda superior a 1,7 billones de euros y un déficit presupuestario anual del 2,39% del PIB si se incluyen las ayudas por la dana de Valencia, pese a los ingresos récord- en favor de las dádivas de carácter clientelar.
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