Un narco de Perú que metía 550 kilos de coca al mes por Barajas: "Por 30.000 euros sobornas a un policía en España" E. E.
Reportajes Un narco de Perú que metía 550 kilos de coca al mes por Barajas: "Por 30.000 euros sobornas a un policía en España"La familia del traficante tenía plantaciones de hojas de coca. Se encargaban de procesarla en cocaína y llevarla hasta Madrid mediante 'burriers'.
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Gustavo Molina Publicada 30 marzo 2026 01:40hHay silencio en la selva de San Martín (Perú). Santiago (Tocache, 1992) tiene 7 años. Está jugando con sus seis primos a las afueras de su casa. Allí tienen un terreno entero plantado con hojas de coca. También un laboratorio para la producción de cocaína.
Para Santiago no existía el término ilegal. Tampoco sabía que se trataba de una droga. Hasta que el silencio se rompió.
Primero se escucharon unos pasos entre la selva. Después llegaron los gritos.
—¡Al suelo todos, hijos de puta! Nadie se mueva. ¡Al piso!— vociferaron desde la distancia.
Los seis niños corrieron al interior de la casa, donde estaba su abuela de 90 años. Ella no podía moverse, pero la sentían como su lugar seguro.
Entonces, el padre de Santiago junto con sus tíos sabían que había llegado su fin.
—¡Nos pillaron!— gritó uno de ellos.
—No intenten escapar— avisó un soldado con un fusil en la mano mientras les apuntaban.
Santiago miraba desde una pequeña rendija de la vivienda. Veía cómo esos hombres, vestidos con uniformes camuflados y armas, tenían a sus familiares en el suelo.
Otros policías, entre tanto, se acercaban apuntando a la casa. Entonces, los niños empezaron a gritar. Algunos de ellos intentaron correr, pero los uniformados entendían su temor.
—Tranquilos. No les va a pasar nada. ¿Hay alguien más en casa, además de su abuela?— les preguntó.
Ninguno de ellos respondió. Toda su familia trabajaba en la plantación. La única persona que no estaba era la madre de Santiago, que los había abandonado años atrás.
Cazados en el aeropuerto de Barajas dos narcos con 111 kilos de droga que distribuían en el parque Paraíso de San BlasLa Policía procedió a llevarse a los familiares. Además, en otro coche, subieron a los seis niños y los transportaron a una comisaría. No había nadie que pudiera cuidar de ellos. Esa fue una de las últimas veces que Santiago vio a su abuela.
El campo en el que vivían cambió por un orfanato. El amanecer con el canto de los pájaros se transformó en los gritos de una cuidadora que les despertaba.
Allí Santiago vivió junto a sus primos durante al menos cuatro años, hasta que su madre se enteró de la situación y fue a recuperarlos.
No hubo perdón. Sólo inercia de la vida.
—Con el paso de los años me di cuenta de que mis tíos y mi padre eran narcotraficantes. A ellos los condenaron a 40 años de prisión, sin rebaja de pena— comenta Santiago, sentado en un banco de un parque en Coslada (Madrid).
Él, en su infancia, sí tuvo más opciones para salir adelante. Tuvo otros caminos. Pero nunca se cuestionó qué quería ser. Simplemente decidió que la vida, como a sus otros familiares, lo llevaran por la misma corriente.
Inicios
Santiago tenía 12 años cuando empezó a trabajar indirectamente para el narcotráfico. En un principio no lo sabía, simplemente creía que le estaba haciendo un favor a su madre.
—¿Quieres ganarte 20 dólares? Es sencillo. Lo que debes hacer es ir con esta bolsa de chuches al aeropuerto de Lima y vigilar que cinco personas, que van vestidas totalmente de blanco, pasen la puerta que los lleva a abordar el avión— le explicaba su madre.
—¿Sólo por eso me darás 20 dólares?— cuestionaba Santiago.
Ella le decía que sí. Y, además, el aliciente de que se podía quedar con el dinero de los chuches que vendiera.
Cae una banda que usaba disfraces de policía para introducir droga a través del aeropuerto de BarajasEntonces iba al aeropuerto al menos cinco veces a la semana, después de estudiar. Había días en que veía que de las cinco personas que él vigilaba, la Policía se llevaba a dos. Otras veces pasaban todos.
“En ocasiones también me tocaba ver que la familia iba a despedir a su ser querido y ellos veían cómo lo capturaban, sin entender lo que sucedía”, dice Santiago mientras agacha la cabeza.
Cuando pasaron los años y la inocencia se iba desapareciendo, empezó a entender qué era lo que sucedía.
—Mamá, ¿tú también estás traficando droga?— le preguntó.
Ella se desplomó. Le confesó que lo hacía para sostener el estilo de vida que llevaban. También porque no sabía otra forma de subsistir.
