El 13 de diciembre, cuando hablé con Zapatero sobre la detención de su compañero de joggingJulito Martínez en relación con el caso Plus Ultra, el expresidente me dijo que Trump iba a meterse en “un nuevo Vietnam” si atacaba militarmente a Venezuela.
También me dijo que los rumores sobre maniobras en la cúpula del régimen para forzar el exilio de Maduro no tenían fundamento porque los dirigentes chavistas, incluidos Diosdado Cabello y los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, “son una piña”.
Lo ocurrido en las últimas horas indica que los bombardeos norteamericanos sobre bases militares en Caracas y otros lugares del país no encontraron resistencia significativa y que a quien de repente se le ha quedado “cara de piña" es a Maduro.
Cara de Piña. Ese era el apodo del líder panameño Manuel Antonio Noriega que en 1989 fue capturado y extraído de su país por fuerzas especiales norteamericanas con el mismo motivo esgrimido contra Maduro: su implicación en el tráfico de drogas.
Noriega fue condenado en Estados Unidos a 40 años de cárcel por sus vínculos con el Cártel de Medellín, aunque cumplió poco más de 20 y pudo volver a morir octogenario a su país.
Ese parece ser el mejor horizonte vital al que desde ayer se asoma Maduro, aunque las pruebas hasta ahora presentadas en los tribunales norteamericanos para vincularle al Cártel de los Soles y a la mafia del Tren de Aragua resulten más difusas que las esgrimidas contra Noriega.
Es obvio que quienes capturaron a Maduro, sin sufrir una sola baja, tuvieron que contar con complicidades en su círculo íntimo. Pero no estoy alegando que Zapatero conozca la realidad del chavismo menos de lo que él mismo cree.
Más bien pienso que lo ocurrido este sábado indica que a quien todos los analistas entendemos menos de lo que pensamos es a Trump. Sea porque todo lo que hace es aún más simple de lo que imaginamos o porque tiene un trasfondo de complejidad imprevisible al que no llegamos a acceder.
Nicolás Maduro. Javier Muñoz
Si la captura del presidente de la República de Venezuela para sentarle en el banquillo en Nueva York por narcotráfico fuera el principio y el fin de la intervención militar norteamericana, estaríamos no sólo ante un acto de muy dudosa legalidad sino ante un despliegue de medios desproporcionado para un objetivo tan acotado.
Visto desde esta perspectiva, el envío del portaviones Gerald Ford y de otros 11 buques de guerra, los ataques contra presuntas narcolanchas que han dejado al menos 115 muertos, la incautación de varios superpetroleros y el bloqueo del espacio aéreo venezolano, no habrían sido sino los prolegómenos de una acción policial contra una persona física y su esposa.
Maduro no tendría así que responder ni por los asesinatos de disidentes, ni por las detenciones arbitrarias y torturas en sus cárceles siniestras, ni por la usurpación del poder tras el flagrante fraude electoral de julio del 24. ‘Sólo’ por introducir cocaína y delincuentes en los Estados Unidos, según la fiscal de Nueva York..
La forma en que describió el ataque es la del fanfarrón alardeando en la taberna de la eficacia de su 'gran garrote'
Podría tratarse de un atajo, de un vericueto para mantener una apariencia de legalidad -la lucha contra el narco- como el que llevó a Al Capone a Alcatraz por evasión fiscal.
Pero también de un mero acto de fuerza de Trump dentro de su política de buscar una nueva hegemonía en el continente americano, heredera de la doctrina Monroe. Este sábado la invocó expresamente.
La forma en que describió el ataque es la del fanfarrón alardeando en la taberna de la eficacia de su gran garrote: “Los militares me dijeron que no hay otro país en la Tierra capaz de realizar una maniobra así. Lo vi como si estuviera viendo un programa de televisión. Fue increíble”.
Trump ya ha vivido así su momento Bin Laden, aunque el daño causado por Maduro a los Estados Unidos no fuera comparable. Por eso la consigna era capturarle vivo y no matarle y deshacerse de su cadáver, como ordenó el muy progresista Obama.
Para The New York Times la captura de Maduro ha sido un acto “ilegal e imprudente”. Para The Washington Post, un “audaz éxito táctico en defensa de los intereses norteamericanos” y un motivo de “celebración para millones de venezolanos.
Ambas cosas son verdad, pero habrá que esperar el desarrollo de los acontecimientos para ver cuál de los dos grandes diarios liberales -antaño casi siempre alineados- ha puesto el énfasis correcto.
Trump ya ha vivido así su 'momento Bin Laden', aunque el daño causado por Maduro a los Estados Unidos no fuera comparable
Por un lado, es innegable que la intervención extraterritorial y unilateral del ejército norteamericano ha supuesto una violación del derecho internacional y un inquietante precedente.
