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Vuelve la moda de los 90 para no comer: ese chicle... no te quita el hambre

Vuelve la moda de los 90 para no comer: ese chicle... no te quita el hambre
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«Engañas un poco al cerebro, pero a la larga aumenta el apetito», advierten los expertos
Vuelve la moda de los 90 para no comer: ese chicle... no te quita el hambre

«Engañas un poco al cerebro, pero a la larga aumenta el apetito», advierten los expertos

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Julia Fernández

25/08/2026 Actualizado a las 00:01h.

Estamos de veranito, no es momento de contar calorías, pero... el bikini no perdona. El muy puñetero no pasa ni un exceso. Cuando menos te ... lo esperas, pum, te saca las lorzas que tienes... y las que no. Y así es inevitable no buscar herramientas para intentar aplacar el ansia gastronómica veraniega. Puede que durante el resto del año, el tema caprichillos lo lleves bien, pero en estas fechas es inevitable no sucumbir a las tapas, las patatas fritas, el vinito, la cerveza...

Todos lo hemos hecho alguna vez, hay que reconocerlo, pero ahora se está extendiendo como una forma de controlar el apetito y en un contexto peligroso: la extrema delgadez ha vuelto a ponerse de moda gracias, en parte, al mal uso de medicamentos como Ozempic. El caso es que en redes, jóvenes (y no tanto) están compartiendo sus triquiñuelas para lucir cintura de avispa, abdomen plano y demás.

«El chicle no es una herramienta nutricional», considera Andrea Calderón, directora del Máster de Nutrición, Composición Corporal y Metabolismo de la Universidad Europea. Mascarlo para calmar el hambre es una práctica extendida, pero «sin evidencia científica. Su uso es más conductual que fisiológico», señala. Para la nutricionista Sofía Giaquinta, experta en trastornos de la conducta alimentaria (TCA), el chicle no engaña al estómago, nos engaña a nosotros mismos. «Masticando engañas un poquito al cerebro, pero a largo plazo la sensación se va a acentuar», adelanta.

La cifra

8.970

toneladas

de chicles se produjeron en España en 2023. Más de la mitad se dedica al consumo interno.

La razón 'técnica del asunto la explica Fernando Mata, profesor del Departamento de Farmacia y Nutrición de la Universidad Europea. Al mascar, se activa la «fase céfálica» de la digestión. Nuestro cerebro interpreta el acto de masticar como el inicio de una comida y se prepara para ello: «Aumenta la producción de saliva y de jugos gástricos». «El estómago se prepara para comer, pero es mentira porque no le estás dando comida», continúa Giaquinta.

Del nervio vago a la grelina

Todo eso tiene consecuencias. «Al darse cuenta de que no llega nada, le manda de nuevo una señal al cerebro a través del nervio vago. Le dice: 'Oye, que aquí no ha llegado nada, por favor, quiero más comida'». No es el único chivato: «También tiene sensores de glucosa en la sangre que cuando ven que no llega alimento, le avisan». ¿El resultado? «La grelina, que es la hormona responsable de que sintamos hambre, aumenta» y entonces ya no hay quien la pare. Así que los chicles no nos quitan el hambre ni nos alimentan.

En cambio, mascarlos habitualmente sí puede tener 'efectos secundarios'. En concreto, pueden aumentar los problemas digestivos, señalan los docentes de la Universidad Europea. «Masticar chicle de forma frecuente favorece la aerofagia, es decir, que traguemos aire», explica Calderón. Esto «aumenta la probabilidad de gases, eructos y distensión abdominal, sobre todo en personas con intestino sensible». Giaquinta lo confirma: a veces, esa tripa hinchada está llena de aire por nuestra manera compulsiva de comer esta golosina –que muchas veces la usamos para calmar nuestra inquietud, nuestra ansiedad o por puro aburrimiento–.

Cuidado con el 'sin azúcar'

También nos puede pasar que nos sienten mal. «No son un alimento, ni siquiera los tragamos, pero cuando no tienen azúcar suelen contener edulcorantes», continúa la nutricionista. Y son estos los responsables del malestar: muchas personas no los toleran bien del todo. «Contienen polialcoholes como el sorbitol o el xilitol que, al llegar al colon, pueden fermentar y provocar más gases e, incluso, un efecto laxante», añade Calderón. De hecho, en casi todos los paquetes de chicles sin azúcar se incluye ya la advertencia. La consecuencia de todo esto son dolores de tripa, hinchazón y hasta diarrea. El problema no es el consumo ocasional, sino el que hace «la gente que tiene un bote en el coche, en el escritorio, en el bolso... y se los va comiendo como pipas», alerta Giaquinta.

Los tres especialistas coinciden en que el truco del chicle es preocupante, pero no tanto por sus efectos directos, sino por el movimiento en el que se engloba: hemos vuelto al miedo a comer. «Y más que a comer, a engordar», subraya la especialista en TCA, que, aunque se declara «sesgada» por su trabajo, alerta de una tendencia preocupante: «Cada vez recibimos a niñas más pequeñas con trastornos alimentarios que no sabes ni cómo han aprendido a vomitar». La respuesta, muchas veces, es en redes.

'Skinnytok', el hashtag prohibido en TikTok

La moda de la delgadez extrema de los 90 se extendió a partir de las revistas, los desfiles, los anuncios... Hoy, sucede desde las redes sociales, donde hay barra libre para todo tipo de vídeos y testimonios. Ahí se muestran desde 'tips' para adelgazar a competiciones por quien tiene el abdomen más plano, vlogs de qué se come en un día, recetas para tener el estómago saciado a base de agua y chía... TikTok tiene prohibido una de las etiquetas que agrupan estos contenidos: La de #skinnytok, pero no es suficiente. Hay otras igual de preocupantes: #sk!nnytok, #dreambody, #skinnygirl... «En vez de priorizar una alimentación para una vida saludable, estamos priorizando una alimentación para el adelgazamiento todo el rato, poniendo la gordura como el problema de todo», opina la nutricionista Sofía Giaquinta. A lo que hay que sumar la moda de Ozempic, que ayuda a adelgazar, sí, pero no tiene ninguna aplicación en algo más importante: la reeducación nutricional.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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