En ese punto también entendió por qué se cambiaban con frecuencia de casa. "Nosotros cada mes o dos meses nos mudábamos. Y siempre teníamos que salir rápido. Mi madre tenía la sensación de que la perseguían", rememora Santiago.
Por lo que ella empezó a explicarle cómo funcionaba el negocio.
—Toda la coca suele ser enviada a Madrid. Allí hay alguien que recibe los paquetes y los distribuye— le contaba su madre.
Cada persona solía llevar dentro de su cuerpo, mediante cápsulas que ingerían, 1,5 kg de cocaína. Además, en el equipaje llevaban otros 4 kg. Es decir, un total promedio de 5,5 kg.
En un viaje se transportaban, al menos, 27,5 kg de cocaína. A la semana eran 137,5 kg. Al mes eran 550 kilos, lo que equivale a más de media tonelada.
En ese entonces, el kilo se vendía en promedio por 25.000 euros. Es decir, mensualmente generaban 13.750.000 euros.
—Pero no eran libres. De allí había que descontar la producción, el transporte y la parte más costosa: sobornar a los policías— agrega Santiago.
Tres años persiguiendo al 'temible Calin', el narco con tres asesinatos detenido en MadridEn Perú había un grupo de policías que sobornaban por 15.000 euros. A ellos les debían explicar cuántos kilos iban a mandar y las personas.
Sin embargo, si se enteraban de que había más cargamento o un número mayor de droga, a esas personas las detenían.
"Eso tampoco indicaba que entraran en Madrid. Sobornar en Europa es mucho más difícil, pero se puede. Allí se realiza sobre todo cuando van a ser cargamentos grandes", comenta Santiago.
Droga, cárcel y muerte
Toda la droga, en su mayoría, entraba por el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Dependiendo si el cargamento era grande, buscaban contactos para sobornar a uno de los grupos de vigilancia.
“Para sobornar a las autoridades españolas es más duro, pero por unos 30.000 euros por envío, que equivale a 1 kg de coca, se podía lograr”, comenta Santiago. Incluso, uno de los narcopisos de Madrid es custodiado por un militar en retiro.
Conforme fueron pasando los años y Santiago se hizo mayor de edad, los problemas siguieron creciendo.
Continuaba enviando droga junto a su madre. Incluso, ella, de vez en cuando, lo hacía viajar a Madrid para que pudiera supervisar y estar pendiente si a sus ‘burriers’ los seguían tras salir del aeropuerto.
Su madre, en ese entonces, dejaba siempre en el hogar a otra hija que tuvo con un ciudadano francés. Esa persona también era parte del negocio.
Y Santiago, por tanto, pasaba la mayor parte del tiempo solo. Así fue como empezó a conformar una banda.
Ya no se dedicaba solo a traficar, también realizaba golpes grandes en algunos bancos de Perú y atracos a millonarios.
—Este tipo de vida tiene tres salidas: un hospital, la cárcel o la muerte— sentencia.
La primera muerte llegó cuando él tenía 20 años.
—Señora, ¡bájese del auto!— gritó Santiago a una mujer de 60 años que acababa de interceptar. Ella iba manejando su coche después de salir de un banco. Llevaba más de 10.000 euros en efectivo.
Atrás de ellos, sin percatarse, iba pasando una patrulla de la Policía. La sirena sonó. Ellos intercambiaron disparos a la lejanía y se montaron al coche mientras la señora iba en él.
—¡Arranca, arranca!— gritaba Santiago.
Hasta que escucharon el sonido de unos disparos. La ventanilla trasera se quebró. En el interior del coche había sangre.
Santiago se revisó para ver si su cuerpo tenía alguna herida. Se tocó el rostro. No encontró nada.
Posteriormente miró a su compañero. Y después notó que la señora estaba en silencio.
—En esto también mueren los inocentes. La Policía, pensando que solo estábamos nosotros dentro del coche, disparó y le pegó un balazo a ella en la cabeza. Murió instantáneamente— añade.
Su madre, en ese tiempo, estaba viviendo en Madrid. Ella continuaba traficando. Su hijo, desde la cárcel, también seguía controlando ese negocio. No hubo cambios en la operación.
“Me condenaron a 27 años, pero por buena conducta pagué solo siete. Al ser narcotraficante, tuve que contratar a alguien para que durmiera en el piso, afuera de mi celda, para que nadie intentara matarme”, asegura.
¡Rojo, rojo, rojo!
En la cárcel tuvo todo tipo de lujos. Un cuarto privado. Visitas de mujeres. Un escolta. Y, lo más importante, no recordar.
Para él no hubo un pago por la vida que, indirectamente, quitó. No tuvo remordimiento. No tenía insomnio. Comía lo que deseaba.
