- GIDEON RACHMAN
El Kremlin y la Administración Trump celebran el ascenso de la AfD.
Es poco habitual que las elecciones regionales alemanas sean seguidas en todo el mundo. Sin embargo, el enorme aumento de apoyo al partido Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt el domingo constituye un acontecimiento de trascendencia global. La rama sajona de la AfD ha sido clasificada como de extrema derecha por los servicios de inteligencia alemanes. Algunos miembros del partido coquetean con la iconografía y los eslóganes nazis. No obstante, los gobiernos de Rusia y Estados Unidos —dos naciones que se enorgullecen de su papel en la derrota del nazismo— aplauden su ascenso.
El círculo de Vladimir Putin esperaba con impaciencia un avance de la AfD en las elecciones de Sajonia-Anhalt. El mes pasado, Kirill Dmitriev, un intermediario ruso clave con la Administración Trump, publicó con entusiasmo en X: "Alemania despierta el 6 de septiembre". Tanto el texto como la fecha de la publicación resultaban significativos. "Alemania despierta" era un lema nazi. La publicación de Dmitriev apareció el 23 de agosto, aniversario de la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 entre la Alemania nazi y la Unión Soviética.
Quizás se tratase de una desafortunada coincidencia. Quizás no. En cualquier caso, Rusia tiene razones concretas para apoyar a la AfD. El partido está haciendo campaña para poner fin a la ayuda alemana a Ucrania, restablecer los lazos económicos con Rusia y aumentar la enseñanza del ruso en las escuelas alemanas. Uno de sus altos cargos en Sajonia-Anhalt se mostró incómodo cuando los periodistas vieron una taza del ejército ruso en su oficina.
Además de ser un defensor de la AfD, Dmitriev es un enlace clave entre el Kremlin y la Casa Blanca. Fue una de las cinco personas presentes en la mesa de líderes en Moscú el sábado cuando Putin recibió a Steve Witkoff, el enviado de Trump para la paz.
Al igual que el Kremlin, la Administración Trump ha coqueteado enérgicamente con la extrema derecha alemana. En la Conferencia de Seguridad de Múnich del año pasado, el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, se reunió con Alice Weidel, líder de la AfD, mientras que deliberadamente, no encontró tiempo para reunirse con Olaf Scholz, el entonces canciller de Alemania—.
La estrategia de seguridad nacional estadounidense publicada a finales del año pasado afirmaba que Europa se enfrenta a una "desaparición de la civilización", en gran parte debido a su tolerancia de la inmigración masiva. No cabe duda de que Angela Merkel, la entonces canciller de Alemania, gestionó de forma desastrosa la crisis de los refugiados de 2015. (Y sí, lo dejé por escrito en su momento). El aumento de la inmigración contribuyó significativamente al incremento del apoyo a la AfD. Los dirigentes del partido ahora hacen campaña a favor de la "remigración", un término convenientemente ambiguo que podría significar desde la deportación de inmigrantes ilegales hasta el intento de expulsar a todos los ciudadanos alemanes de origen inmigrante.
Partidos de extrema derecha y antiinmigración ya han accedido a gobiernos en otras naciones de Europa, como Austria y Países Bajos. Sin embargo, la historia y el tamaño de Alemania confieren a su trayectoria política una importancia especial. El recuerdo del nazismo hace que los partidos tradicionales alemanes sigan absolutamente decididos a mantener un "muro" contra la AfD y a no formar coalición con la extrema derecha. Este muro podría estar a punto de ceder en Sajonia-Anhalt, donde la AfD se quedó a sólo tres escaños de la mayoría absoluta. Incluso si resiste, formar una gran coalición excluyendo a un partido político que ha obtenido el 44% de los votos, superando en más de un 25% a su rival más cercano, la CDU, resulta difícil desde una perspectiva moral y práctica.
El apoyo a la AfD a nivel nacional es significativamente inferior al que registra en Sajonia-Anhalt. Aun así, lidera las encuestas con regularidad. Incluso si los partidos de centro tradicionales continúan apuntalando el muro, podrían empezar a adoptar políticas similares a las de la AfD, aunque de una forma más moderada, en temas como la inmigración, la UE o la guerra de Ucrania.
Cualquier paso en este sentido podría sacudir el continente. El rearme alemán es una política emblemática del Gobierno del canciller Friedrich Merz y fundamental para los esfuerzos europeos por disuadir a Rusia. Sin embargo, el auge de un partido afín a Rusia podría ponerla en entredicho.
El resurgimiento de un partido nacionalista en Alemania también podría plantear profundos interrogantes para la UE. La AfD, por ejemplo, se ha comprometido a abandonar la moneda única europea y, potencialmente, la propia UE. Cualquier posible desintegración de la UE tendría una buena acogida en Rusia y en la Casa Blanca de Trump. Pero sería recibida con consternación por las democracias liberales fuera de Europa, como Canadá y Japón, que ven en la UE un contrapeso al nacionalismo y la política de poder de Rusia, China y unos Estados Unidos liderados por Trump.
Ahora hay que considerar los peores escenarios. No obstante, están lejos de ser inevitables. A pesar de las optimistas predicciones de Weidel de que Merz dejará el poder a finales de año, la AfD aún está lejos de alcanzar el poder nacional.
De hecho, a pesar del gran interés que el partido está suscitando actualmente, la gran historia de la política europea el próximo año probablemente sea Francia, no Alemania. La Agrupación Nacional parece encaminarse hacia la victoria en las elecciones presidenciales francesas del próximo año, con Marine Le Pen, líder de la formación, encabezando actualmente las encuestas.
Le Pen se ha esforzado por moderar su imagen y ha repudiado el discurso de la AfD sobre la "remigración" y sus declaraciones revisionistas sobre el nazismo. Sin embargo, también tiene un historial de amistad con el movimiento MAGA estadounidense y con Rusia.
El ascenso de la AfD es una historia extraordinaria. Pero la esperanza más inmediata de Putin y Trump para transformar Europa sigue estando en Francia, no en Alemania.
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