Un jefe, la pareja, un familiar, un 'amigo'... puede que tengas a alguien cerca y te esté minando. Sin embargo, tú hasta lo justificas o te culpas sin darte cuenta de lo que dices
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Regala esta noticia Añádenos en Google (A. S.) 12/07/2026 Actualizado a las 00:10h.Lo rápido que nos damos cuenta de que alguien va drogado o borracho –solemos detectar hasta el más leve achispamiento– y lo que nos cuesta ... ver otro tipo de «intoxicaciones». El caso es que, a menudo, somos nosotros mismos quienes estamos envenenados emocionalmente y no lo percibimos, siendo este uno de los rasgos principales del problema. Sin embargo, hay frases que delatan que nos han inoculado el veneno. La psicóloga Marina García nos las enumera. ¿Alguien se reconoce en alguna?
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«Igual tiene razón y yo soy muy sensible»
No es que los «intoxicados» pierdan el criterio o la memoria; es que dejan de confiar en que los tienen. Es lo que nos pasa cuando nos repiten hasta la saciedad eso de 'no entiendes nada', 'estás exagerando' o 'lo interpretas todo mal'. «Ni siquiera te planteas que tu opinión pueda ser válida», afirma Marina García. Los actos manipulativos constantes ya se han encargado de hacerte creer que siempre eres tú quien se equivoca. «Y cuanto más ocurre esto, más te desconectas de ti mismo», indica.
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«Mejor me callo, que no quiero bronca»
Cuando crees que hablar va a traer tormenta, discusiones, invalidación, amenazas o reproches, a veces parece más fácil guardar silencio. «Hacer de tripas corazón y seguir adelante –resume la psicóloga–. Claro que te importa lo que está ocurriendo, lo que pasa es que temes el choque o simplemente ya no tienes energía para enfrentarte una vez más a una dinámica que sabes que es difícil cambiar». Por eso, el silencio no siempre nace del miedo. Aquí aparece un concepto psicológico muy interesante: la indefensión aprendida. Cuando alguien siente que sus intentos por expresarse, defenderse o poner límites no sirven para nada, pueden pasar dos cosas: que se bloquee y se quede atascado en esa situación, o que «algo se rompa por dentro» y se lance a hablar, «pero ya no para negociar, sino para poner el punto final».
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«No doy una, estoy más torpe...»
¿Cómo logra una relación tóxica erosionar las capacidades cognitivas o la seguridad de alguien que antes era resolutivo? «Cuando vivimos en un entorno donde abundan los reproches, la falta de validación, la tensión constante o el estrés, se produce un desgaste enorme. Empiezas a sentir que no das una, que estás perdido, te cuesta pensar con claridad o dar ciertos pasos», indica la psicóloga. Además, cuando estás inmerso en una problemática continua, la mente entra en rumiación: «Das vueltas y más vueltas a lo mismo intentando entender qué pasa, cómo solucionarlo o cómo evitar el siguiente conflicto».
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«Es que si no estoy yo, se hunde»
¿Por qué nos resulta tan adictiva la necesidad de rescatar a perfiles que nos hacen daño? ¿Qué vacío propio se intenta llenar ahí? «Sentirse necesario suele esconder una creencia detrás: 'Si me necesita, entonces valgo'. Y esa idea nutre la autoestima temporalmente. Cuando alguien no se siente suficientemente valioso por quien es, puede intentar encontrar su valía en lo que hace por los demás», apunta. Mientras se está ocupado resolviendo la vida de otros, no hay que enfrentarse plenamente a la nuestra propia, y esto puede llegar a volverse adictivo. ¿Por qué? «Porque este comportamiento actúa como un reforzador negativo –sentencia García–. Al centrarse en los problemas ajenos, evita el malestar que le produciría mirar hacia dentro, enfrentarse a preguntas incómodas, a elecciones pendientes o a aspectos de su realidad que llevan tiempo esperando ser atendidos». Es decir,. no es que seamos unos benditos o unos mártires al 100%... es que tenemos miedo de 'lo nuestro'.
El cuerpo pide ayuda
¿Qué le ocurre biológicamente a una persona sometida a una intoxicación psicológica silenciosa? El cerebro y el cuerpo nos envían señales para que respondamos y busquemos alternativas: cortisol alto, alerta constante... «Y se manifiesta de diferentes formas según la persona», apunta la experta.
En cadena
Dificultades de concentración, tensión muscular, contracturas, bloqueos a la hora de tomar decisiones, activación del sistema nervioso simpático que se traduce en ansiedad (sensación de ahogo, taquicardias, sudoración, náuseas, visión borrosa,…) irritabilidad, falta de energía, incapacidad para parar la mente e incluso manifestaciones en la piel. Duermes peor.
Círculo vicioso
Como duermes mal, el cansancio es tremendo y estás irritable. Y cuanto más irritable, más difícil es descansar. «Se crea un círculo del que parece imposible salir. Muchos creen que todo esto es el problema; en realidad son las señales del problema».
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