La última de verano
Verano con gaseosaCuando recordamos la Schuss, La Pitusa o La Antoñita, nos embarga un arrebato de nostalgia
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Regala esta noticia Añádenos en Google Colección de gaseosas del restaurante En Cá Milio de Valencia de Alcántara. (RC) 27/08/2026 Actualizado a las 00:06h.Hace 50 años, España era un mapa de gaseosas y en 2026, cuando los mayores de 40 escuchamos la palabra gaseosa, empezamos a tener arrebatos ... de nostalgia. No lo certifica ninguna película, pero en las infancias predemocráticas, las gaseosas eran para el verano. Los padres cogían su mes de vacaciones y las comidas se animaban con esa bebida carbonatada y transparente que protagonizó la prehistoria de los refrescos.
Después de la Guerra Civil, las gaseosas eran como el pan y en cada pueblo había una fábrica. Hasta mi abuelo tuvo una en Ceclavín, que cerró en los 60, cuando los refrescos se colorearon y empezaron a saber a naranja, limón y cola. Había pueblos tan prósperos como Torrejoncillo (Cáceres), emporio de zapateros, orives y alfareros, donde elaboraban dos: La Torrejoncillana y la Dux.
Como en el tiempo de las gaseosas se viajaba poco, la gente creía que la de su pueblo se vendía en toda España. En Torrejoncillo, crearon una página de Facebook: «Yo también pedí una Dux fuera de Torrejoncillo». En Madrid, se reían de los paletos que pedían en las cafeterías una Blasonica, gaseosa de Saelices, o una Zar de Ourense. En cierta ocasión, uno de Ciudad Real pidió en un café madrileño la gaseosa de su pueblo: La Higiénica. Y el camarero, muy castizo él, le indicó que las compresas las vendían en la farmacia de la esquina.
Es que aquellas gaseosas de los veranos antiguos tenían unos nombres tan evocadores que los recuerdas y te emocionas. La Esperanza de Gata, La Revoltosa de Béjar, La Angélica de Ciudad Rodrigo, La Exquisita de Navalmoral de la Mata o Dulcinea y La Minerva, que competían con La Higiénica en Ciudad Real. Ahora bebemos esas marcas que traen la gaseosa incorporada a la cerveza o al vino. Pero no creo que dentro de 50 años nadie tenga un acceso de nostalgia al leer una 'última' en la que se rememoren los tintos de verano Lerele, Olalá, Tintopía o Kulumutxu ni esas cervezas claritas con nombre de rapero latino: Radler, Shandy, Free Damm.
En Aceña de la Borrega, alquería de Valencia de Alcántara fronteriza con Portugal, hay un restaurante llamado En Cá Milio donde coleccionan gaseosas. Lo de En Cá es como el Chez Germain de París o el Can Culleretes de Barcelona, pero en Extremadura. Allí descubrí una gaseosa rayana de nombre muy popular, La Antoñita, y en Madrid había una gaseosa de cuento. Se llamaba La Cenicienta. Parecían hechas para servir al señorito, o sea, al vino. Antoñita y Cenicienta al servicio de tintos aristocráticos: Marqués de Cáceres, Marqués de Riscal, Marqués de Murrieta…
En el tiempo de los veranos con gaseosa, había una en la gallega ría de Arousa que tenía un nombre muy moderno: Koso. El apelativo venía de la costumbre arousana de entrar en los bares y pedir: «Ponme un coso», que podía ser un vino, una cerveza o un vermú. Manuel González Rollán, el empresario gaseoso, fue un adelantado al utilizar la k, hoy tan moderna, transversal y alternativa, pero surgió un problema: la poderosa casa vasca de bebidas Kas quiso impugnar la Koso gallega, pero el señor Rollán se adelantó, registró su Koso hasta en Vietnam y hoy, cuando hace años que cerró la planta de envasado, en la ría de Arousa los clásicos no piden un pelotazo de vodka ni un lingotazo de ginebra, siguen pidiendo un koso.
Historia costumbrista de España, localismo carbonatado y popular que vibra burbujeante con su romería, su Virgen, sus jotas, su vino y su gaseosa, todo ello sustanciado en el nombre entrañable de otra gaseosa de Valencia de Alcántara: La Verdadera Familia.
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