JD Vance aborda el Air Force Two en la base conjunta Andrews, Maryland. Matt Rourke Reuters
Oriente Próximo Vance choca con Netanyahu por arrastrar a Trump a la guerra y se perfila como el negociador de EEUU con los líderes iraníesRepresentante del ala aislacionista de la Administración, el vicepresidente de Trump emerge como el negociador ideal para poner fin al conflicto con Irán. Falta saber con quién va a hablar y sobre qué.
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Guillermo Ortiz Publicada 29 marzo 2026 03:25hLas claves nuevo Generado con IA
Tras semanas de trabajo en la sombra y escasa exposición mediática, el vicepresidente J. D. Vance ha decidido dar un paso adelante respecto a la guerra de Irán y encargarse en primera persona de las negociaciones con los líderes iraníes.
Vance, veterano de la guerra de Irak, ha basado buena parte de su prestigio político en la oposición a la intervención estadounidense en conflictos extranjeros, criticando siempre a sus aliados, especialmente a los europeos, por su dejadez y su falta de compromiso.
La decisión de enviar a Vance a colaborar con los ubicuos Steve Witkoff y Jared Kushner tiene la intención de mostrar al régimen iraní que Estados Unidos se toma en serio las negociaciones al añadir un perfil tan alto.
Los iraníes, por su parte, parecen encantados: entienden que Vance aceptará casi cualquier cosa con tal de sacar a su país de la guerra y evitar una escalada que pueda provocar bajas entre las tropas estadounidenses y un descalabro electoral para el Partido Republicano en noviembre.
Dicha escalada también puede llevarse por delante, como es obvio, las propias aspiraciones electorales de Vance de cara a 2028, cuando probablemente tenga que enfrentarse a Marco Rubio por la nominación.
Ahora bien, la posición del vicepresidente es muy incómoda: tiene que llegar a un acuerdo con líderes que no se sabe si tienen el apoyo del ayatolá Alí Jamenei en los términos que Trump le exija, sin atender a sus deseos personales, sino a la posición fijada anteriormente por los otros negociadores de la Casa Blanca.
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Vance se mostró desde el principio contrario a la intervención en Irán, pero, una vez metidos en harina, defendía una actuación militar tan contundente que provocara una rendición del régimen lo antes posible.
Aquí se encontrará con un término medio que, en principio, es el que menos encaja con su forma de ver las cosas: mientras negocie con Irán —y hay que insistir en que seguimos sin saber exactamente con quién se está negociando—, el estrecho de Ormuz seguirá cerrado, el conflicto se estancará, la economía mundial pagará el pato y las posibilidades de una acción militar crecerán.
El vicepresidente, además, está muy enfadado con Israel, el socio de Estados Unidos en esta aventura.
Según informa el digital Axios, Vance mantuvo esta semana una tensa conversación con Benjamin Netanyahu en la que le acusó de haber "dulcificado" en exceso a Trump la posibilidad de un cambio de régimen en Teherán, algo que se ha demostrado realmente complicado.
Culpar a Israel puede servir de cara a determinada opinión pública liderada por Tucker Carlson y ese sector del movimiento MAGA, pero es obvio que Trump se ha metido en este lío él solito, consciente de todos los peligros que conllevaba —hablamos de un hombre con más de cinco años de experiencia en la Casa Blanca, dejemos de tratarle como a un recién llegado— y que ha tenido alrededor a otros países que han presionado lo mismo que Israel: Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, principalmente.
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El asunto, llegados hasta aquí, no es solo con quién va a negociar Vance, puesto que su presidente lleva cuatro semanas diciendo que se ha descabezado por completo al régimen iraní —también ha insistido repetidamente en que su infraestructura militar había sido aniquilada, pero el Pentágono tuvo que reconocer este viernes que solo se han eliminado un tercio de las armas iraníes—, sino exactamente el qué va a negociar y qué resultados espera obtener.
Si la conversación gira en torno a los famosos "quince puntos" que se sacó Trump de la manga el lunes pasado, Vance puede ahorrarse los viajes y las llamadas.
Irán es consciente de su inferioridad militar, pero se va a agarrar a aquello que le ha funcionado a la perfección: la amenaza a los países vecinos, el impacto que eso puede tener sobre la economía mundial y la inflación en Estados Unidos… y el hecho de que pueda decidir a su antojo cuándo abrir y cerrar Ormuz a la navegación de petroleros y cargueros varios.
En ese sentido, pensar en una rendición negociada parece de un excesivo optimismo.
Estados Unidos, con o sin Vance al frente de su delegación diplomática, puede volver al acuerdo de Barack Obama de 2015 —del que el propio Trump se salió en 2018 por considerarlo inútil—, conseguir algún tipo de acuerdo comercial mínimamente satisfactorio o incluso establecer límites a la producción de misiles balísticos iraníes, como exige Israel.
Ahora bien, para eso, no habría merecido la pena meterse en este follón.
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Lo más probable, teniendo en cuenta, además, que los países árabes e Israel siguen apostando por el cambio de régimen, y que no es descartable que Netanyahu siga adelante con su operación 'Rugido del León' por más que Trump abandone su 'Furia Épica', es que Estados Unidos acabe dándose cuenta de que sus objetivos son imposibles de conseguir por vía diplomática y se vuelva al camino militar.
El problema ahí, aparte del evidente riesgo que supondría no ya conquistar, sino defender posteriormente, posiciones sueltas a lo largo del Golfo, es que, a la vez que Trump gana tiempo para perfeccionar ese ataque masivo, Irán también lo gana para prepararse.
Eso no quiere decir que esté en condiciones de frenar militarmente al mayor ejército del mundo… pero sí puede organizar las represalias y buscar las maneras de hacer daño a Estados Unidos y a sus socios con todos los recursos a su alcance.
Marco Rubio explicó este viernes a los ministros de asuntos exteriores de los países del G7 que la guerra podría durar entre dos y cuatro semanas más y que Estados Unidos no estaba dispuesto a ceder en ninguno de sus objetivos.
Como no sabemos cuáles son, más allá de la garantía de que Irán nunca tendrá un arma nuclear, algo que ya le prometieron a Obama hace once años, parece una afirmación algo vacía.
En cualquier caso, los mercados parecen haber tomado nota: al contrario que en otras ocasiones, la promesa de una negociación ha sido recibida con escepticismo: el barril de Brent volvió a colocarse por encima de los 110 dólares y ya van catorce de los últimos quince días con el precio superando los 100 dólares, algo que, a medio y largo plazo, es insostenible… por mucho que Trump afirmara este viernes que "esperaba que subiera aún más".