La Tribuna
Vidas rotasHay hombres que aseguran haber vivido toda una vida interpretando un papel para no decepcionar a sus padres, a su entorno o a su parroquia
Regala esta noticia Añádenos en GoogleJosé Luis Raya
Profesor jubilado de instituto
16/07/2026 a las 02:00h.Hay películas que se olvidan al salir del cine y otras que permanecen días enteros revoloteando por la cabeza. 'La ballena', con un inmenso Brendan ... Fraser, pertenece a esta segunda categoría. La historia de ese hombre homosexual que un día decidió casarse, formar una familia y renunciar a quien realmente era para terminar refugiándose en la comida como única escapatoria me recordó que llevo demasiado tiempo posponiendo un proyecto literario que considero necesario. Su obesidad no es solo física; es el peso insoportable de la culpa, del autoengaño y de una sociedad que durante décadas obligó a miles de personas a vivir la vida que otros esperaban de ellas. Al terminar la película comprendí que había llegado el momento de comenzar mi próxima novela.
Las primeras conversaciones ya me han confirmado que detrás de cada matrimonio existe un universo distinto. No hay dos historias iguales. Hay hombres que aseguran haber vivido toda una vida interpretando un papel para no decepcionar a sus padres, a su entorno o a su parroquia. Otros creyeron sinceramente que el matrimonio acabaría corrigiendo aquello que la sociedad les había enseñado a considerar un error. Algunos descubrieron demasiado tarde que el amor puede fingirse durante un tiempo, pero nunca durante toda una vida. Y cuando decidieron romper el silencio, comenzó otro calvario.
Mi obligación como escritor no es dictar sentencia, sino escuchar, comprender y narrar
He escuchado relatos profundamente conmovedores y otros que rozan el esperpento. Un miembro activo del Opus Dei decidió reunir el valor suficiente para decirle a su esposa que era gay... después de invitarla a varios gin-tonics, convencido de que el alcohol amortiguaría el impacto de la noticia. Otro vive con el temor permanente de perder su casa. Hay quien lleva años pagando una especie de sobresueldo para comprar tranquilidad. Un padre no ha vuelto a abrazar a sus hijos desde hace una década. Otro me confesó que todavía baja la voz cuando pronuncia la palabra «homosexual», como si aún existiera el riesgo de que alguien pudiera denunciarlo por ser quien es. Hay hombres que aprendieron a sobrevivir escondiéndose y otros que, sencillamente, nunca dejaron de esconderse.
También he descubierto una realidad de la que apenas se habla y que merece ser escuchada con la misma serenidad con la que deben escucharse todas las partes. Algunas esposas, profundamente heridas por la sensación de engaño, reaccionaron desde un dolor comprensible. Otras, según relatan quienes he entrevistado, transformaron ese sufrimiento en una batalla interminable. Hay testimonios que hablan de chantajes emocionales, de hijos convertidos en moneda de cambio, de amenazas, de denuncias sin recorrido o de un hostigamiento constante que prolongó durante años una separación ya inevitable. No pretendo convertir estas experiencias en una verdad universal ni cuestionar el sufrimiento de tantas mujeres que vieron derrumbarse el proyecto de vida en el que habían creído. Precisamente por eso quiero escuchar todas las voces posibles. Porque la realidad casi nunca cabe dentro de un único relato.
Pero sería injusto reducir esta historia al conflicto. También existen ejemplos admirables. Conozco matrimonios que supieron convertir una ruptura en una nueva forma de afecto. Personas que entendieron que el enemigo nunca fue la orientación sexual, sino el miedo que durante décadas obligó a tantos hombres a ocultarla. Hoy comparten celebraciones familiares, mantienen una excelente relación y han rehecho sus vidas sin necesidad de alimentar el rencor. Esas historias también merecen ser contadas porque demuestran que la comprensión puede imponerse al resentimiento.
No escribo este libro para repartir culpas. Aquellos matrimonios fueron, en muchos casos, el resultado de una época en la que la homosexualidad se castigaba con el rechazo social, el desprecio familiar o el silencio. Fueron vidas construidas sobre una mentira que no siempre nació del egoísmo, sino del miedo. Y el miedo, cuando se instala durante años, termina destruyendo a todos los que viven bajo su techo.
Ahora comienza el verdadero trabajo. Quiero seguir entrevistando a hombres que vivieron esa doble vida, que amaron a sus hijos, que intentaron ser buenos maridos mientras luchaban contra una identidad que creían prohibida y que un día decidieron dejar de esconderse. No busco héroes ni villanos. Busco personas. Porque solo escuchando sus voces podremos comprender una parte de nuestra historia reciente que sigue envuelta en demasiados silencios.
Si eres uno de ellos y crees que tu experiencia merece ser contada, me gustaría escucharte. Quizá tu historia no solo forme parte de una novela. Quizá también ayude a entender cómo una sociedad puede obligar a alguien a vivir una vida que nunca fue la suya.
comentarios Reportar un error