Detenido en el aeropuerto de Barajas un hombre que ocultaba 37 kilos de cocaína en una maletaCuando salió de la cárcel, su madre y su padrastro francés se enteraron de lo que había ocurrido. Entonces, decidieron regresar.
Volvieron al plan inicial: traficar, pero con su base en Perú. Pero la muerte siempre está al acecho de sus deudores.
Un tiempo después de que Santiago saliera de prisión, a su padrastro lo capturó la Policía en Perú y lo llevaron a prisión.
Él no hablaba bien español. Tampoco tenía el estatus de narcotraficante, entonces no le respetaban. Y lo más importante: no tenía quién fuera su guardaespaldas.
—Si no pagas por tu comida, aquí no puedes estar— le dijo un preso al padrastro de Santiago.
Él no entendía lo que decía. Intentó seguir comiendo, pero la advertencia fue más dura.
—¡Si no pagas ya, te vamos a matar!— volvió a repetir el hombre, que estaba escoltado por otros tres, mientras le mostraba un puñal.
Allí comprendió lo que estaba sucediendo, pero por el miedo no se sabía expresar. Así llegó la primera puñalada.
Intentó correr, pero lo arrinconaron y lo apuñalaron cinco veces más. Como no sabía decir “ayuda” en español, tuvo que gritar lo primero que se le ocurrió.
—¡Rojo, rojo, rojo!— gritaba mientras se desangraba. Nadie pudo salvarlo.
Narcopisos
Después de la muerte de su padrastro, la madre de Santiago se mudó a Madrid. Continuó manejando el envío de droga y también lavado de dinero en diferentes empresas.
Sin embargo, a las dos semanas de haber llegado, la Policía la capturó y su pena fue de cinco años.
Por ello, Santiago, con 28 años, quedó de líder de esa organización. Tuvo que mudarse a Madrid, de forma definitiva, y encargarse de todo.
A los transportistas les pagaban hasta 2.000 euros por trayecto. Además, eran escogidos con un patrón en común: necesidad urgente de dinero.
"A la mayoría los escogíamos porque tenían un familiar enfermo y no tenían cómo pagar la cirugía. También en España buscábamos ciudadanos que viajaran a Perú y luego regresaran a su país, pero con la droga", reconoce.
Cuando los 'burriers' -personas encargadas de transportar la droga- llegaban a Madrid, les decían cuándo debían pedir un carro por Uber.
"Hay conductores de plataformas involucrados en este negocio. Tenemos un mecanismo para que se les elija a ciertos conductores, que son los nuestros", comenta.
Cada 'burrier' es transportado en un Uber individual. Se les hacía un recorrido por la ciudad para cerciorarse de que nadie les perseguía y luego los llevaban al lugar donde pasaban la noche.
Al otro día, esas personas eran citadas en diferentes narcopisos. Santiago tenía control en Villaverde, Vallecas, Oporto (Carabanchel) y Cuatro Caminos (Tetuán).
En cada uno de los narcopisos, dependiendo de la necesidad, se dejaba más o menos cantidad de cocaína. Procuraban tampoco venderla por grandes cantidades sino por gramo.
Un gramo se estima que puede costar entre 90 a 110 euros, dependiendo de su pureza. En el caso de Santiago, la coca que ellos producían era 97% pura, por lo cual tenían mayores ganancias.
"Cuando mi madre salió de la cárcel, no sé cómo hizo, pero le dieron papeles en España. Gracias a eso yo también pude acceder", reconoce Santiago.
Siguieron con ese estilo de vida, pero el pasado cada vez pesaba un poco más y estaba por alcanzarlos.
Condena
Tras varios años liderando esa ruta entre Lima y Madrid, Santiago perdió a un primo-hermano en Perú por sobredosis.
—Entré en depresión. No entendía qué estaba haciendo con mi vida. Tenía una hija que no veía. Una pareja que no estaba conmigo. Entonces me drogué todo lo que más pude— explica.
Santiago ha pagado con soledad lo que él le arrebató a otros. También tuvo un punto de lucidez, en el que se dio cuenta de que no puede remediar nada de lo que hizo.
Ahora Santiago lleva un año retirado del negocio. Vive de lo que guardó de esa época. Para camuflarse, de vez en cuando trabaja en construcción.
Su condena no ha sido un hospital, tampoco la muerte ni la cárcel. Su prisión son los recuerdos de sangre y pérdida.
"Me puse a analizar todo lo que ha hecho la droga en mi vida. La droga me mandó preso. La droga mandó presa a mi mamá. La droga mató a mi padrastro. La droga hizo que mi padre no esté conmigo nunca. La droga separó a mi familia. Siempre es la droga. La droga es nuestro problema. Por más que nos traiga dinero, la droga es lo que nos separa", concluye.
Tras un suspiro y un silencio largo, Santiago se levanta del banco en un parque de Coslada (Madrid) y se pierde entre la multitud.