Si tuviéramos que elegir la palabra del año, esta sería, sin duda alguna, «polarización». Su Majestad El Rey se ha referido a este tema en su discurso, que ha alcanzado incluso a la publicidad. El debate está en todas partes. El analista norteamericano Ezra Klein ha dedicado uno de sus libros más lúcidos a analizar las causas de este fenómeno en Estados Unidos, que no parecen muy distintas de las que operan en otros países occidentales. Su diagnóstico es claro: la intensificación de la competición democrática y electoral, en la que participan partidos políticos, medios de comunicación y, más recientemente, las redes sociales, ha llevado a una optimización extrema de mensajes y públicos. El resultado es una sociedad escindida en bloques cada vez más impermeables, con menos espacios comunes y menos zonas grises.
Lo verdaderamente novedoso, sin embargo, es la mutación que se produce bajo este proceso. La ideología deja de ser una opinión para convertirse en una identidad. Ya no se vota en función de una coyuntura, un programa o una afinidad parcial: se 'es' de un color u otro (azul o rojo, que significan cosas opuestas en Europa y Estados Unidos).
Esa pertenencia termina por colonizar ámbitos que antes quedaban fuera de la política: desde la música que se escucha hasta los restaurantes, incluso las relaciones afectivas. La victoria o la derrota electoral dejan de percibirse como episodios transitorios propios de una democracia pluralista y liberal, y pasan a vivirse como batallas existenciales. En este contexto de angustia política permanente, tanto partidos como medios, creadores de contenido o plataformas digitales aseguran audiencias fieles e incondicionales. Dicho sin rodeos: la polarización tiene beneficiarios, y por eso quienes podrían contribuir a atenuarla rara vez tienen incentivos para hacerlo. España, como el resto de Europa, participa de este fenómeno y del debate que lo acompaña.
Desde nuestra experiencia en Sigma Dos, dedicada al análisis de la opinión pública, constatamos a diario el impacto de esta lógica polarizada en las tendencias electorales. El rigor técnico y la honestidad profesional -valores que han explicado nuestros recientes aciertos demoscópicos, el último en las elecciones extremeñas- cobran más importancia, como medidor fiable en un contexto como este.
En un escenario polarizado, la ideología pasa de opinión a identidad
Conviene, no obstante, señalar que la polarización no es nueva. Ha existido en otros momentos históricos, baste pensar en la Europa de los años treinta. En determinadas dosis que no deberían desbordarse, forma parte de la propia lógica del conflicto democrático. Ya Charles Dickens, en clave de parodia, describía en su novela Los papeles póstumos del Club Pickwick unas elecciones feroces, en la ciudad imaginaria de Eatanwsill, entre los partidos azul y marrón, con acusaciones despiadadas no solo entre candidatos, sino también entre sus respectivos propagandistas. Sería legítimo preguntarnos si la parodia que adelantaba Dickens en el siglo XIX se ha convertido en una profecía autocumplida.
Este, sin embargo, es un texto de esperanza. Y por eso conviene subrayar una idea central: la polarización no es una fatalidad inevitable, sino también una elección. Al menos en el plano individual, nadie nos obliga a empaparnos por completo de una contienda que parece no tener fin. Es responsabilidad de cada cual no retirar el saludo al vecino que piensa distinto y compra el periódico que no nos gusta; seguir queriendo a los familiares de cuyas ideas nos hemos alejado; no convertir en enemigo al compañero de trabajo con otra sensibilidad política. Ojalá en las amistades, los grupos de amigos y las parejas siga siendo posible compartir experiencias sin que el virus de la discordia lo contamine todo, y sin que ello impida debatir cuando toca o intercambiar puntos de vista sin el temor constante a que nos retiren el saludo o nos bloqueen en WhatsApp.
Estoy convencido de que, en la vida cotidiana de la mayoría de los españoles, esto sigue siendo así. Pero no está de más invocarlo para protegerlo. Las virtudes de la prudencia, la buena educación y la tolerancia son las bases silenciosas de la convivencia democrática. Pensadores como Locke o Voltaire lo entendieron bien, y Ortega y Gasset recuperó esa idea bajo el concepto de conllevancia: no como un ideal ingenuo, sino como un instrumento práctico para evitar la lógica destructiva del todos contra todos.
La democracia es una práctica diaria que comienza con el trato con el otro
Apelar a la concordia no debería confundirse con voluntarismo ni con una renuncia al conflicto legítimo. Tenemos, además, buenos antecedentes culturales y morales. Como católico, comparto la tesis de René Girard según la cual una de las grandes aportaciones del cristianismo a la evolución moral de la humanidad fue romper la espiral ancestral de la venganza mediante el perdón que Cristo profesó a sus perseguidores. También la Antigüedad clásica nos ofrece imágenes poderosas de reconciliación inesperada: en la Ilíada, Aquiles y Príamo, enemigos irreconciliables, son capaces de suspender la guerra entre griegos y troyanos por un instante y llorar juntos las pérdidas que se han causado mutuamente. Si incluso en los mitos fundacionales fue posible detener la cólera, no deberíamos resignarnos a pensar que la paz es inalcanzable en 2026 allí donde hoy más se la echa de menos: Ucrania, Oriente Medio o Sudán.
El nuevo año llegará con promesas renovadas y temores conocidos. Pero no deberíamos perder la fe en nosotros mismos, en los humanos, por más que un flujo constante de noticias impactantes o desagradables tienda a ocultar los mejores ángeles de nuestra naturaleza, como diría Steven Pinker. Se seguirán produciendo avances médicos que mejoren nuestra vida, escribiéndose grandes novelas y filmándose películas memorables que nos recuerden todo lo que merece ser defendido. La revolución de la inteligencia artificial, como toda gran transformación tecnológica, traerá riesgos y oportunidades, y será responsabilidad nuestra orientarla para mejorar la medicina, la economía, el análisis social y, por qué no, nuestro entorno natural.
Y, volviendo al principio de este texto, todo empieza en lo más cercano.
Crear un pequeño escudo frente a la discordia y practicar, en lo cotidiano, lo mejor de nosotros mismos. La democracia no es solo un sistema institucional: es una práctica diaria que comienza en el trato con el otro. En cualquier caso, estaremos aquí para observarla, medirla y, cuando sea necesario, contarla. Hagamos que la palabra de 2026 sea concordia.
Gerardo Iracheta Vallés es el presidente de Sigma Dos.