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El fin del régimen abre la puerta a la recuperación de la industria y al retorno de la democracia, pero la transición enfrenta importantes obstáculos: desde la hiperinflación y la crisis humanitaria hasta la amenaza de células armadas leales al chavismo.
Para comprender la magnitud del terremoto que acaba de sacudir a Caracas, hay que comenzar por los campos petroleros que, durante un siglo, definieron el destino de la nación. La reciente captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, trasladados a Nueva York para enfrentar a la justicia federal estadounidense, no es solo un evento judicial de alto perfil. Es el epílogo de un modelo económico que llevó a la nación con las mayores reservas probadas de crudo del planeta a la indigencia total.
La economía venezolana, bajo la tutela del modelo chavista, retrocedió. Los datos son desoladores. Se ha producido una contracción del Producto Interno Bruto (PIB) cercana al 80% desde que Maduro asumió el poder en 2013 tras la muerte de Hugo Chávez. Lo que alguna vez fue una potencia energética regional, hoy exhibe una industria petrolera en ruinas. La producción, que antaño superaba los tres millones de barriles diarios, se desplomó a niveles críticos, víctima de una tormenta perfecta compuesta por la corrupción sistémica, la falta de mantenimiento técnico, la fuga de cerebros y las sanciones internacionales.
Así lo apuntan los informes que estos días se envían entre las agencias de inteligencia occidentales, a los que ha tenido acceso EXPANSIÓN. La dependencia casi parásita del petróleo exacerbó la crisis cuando los precios cayeron y la producción colapsó. La hiperinflación, que en años recientes llegó a superar el millón por ciento, pulverizó el bolívar, destruyendo el poder adquisitivo y el ahorro de generaciones enteras. Hoy, el salario básico es una cifra irrisoria que no cubre ni el 5% de la cesta de la compra alimentaria, condenando a la mayoría de la población a la pobreza extrema. Las políticas de expropiación y los férreos controles de precios terminaron por asfixiar la iniciativa privada, dejando un cementerio de empresas y tierras improductivas.
Todavía es pronto para conocer las consecuencias de la operación llevada a cabo estos días. Por el momento, los mercados internacionales reaccionan con cautela ante la posibilidad de revitalizar el sector energético venezolano. Sin Maduro, se podrían levantar las barreras comerciales y atraer la inversión extranjera masiva necesaria para resucitar a PDVSA, la empresa estatal de petróleo. El retorno del crudo venezolano a los mercados occidentales podría influir en la oferta global, estabilizando precios. No obstante, los analistas advierten de que la infraestructura está tan deteriorada y la deuda externa es tan colosal, que la recuperación no será inmediata. Los recursos que el régimen destinaba a sus aparatos de inteligencia y represión social ahora podrían teóricamente redirigirse a la reconstrucción, pero esto requiere una estabilidad política que, por el momento, es una quimera.
Vacío de Poder
El traslado de Maduro y Flores al Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, donde enfrentan acusaciones de "narcoterrorismo" que podrían costarles más de 20 años de prisión, marca el fin de una era de control autoritario. El escrito de acusación detalla una red de criminalidad transnacional que convirtió al Estado en un gestor del tráfico de sustancias ilícitas. Para la oposición y gran parte de la ciudadanía, la detención ha provocado un estallido de júbilo contenido. Se percibe como el cierre de un capítulo de opresión y miseria. Sin embargo, la intervención directa de Estados Unidos ha detonado un debate global sobre la soberanía y los precedentes que sienta esta acción extraterritorial.
En el tablero político interno, la oposición venezolana debería emerger como un actor fundamental, aunque arrastra las cicatrices de años de persecución y Trump ya les ha apartado por el momento del relevo. María Corina Machado, figura carismática del ala liberal y conservadora, se perfila como la líder moral del movimiento, abogando por el desmantelamiento total de las estructuras corruptas y una economía de libre mercado. A su lado, la figura de Edmundo González, actualmente en España, cobra una relevancia histórica. Las actas independientes de las elecciones de 2024 confirman que fue él quien obtuvo la victoria real, robada por el fraude del régimen.
El reto de la oposición es monumental. Debe superar sus fracturas internas entre moderados y radicales, y coordinar una estrategia unificada entre los líderes en el exilio (en Madrid o Miami) y los que permanecen en el terreno. Existe el temor fundado de que un vacío de poder prolongado diluya su influencia o que una administración externa impuesta genere rechazo a largo plazo. La necesidad de conformar un Gobierno interino es urgente, pero la transición pacífica se ve amenazada por los remanentes del chavismo.
