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Ilustración: Noelia de AldaIratxe Las Hayas
Cofundadora y managing partner en Smart Jidoka, consultora de transformación de consejos de administración y estrategia
Domingo, 29 de marzo 2026, 00:00
... actividades impulsadas por el Grupo Vasco del Capítulo Español del Club de Roma con motivo de su 30 aniversario. Es una pregunta que pesa, y más en el momento que vivimos: guerras, polarización, cambio climático, falta de acuerdos. Todo invita al escepticismo. Por momentos, incluso abruma. Pero quizá la cuestión no sea si el desafío es grande. Ya lo sabemos. La cuestión es si tenemos alternativa. Y seguir como hasta ahora no parece una opción.Kate Raworth lo representa con una imagen sencilla en la economía del donut: un círculo exterior, el techo ecológico, y un círculo interior, la base social mínima. Si rebasamos el techo, aumenta el riesgo de desestabilizar los equilibrios que sostienen la vida; si caemos por debajo de la base, crecen la pobreza, la vulnerabilidad y la precariedad. El reto del siglo XXI es conseguir mantenernos en ese espacio intermedio: ecológicamente seguro y socialmente justo. Sin embargo, estamos fallando por ambos lados: el bienestar se resiente, la desigualdad aumenta y la política se bloquea cuando más necesitamos acuerdos valientes de largo plazo. Esto nos obliga a decidir qué priorizamos como sociedad, qué entendemos por progreso y qué estamos dispuestos a dejar atrás. No basta con conocer los límites del planeta; hace falta construir la capacidad colectiva para respetarlos sin empujar a millones de personas a condiciones de vida indignas.
En 1972, el Club de Roma encargó al MIT el informe Los límites del crecimiento. Utilizaron un modelo de dinámica de sistemas para entender las interdependencias globales (población, producción, alimentos, recursos y contaminación) y explorar posibles escenarios futuros. Su aportación más clara fue describir el 'sobrepasamiento' ('overshoot'), es decir, que no solo existen límites, que podemos rebasarlos durante años sin percibirlo, porque el sistema acumula retrasos, inercias y bucles de retroalimentación que amortiguan el impacto… hasta que las consecuencias llegan de forma abrupta.
Cincuenta años después, encarga una actualización del informe, Un mundo para todos ('Earth4All') y amplía la mirada. Ya no analiza solo la presión sobre el sistema Tierra, sino también la sostenibilidad social y la gobernabilidad. Por eso incorpora dos nuevos índices que miran a las personas y la cohesión: el Índice de Bienestar y el Índice de Tensión Social. Con esa mirada ampliada, 'Earth4All' simula dos trayectorias.
La primera la llaman «demasiado poco y demasiado tarde». Es prolongar la inercia de las últimas décadas: medidas tímidas, fragmentadas y poco coordinadas. En ese escenario, el PIB global puede seguir creciendo e incluso reducir parte de la pobreza absoluta, pero a costa de aumentar el uso de energía, alimentos y materiales y elevar la tensión sobre las bases del sistema. Y aquí los nuevos indicadores son reveladores: cuando el bienestar se estanca o retrocede, la tensión social sube. Aumentan la frustración, la polarización y el bloqueo político. El crecimiento económico, sin transformación estructural, no garantiza bienestar ni estabilidad planetaria.
La segunda vía es «el Gran Salto». Aquí el cambio exige políticas coordinadas y ambiciosas actuando a la vez sobre cinco grandes palancas: pobreza, desigualdad, empoderamiento, alimentación y energía. Lo relevante es el mecanismo: al actuar simultáneamente se activan círculos virtuosos. Porque los sistemas sociales y económicos no evolucionan de forma aislada, sino interdependiente: lo que ocurre en la desigualdad afecta a la estabilidad política, y esta, a su vez, condiciona la capacidad de invertir en transición energética o en sistemas alimentarios sostenibles. Del mismo modo, una mayor seguridad económica y una mejor distribución de oportunidades fortalecen la cohesión social, reducen la polarización y amplían el margen político para sostener decisiones difíciles en el tiempo. El resultado es más bienestar, más estabilidad y una mayor capacidad de transformación.
Para que ese Gran Salto sea viable hace falta un cambio de paradigma: cuestionar la idea de que 'más PIB' significa 'más progreso' y avanzar hacia economías del bienestar, con indicadores que sitúen a las personas y el planeta en el centro de las políticas públicas.
El dilema ya no es crecer o no crecer, sino para qué crecemos, cómo lo hacemos y qué futuro estamos construyendo con ello. Ese giro no lo puede hacer un actor solo. Los gobiernos tienen que rediseñar reglas e incentivos para que lo rentable a corto no destruya lo valioso a largo. La ciudadanía tiene que participar, sostener conversaciones difíciles y exigir políticas que miren más allá del próximo ciclo electoral. Y las empresas están llamadas a pasar del cumplimiento a la contribución: invertir, innovar, emplear y producir generando valor compartido. Ese es el antídoto frente a un riesgo muy presente de reducir la sostenibilidad a normativas, indicadores y reportes, sin impacto positivo real.
Y eso nos devuelve a la pregunta de fondo. ¿Es posible un planeta para todos? La pregunta sigue pesando. Pero quizá la más útil sea otra: ¿qué parte de nuestra inercia, en política, en empresa y en vida cotidiana, estamos dispuestos a soltar para que el Gran Salto se convierta en nuestra brújula?
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