El foco
Un ministro y una sardineraContra la injusticia de esas infancias robadas se levantaronlos hombres y las mujeres de esa generación que se atrevieron a llevar a la práctica sus deseos de transformación social
Regala esta noticia Añádenos en Google (Bea Crespo)Edurne Portela
26/07/2026 a las 00:06h.Estos días estoy leyendo 'Pistolero, ministro, espía, hereje. Las muchas vidas de Jesús Hernández (1907-1971)', una biografía escrita por el historiador Fernando Hernández Sánchez ... y publicada recientemente por la editorial Hoja de Lata. Este comunista legendario que no llegó a cumplir los 70 años tuvo muchas vidas. Entre otras cosas fue: dirigente de las Juventudes Comunistas de España, instruido en Moscú en la Escuela Leninista, director de la revista Mundo Obrero, diputado del Partido Comunista, ministro de Educación Pública y de Sanidad con el Frente Popular durante la República, supervisor de las colonias de los niños enviados a la Unión Soviética para protegerlos de la guerra, responsable y valedor del tesoro artístico y cultural español durante la guerra. Se exilió en México, donde renegó del estalinismo pero no del comunismo como ideología transformadora y fundamento de la justicia social.
Mientras leo estas palabras me detengo un momento, me doy cuenta de que mi imaginación comienza a hacer su trabajo. Desde hace un rato siento que me acompañen la lectura Pilar, mi abuela materna, quien comparte territorio y edad con el niño Jesús Hernández. No puedo evitar preguntarme si en algún momento sus vidas se cruzaron. Ella, la segunda de seis hermanos, tampoco tuvo una infancia. Siempre nos contaba con una mezcla de orgullo y amargura que, apenas cumplidos los ocho años, se levantaba a las cinco de la mañana y bajaba al puerto de Santurce, donde esperaba a que llegaran los barcos, después cargaba la cesta de pescado menudo y recorría los pueblos voceando, ella también, el precio de las sardinas y las anchoas. (Inciso: Cuando mi abuela tenía más de 90 años nos contaba, partiéndose de risa, que había soñado que estaba en el teatro de Santurce, vestida como antaño, con su falda y sus enaguas, sus alpargatas y su delantal, y que arrancaba a entonar aquello de «sardinas frescué»).
Pero vuelvo a la imagen del Bilbao de principios del siglo XX: la nube de contaminación de las fábricas de la margen izquierda encapotando el cielo, el hollín manchando edificios y aceras, la ría densa, el barullo en el amarradero al pie del mercado, ese niño que 30 años después sería ministro vociferando el precio del pescado, a mi abuela y a tantas otras niñas cargando las cestas en la cabeza, algunas descalzas, otras con las alpargatas raídas. Contra la injusticia de esas infancias robadas, entre muchas otras opresiones, se levantaron los hombres y las mujeres de esa generación que se atrevieron a llevar a la práctica sus deseos de transformación social.
Jesús Hernández no pudo ir apenas a la escuela, después de vocero consiguió otros trabajos menores, como el de recadero, después se convirtió en pintor y con 14 años fue elegido secretario del Sindicato de Constructores de Carruajes de Lujo de Bilbao. Ese fue el inicio de una larga carrera política y de agitación no exenta de violencia; para muestra, un botón: de los siete años que duró la dictadura de Miguel Primo de Rivera, Jesús Hernández pasó cinco en la cárcel. Es allí cuando aprendió por fin a leer y a escribir, donde adquirió los conocimientos teóricos del comunismo que en 1931 ampliaría con su estancia en la Escuela Internacional Lenin de Moscú. Después, como Ministro de Cultura, concibió la difusión de la cultura como una tarea primordial y la protegió frente a aquellos que se decían defensores de la patria mientras bombardeaban y destruían su patrimonio. Otro botón: como señala el autor Fernando Hernández Sánchez, mientras el duque de Alba, propietario del palacio de Liria, conspiraba en Londres a favor de la sublevación franquista, las Milicias de la Cultura comunistas salvaban su palacio de los bombardeos de los sublevados. El niño que superó su analfabetismo con tesón de autodidacta, se convirtió en el principal defensor de la cultura bajo las bombas.
Cuando el Frente Popular llegó al poder, aproximadamente el 40% de la población española era analfabeta y ese porcentaje era aún mayor entre las mujeres. Mi abuela, como tantas otras niñas de su generación, tampoco fue a la escuela. Si para activistas como Jesús Hernández la prisión, por muy ardua que fuera, suponía un tiempo para el aprendizaje y el estudio, para mujeres como mi abuela la vida cotidiana era su propia cárcel sin respiro. Pilar tuvo que aprender a leer, escribir y contar por sí sola y lo hizo, entre otros motivos, para que nadie la engañara en las cuentas ni en los papeles. Esa lección nos la repitió siempre a mi madre y a mí: educaos y trabajad para que nadie os pueda gobernar la vida.
Siempre la consideré una mujer conservadora porque era muy religiosa, pero cuando recuerdo estas enseñanzas me pregunto si en algún momento se sintió atraída por las ideologías emancipadoras de la mujer. Si su matrimonio voluntariamente tardío –no se casó hasta los 29 años en una época en la que a esa edad ya consideraban que una mujer se quedaba para «vestir santos»–, si su defensa de la autonomía de la mujer, no respondían a unos impulsos tempranos de rebeldía y emancipación que fueron segados por la violencia de la guerra y la renovada opresión y pobreza que impuso el régimen franquista.
En biografías como la de Jesús Hernández apenas aparecen nombres de mujer: salvo excepciones notables como la de Dolores Ibarruri, las mujeres trabajadoras forman parte de la masa, la retaguardia o la estadística. Algunas, cuando llegó el momento, dejaron su cesta, su puesto en la fábrica, su dedal y siguieron a quienes dirigían la lucha; otras sucumbieron a las exigencias de una opresión cotidiana que no las dejaba ver más allá de ganar el sustento de cada día; tal vez hubo otras que solo comenzaron a vislumbrar un futuro cercano con más derechos y posibilidades cuando ya el fascismo y la España reaccionaria se organizaba para acabar con cualquier atisbo de progreso.
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