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Viaje al reino de Elon Musk en Texas: casas secretas, ciudades corporativas y el falso mito del magnate sin posesiones

Viaje al reino de Elon Musk en Texas: casas secretas, ciudades corporativas y el falso mito del magnate sin posesiones
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El dueño de SpaceX y Tesla ha estado adquiriendo terreno y levantando ciudades enteras en el estado para sus trabajadores y sus proyectos empresariales. Más información: Trump pide 10 años de cárcel para los "vándalos" a los que acusa de minar su plan para la piscina del Memorial a Lincoln

El busto de Elon Musk con una bandera de EEUU como bufanda a la entrada de la ciudad de Starbase. REUTERS/Gabriel V. Cardenas

EEUU Viaje al reino de Elon Musk en Texas: casas secretas, ciudades corporativas y el falso mito del magnate sin posesiones

El dueño de SpaceX y Tesla ha estado adquiriendo terreno y levantando ciudades enteras en el estado para sus trabajadores y sus proyectos empresariales.

Más información: Trump pide 10 años de cárcel para los "vándalos" a los que acusa de minar su plan para la piscina del Memorial a Lincoln

Denver Publicada 29 junio 2026 01:59h Las claves

Las claves Generado con IA

Elon Musk prometió no tener casa y convirtió aquella renuncia en parte de su personaje. El multimillonario sin mansión. El genio nómada. El hombre más rico del mundo viviendo, según su propio relato, en un espacio diminuto o incluso en una tienda de campaña instalada en el tejado de una fábrica.

La imagen era perfecta: un magnate tan volcado en el futuro que parecía vivir por encima de las posesiones. Pero Texas ha terminado contando otra historia.

Allí, Musk ha cambiado la mansión por algo más difícil de comprar y mucho más útil: un territorio. Un lugar donde sus casas, sus fábricas, sus cohetes, sus empleados y parte de su vida familiar forman un mismo mapa. El falso minimalismo da paso a una forma nueva de conquista.

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Menos mansión, más perímetro

En California, el poder de Musk se parecía al de cualquier otro multimillonario. Mansiones en Bel-Air, vecinos famosos y vistas blindadas sobre Los Ángeles. En Texas, la estética cambia. No hay un palacete con jardín, sino casas grandes y discretas, parcelas amplias, sociedades interpuestas y cámaras mirando a la carretera. Menos mármol. Más perímetro.

La contradicción empezó hace ya seis años, cuando Musk escribió en Twitter -hoy X- que vendería casi todas sus posesiones físicas y que no tendría residencia fija. La frase encajaba perfectamente con su personaje. Mitad provocación. Mitad manifiesto.

Después, se deshizo de buena parte de sus propiedades en California y alimentó la imagen del magnate capaz de desprenderse de todo bien material. Pero su desembarco texano cuenta otra historia.

Sociedades vinculadas a su persona han comprado varias casas millonarias en West Lake Hills, una zona rica y arbolada a las afueras de Austin. Una especie de refugio suburbano de lujo: piscina, seguridad, silencio y vecinos acostumbrados a no preguntar demasiado. El tipo de lugar donde el dinero no necesita exhibirse porque ya lo hacen la verja, la cámara y la ausencia de ruido.

El magnate tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeresy ha intentado ordenar parte de esa vida familiar lejos del escaparate de Los Ángeles. La vivienda deja así de ser capricho inmobiliario y se convierte en pieza de un tablero más amplio.

Starbase, Texas. REUTERS/Gabriel V. Cardenas

Cerca están Tesla, SpaceX, The Boring Company, X, xAI, aeropuertos privados, abogados, ingenieros y un ecosistema político mucho más receptivo que California.

La ciudad del jefe

Pero el cambio de Musk no resuena del todo en Austin, sino mucho más al sur, junto a la frontera con México. Antes de la épica espacial, Boca Chica era una pequeña comunidad costera no incorporada del valle del Río Grande: playa, humedales, casas bajas y una carretera que terminaba frente al Golfo. Un lugar casi fuera del mapa, sin gobierno municipal propio.

SpaceX lo convirtió en el laboratorio de Starship. Musk lo rebautizó como Starbase. Y en mayo de 2025 consiguió que ese rincón dejara de ser solo una base de lanzamiento para convertirse oficialmente en municipio.

La votación fue pequeña, casi doméstica, pero decía mucho. Participaron poco más de doscientos votantes y la mayoría estaban vinculados a SpaceX. Ganó el sí de forma abrumadora. El primer alcalde, Bobby Peden, es vicepresidente de pruebas y lanzamientos de la compañía en Texas.