La guerra asimétrica
Gran parte de la evaluación de riesgos sobre lo que podría suceder en las próximas semanas no es mera especulación periodística. Las potencias extranjeras han monitorizado durante años la transformación de la fuerza armada venezolana y la creación de estructuras paralelas de defensa.
Según estos reportes de inteligencia, el mayor peligro no reside en el ejército regular, debilitado por la deserción y la falta de apresto operacional, sino en la doctrina de "guerra popular prolongada". El régimen preparó durante años un escenario de insurgencia. La Milicia Bolivariana, un cuerpo que suma millones de miembros civiles y reservistas, ha recibido entrenamiento en tácticas de guerrilla, manejo de explosivos improvisados y sabotaje. Su doctrina, inspirada en insurgencias históricas y asesorada por aliados externos, busca crear un "pantano estratégico" para cualquier fuerza de ocupación o gobierno de transición.
La inteligencia occidental advierte sobre la posibilidad real de que, ante la ausencia de la cabeza del régimen, estas milicias no se desmovilicen, sino que se atomicen en células autónomas. Operando tanto en la densidad de las barriadas urbanas como en la geografía rural, podrían iniciar una campaña de desgaste mediante emboscadas y ataques sorpresa. A esto se suma el riesgo de que unidades del ejército regular se conviertan en "unidades decapitadas", fragmentándose en feudos criminales liderados por comandantes locales que, aliados con remanentes chavistas, busquen mantener el control territorial para actividades ilícitas.
La figura de Delcy Rodríguez, quien asume funciones interinas en medio del caos, se encuentra en una posición precaria, presionada por la comunidad internacional para convocar elecciones y, al mismo tiempo, vigilada por los sectores más radicales del chavismo armado. Estados Unidos ha lanzado una advertencia clara: cualquier cooperación con estos elementos residuales será castigada, pero la capacidad de control sobre el terreno es incierta.
Mientras el poder se disputa en las altas esferas, la realidad a ras de suelo sigue siendo una tragedia humanitaria. Venezuela ha sufrido uno de los mayores desplazamientos humanos del mundo moderno, con millones de ciudadanos huyendo desde 2014. Quienes se quedaron enfrentan un sistema de salud colapsado, donde la escasez de medicinas y la malnutrición han hecho estragos. Hospitales y escuelas funcionan de manera intermitente, víctimas de un sistema eléctrico y de aguas que colapsó por falta de inversión.
La dimensión de los derechos humanos es otro abismo. Los informes señalan la existencia de centros de detención opacos, como el Helicoide, bajo la influencia de figuras como Diosdado Cabello -también acusado en la causa de Nueva York-, donde la tortura ha sido sistemática. La sociedad venezolana está profundamente herida, polarizada y erosionada por una violencia cotidiana que rompió el tejido social.
La captura de Maduro ha generado una mezcla volátil de alivio y ansiedad. Si bien hay esperanza de un retorno democrático y de que el flujo de remesas -vital para la supervivencia- se mantenga, existe el miedo a que la intervención agudice la violencia en el corto plazo.
La maniobra de Washington ha pateado el tablero geopolítico global. Aliados estratégicos del régimen como Rusia, Irán y China ven cómo su influencia en el Caribe se desmorona de la noche a la mañana. Venezuela, que servía como cabeza para intereses antioccidentales y como santuario para grupos irregulares que desestabilizaban a vecinos como Colombia, entra en una fase de redefinición.
La comunidad internacional observa dividida. Mientras Europa y parte de Latinoamérica ven una oportunidad única para la redemocratización, otros sectores alertan sobre la violación de la soberanía y el riesgo de una guerra civil.
El futuro inmediato de Venezuela pende de un hilo. Sin Maduro, el camino hacia elecciones libres y reformas económicas profundas es teóricamente posible. La diversificación de la economía más allá del rentismo petrolero y la reconstrucción institucional son imperativos categóricos. Sin embargo, sin una estrategia rápida de desmovilización de los grupos armados y una inyección masiva de ayuda humanitaria, el vacío de poder podría derivar en un estado fallido crónico. Los analistas internacionales señalan que las vastas reservas naturales del país seguirán atrayendo intereses foráneos, pero advierten que solo un pacto social interno y un liderazgo opositor cohesionado podrán evitar que el ciclo de crisis se repita.
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