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Debe decidir si quiere ser un instrumento útil para combatir a Sánchez o la coartada de su estrategia.
La pelota está en el tejado de Vox, por más que sus líderes insistan en decir que debe ser el PP quien decida si quiere pactar con ellos o con el PSOE. Lo segundo es imposible mientras Sánchez siga en Moncloa. Bien lo saben en Bambú, la calle madrileña donde tiene su sede el partido de Santiago Abascal, pero su vena macarra siempre sale a flote. Prefieren enseñorearse con su éxito en Aragón y en Extremadura, aunque a nivel estratégico sea más importante lo que lograron antes en Murcia y Valencia: que sus respectivos presidentes asumieran sin remilgos los postulados de Vox contra las políticas climáticas y el reparto entre autonomías de los inmigrantes ilegales menores de edad.
Ahora en Bambú se ponen campanudos avisando al PP de que ya no quieren ser convidados de piedra como tras las autonómicas de 2023, cuando Génova tuvo que aceptar tapándose la nariz los pactos con los de Abascal para salvar su poder territorial. Pero Feijóo esta vez ha dado el paso de anunciar en público que no hay otro camino para su formación que ir de la mano con el único partido nacional que crece cada vez que se convocan elecciones. No tendría lógica ponerse en contra de la marea electoral si el objetivo de ambas formaciones es el mismo, y también la causa por la que el PP sigue siendo el más votado y Vox el que más crece pese a sus errores de campaña: el rechazo de la mayoría de los votantes a Sánchez.
En Aragón fueron el 55% de los que acudieron a votar. Cabreo que el líder del PSOE no acaba de entender porque sus asesores son tan serviles que no se atreven a decirle que hace bastante tiempo que sus vergüenzas políticas están a la vista de todos y que sus chistes malos no le hacen gracia ni a los que van a los mítines de su partido. El truco de llevar figurantes a las escasas apariciones públicas del presidente ya no cuela, entre otras cosas porque su equipo comete torpezas como la de llevar a las mismas aplaudidoras a dos localidades andaluzas afectadas por el temporal para que le griten: "¡Ánimo, presidente, estamos contigo!", mientras mantiene lo más lejos que puede, con un perímetro de seguridad propio de criminales, a quienes desean hacerle saber lo que piensan de verdad de sus políticas divisorias y sus imposiciones ideológicas, que atacan las tradiciones y la economía rural, la cultura taurina y la caza.
Es lo que ha espoleado el auge del voto a Vox en provincias como Teruel, una de las más afectadas por la despoblación y donde mayor trasvase de votos desde la izquierda a los de Abascal se ha producido. Así que la pregunta clave es qué quiere hacer Vox con el gran caudal político que le han dado los extremeños y los aragoneses en las urnas. Si quieren ser el instrumento que sus votantes creen que puede ser para combatir la deriva alienante del Gobierno de PSOE y Sumar, o por el contrario ser la coartada de la estrategia frentista y polarizadora de Sánchez.
Bien alargando artificialmente un ciclo político que ya está más que agotado para ver si de esta forma alcanzan su objetivo de arrebatar al PP la hegemonía de la derecha, copiando la estrategia de Le Pen en Francia; bien planteando exigencias inasumibles como controlar las consejerías con mayor peso en el futuro ejecutivo de Azcón y que éstas tengan un presupuesto equivalente a su peso en las nuevas Cortes aragonesas o incluso forzando una repetición electoral en Extremadura sólo porque no hay sintonía personal entre los negociadores de Abascal y María Guardiola.
Nada más le gustaría a Sánchez que asistir en primera fila a otro espectáculo burdo de PP y Vox despellejándose en vez de ir de la mano, como les han pedido sus votantes, y poder así seguir blandiendo ante sus huestes el espantajo de la derecha ultramontana.
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