Los dos comisionados también tienen relación con la empresa. En otros lugares, una compañía negocia con el ayuntamiento. En Starbase, el ayuntamiento se parece bastante a la compañía.

Musk no se ha limitado a comprar terreno o levantar una fábrica. Ha conseguido que el lugar donde despegan sus cohetes tenga forma política propia. Una ciudad nacida alrededor de una empresa que promete llevar humanos a Marte, pero que también decide permisos, carreteras, servicios, reuniones públicas y la relación diaria con quienes viven al lado.

La frontera entre lo corporativo y lo municipal se vuelve tan fina como una línea en un plano.

La promesa se ve enseguida. SpaceX ha llevado empleo, turismo e inversión a una zona pobre del sur de Texas que durante años miró de lejos las grandes bonanzas del estado. Hay negocios que viven de los lanzamientos, hoteles que se llenan cuando Starship despega, visitantes que llegan solo para hacerse una foto con los cohetes y jóvenes que ven en la compañía una salida laboral que antes no existía.

Musk ha puesto Boca Chica en el mapa. El problema es que también ha empezado a rehacerlo.

La factura llega en forma de ruido, cierres de playa, presión sobre el suelo, denuncias ambientales y casas que tiemblan. Más de 70 residentes han demandado a SpaceX alegando daños en sus viviendas por vibraciones, ondas sónicas y lanzamientos de Starship.

El cohete Starship y el edificio de SpaceX en Starbase. REUTERS/Gabriel V. Cardenas

Otros vecinos y grupos ecologistas denuncian que el avance de la compañía ha ido arrinconando una zona de playa, refugios naturales y memoria local. En los foros de Brownsville y del valle del Río Grande conviven las dos emociones: la fascinación de quien viaja desde lejos para ver despegar el futuro y el cansancio de quien sigue llamando Boca Chica a lo que Musk ya llama Starbase.

Vivir en tu empresa

El tercer punto del mapa texano de Musk está al este de Austin, en Bastrop County. Allí no hay cohetes frente al mar ni turistas esperando el despegue de Starship. Hay algo menos épico y quizá más revelador: carreteras rurales, naves industriales, camiones entrando y saliendo, vecinos que antes miraban a campo abierto y ahora miran al nuevo patio trasero de Elon Musk.

En esa zona han crecido The Boring Company -la empresa de túneles fundada por Musk-, SpaceX y buena parte de las instalaciones y proyectos que ha ido concentrando en Texas. Lo más llamativo es Snailbrook, algo así como 'Arroyo Caracol': una comunidad diseñada para que los empleados vivan cerca de los centros de trabajo de sus empresas.

El nombre tiene broma interna. Musk usó un caracol como símbolo de la lentitud que sus tuneladoras debían superar. La idea tiene mucho de futuro en la fachada y mucho de pasado en el fondo.

Durante décadas, los poblados permanentes acompañaron a minas, fábricas y ferrocarriles en Estados Unidos. Prometían vivienda barata, comunidad y orden. También concentraban mucho poder en quien pagaba el sueldo. Musk ha cambiado el decorado. En lugar de carbón o acero, hay túneles, cohetes, inteligencia artificial y promesas de Marte.

Las plataformas de lanzamiento de SpaceX vistas desde la playa de Starbase. REUTERS/Gabriel V. Cardenas

Snailbrook ya no son solo unas casas modulares junto a las instalaciones de la compañía. Sus planes incluyen más casas para empleados, espacios recreativos, un centro de ciencia, una bodega y hasta un gimnasio con nombre futurista. Todo suena amable: vivir más barato, ahorrar tiempo de traslado, formar parte de una comunidad construida alrededor de un proyecto.

Pero esa comodidad también tiene un reverso. Cuantas más piezas de la vida cotidiana coloca la empresa, más difícil resulta saber dónde acaba el trabajo y dónde empieza lo demás.

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Bastrop no tiene la épica de Starbase, pero quizá explica mejor el método. Musk no siempre llega con un cohete. A veces llega con una nave industrial, una escuela, una carretera, un barrio para empleados y una promesa de empleo. No necesita levantar un palacio para cambiar un lugar. Le basta con hacer que todo empiece a girar a su alrededor.

Ahí encaja el falso minimalismo de Musk. No era una renuncia a los bienes materiales, sino a su forma más antigua y más obvia. En Texas, su riqueza funciona de otra manera. Se esconde en sociedades, se protege con cámaras, se organiza en torno a trabajadores, se lanza al cielo en forma de cohete y acaba dando nombre a ciudades. Musk no ha dejado de poseer. Ha cambiado la casa por el radio de influencia.

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