Por el otro, el carácter limitado de los daños materiales y de las posibles bajas bolivarianas relativiza el repudio en términos morales. Sobre todo, si recordamos precedentes como el bombardeo de Serbia con Javier Solana como secretario general de la OTAN o la invasión de Irak con respaldo expreso de Aznar.
Ciñéndonos a la más próxima y brutal de estas acciones militares ilegales no deja de llamar la atención que sea Rusia quien encabece la protesta internacional por la captura de Maduro y que los más indulgentes tras la invasión de Ucrania, sean quien ahora más se rasguen las vestiduras en España.
La cuestión clave para quien defienda los valores liberales, es el modo en que lo ocurrido este sábado determine el futuro de la democracia en Venezuela. Y eso está estrechamente vinculado a las motivaciones profundas de Trump.
El que después de tan aparatoso despliegue bélico, la intervención norteamericana haya quedado limitada a la captura de Maduro puede tener cuatro explicaciones muy diferentes:
1.- Trump no ha querido asociar el uso directo de la fuerza a una política de “cambio de régimen” para no dar gasolina a sus oponentes tanto entre la opinión internacional como especialmente en los gobiernos de Moscú y Beijing.
Después de tan aparatoso despliegue bélico, la intervención norteamericana haya quedado limitada a la captura de Maduro puede tener cuatro explicaciones muy diferentes
2.- La captura de Maduro no es sino una parte de una estrategia de mayor recorrido que incluye la concesión del Nobel de la Paz a María Corina Machado, su salida de Venezuela y el apoyo a la oposición en el interior, en la seguridad de que el chavismo descabezado caerá por sí solo.
La celeridad con la que Machado se ofreció este sábado a “tomar el poder” sugería ese horizonte, pero Trump sembró el desconcierto al pontificar que “no tiene el respeto de su país para gobernar” sin explicar por qué.
3.- Washington ha alcanzado un pacto secreto con sectores del chavismo para implicarles en esa “transición” que Trump anunció en su comparecencia pública que quiere “dirigir”. Su amenaza de que los políticos y militares venezolanos ya saben “lo que les puede pasar” si no colaboran, implica una mano tendida a quienes lo hagan.
Las próximas horas serán decisivas para saber si esa interlocución se concreta, pero la larga conversación de Delcy Rodríguez con Marco Rubio, bendecida por el propio Trump, es más que un indicio.
4.- A Trump no le importa en realidad quien ocupe nominalmente el poder en Venezuela, siempre y cuando se pliegue a sus exigencias. Este sábado se refirió expresamente a hacer “más ricos” a los venezolanos y a las grandes compañías norteamericanas, explotando mejor los recursos petrolíferos. También ofreció al gobierno chino una parte del pastel.
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Después de haberle escuchado elogiar al príncipe Bin Salman en la Casa Blanca y poco menos que justificar el descuartizamiento de su víctima, el periodista Khashoggi, porque “a mucha gente no le caía bien”, es difícil atribuir a Trump motivaciones altruistas en defensa de los derechos humanos.
Es obvio que su primer gran objetivo ha sido poder distribuir la foto con los ojos vendados de ese enemigo que estuvo “a punto de rendirse” y se equivocó al no hacerlo.
Presentarse como un presidente fuerte, capaz de imponer la paz americana en Irán, Gaza, Ucrania o Venezuela. Justo en las antípodas de quienes como Jimmy Carter o Biden fracasaron en misiones arriesgadas sobre el terreno.
Ahora le queda la amenaza de esa “segunda oleada de ataques” como disuasión más que verosímil hacia quien pretenda obstaculizar su “transición” en Venezuela.
Pero ¿transición hacia dónde? Hoy por hoy la única legitimidad democrática es la que, según todos los indicios, otorgaron las urnas a Edmundo González y María Corina Machado. Sin el reconocimiento de su victoria esa “transición” sería una farsa.
Pero la falta de un escrutinio que oficialmente haya certificado el resultado del 24 aconseja una nueva reválida electoral en la que tanto la oposición como el chavismo puedan acreditar su nivel de representación real. Y en la que, por supuesto, puedan participar todos los venezolanos de la diáspora, perseguidos y expulsados por el régimen.
Hoy por hoy la única legitimidad democrática es la que, según todos los indicios, otorgaron las urnas a Edmundo González y María Corina Machado
Ese proceso que sin duda apoya la Unión Europea y al que a regañadientes tendrá que sumarse Sánchez es condición necesaria para que Venezuela pueda reingresar en el club de las democracias al que perteneció hasta hace un cuarto de siglo.
Para que además sea suficiente, de las urnas tendrá que surgir un gobierno plenamente soberano, no una marioneta en el marco de un nuevo protectorado. Porque una cosa es que Venezuela recupere la libertad gracias a Trump y otra que lo haga al servicio de Trump.