Antes de las 11 de la mañana de un domingo en Madrid, una, con las carreteras vacías y el aire limpio, aún casi de cristal, puede sentirse dueña del mundo, poseedora de un privilegio secretísimo. El domingo de la mañana de la Misa en Cibeles, aún a las 8.15, una solo podía entenderse como un peoncillo más. En las calles se correteaba bajo sombreros de rafia y banderas vaticanas. Tropel de mujeres con vestidos de lino, niñas de blanco que agitaban sus paipais, hombres con guayaberas y botellas de agua. El día anterior, desde la Corredera Baja de San Pablo a Las Ventas, las campanas de las iglesias se habían orquestado en una melodía extraordinaria. Repicaban sobre la turista que pedía un pain au chocolat y el anciano que salía del supermercado aferrado a un pack de flanes de huevo. El anuncio del júbilo se infiltraba por los oídos.
Pero León XIV no está para dar palmas. Existe un católico, lo sabe, que contradice su nombre. Lo combate y lo anula y en lugar de abrirse al mundo se cierra. El universo, a sus ojos, se hace chiquitito y convencido de que el bien y el mal luchan frente a sus narices, se autoimponen ellos el título de portadores de Los Valores, desde ese momento, insignia tribal. Miran al otro, entonces, solo para cerciorarse de que sus diferencias se mantienen ineludibles.
La amabilidad de su rostro -redondo, juampablesco, destinado, en definitiva, a la mitra de Roma- pone un poco de azúcar a la píldora que da. El catolicismo que se predica y no se practica no entusiasma al Papa. La mujer que se eleva como juez doméstica y descuartiza la calidad moral de su amiga ahora divorciada, dos niños tras 11 años de matrimonio, no se llevará su aplauso. El concejal que desde sus redes proclama que sus hijos deberán ser de derechas, que se entiende a sí mismo, o sea, dueño de sus criaturas, en lugar de canal por el que Dios les ha dado la vida, se recochinea en la «ideología prefabricada» sobre la que León XIV alerta. Los Valores que zarandean como declaración de independencia se esterilizan: nadie puede, dijo el Papa frente a la Cibeles, arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano. Quien lo hiciera, en cualquier caso, no se lograría en verdad arrodillarse ante Él: es en el rostro del otro donde Dios se encarna. En las manos de un amigo que, tras una llamada de madrugada, improvisa para otro una cama en el salón Dios actúa. En la perseverancia de quien cada semana invita a su prima, ingresada en centro psiquiátrico, a un restaurante y a un helado Dios aparece. En quien renuncia al esplendor económico para levantar a diario al pobre y al abatido Su presencia se materializa.
Lejos del altar, mientras apretaba su silla portátil bajo el codo y un grupo de adolescentes con gorritos reciclados de la JMJ botaba al son de Cantando vienen con alegría, Señor, Nacho del Niño Jesús, carmelita recién ordenado, desenredó un escapulario y lo entregó a su interlocutora. Confiaba en que «el Papa nos ayude a fijar la mirada, en lugar de en el suelo, en el otro y en el Otro, con más unión y con más alegría. Eso es lo que Jesús nos promete en el Evangelio: nos envía al Espíritu Santo para que nuestra alegría, la de todos, no la de un grupo selecto, llegue a la plenitud».
Neófito y veterano resultaron andar sincronizados. Antes de que en la calle Alcalá llovieran pétalos de rosa y clavel al paso del palio del Corpus Christi, mucho antes de que el espíritu de la experiencia compartida llevara a las veinteañeras a desgañitarse a coro con la resaca emocional de un concierto, el Papa pidió que, junto con el Cuerpo de Cristo que paseaba sobre el asfalto, cada uno se saliera de su custodia y se sacara a sí mismo por las calles. Pidió que la mirada se transformara para construir un mundo con la alegría y el amor, «más fuerte que la muerte», de los que había hablado a los jóvenes la noche anterior. En las calles de Madrid, rebosantes en una mañana de domingo de un aire casi de cristal, revive un privilegio que no está llamado a ser secreto.