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¿Y si las pantallas en realidad mejoran la salud mental juvenil? La polémica propuesta de un psicólogo evolutivo

¿Y si las pantallas en realidad mejoran la salud mental juvenil? La polémica propuesta de un psicólogo evolutivo
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Mientras más países restringen el acceso de menores de edad a teléfonos y redes sociales, el psicólogo Peter Gray afirma que el deterioro comenzó mucho antes. Para entenderlo dice que hay que mirar cuánto control han perdido niñas, niños y adolescentes sobre sus propias vidas.
SaludAranza Bustamante3 de septiembre de 2026menores de 16 años generen o mantengan cuentas. A partir de septiembre de 2026, Francia extendió la prohibición del uso de celulares durante la jornada educativa a todos los niveles, desde preescolar hasta bachillerato. Ambas medidas forman parte de una de las respuestas cada vez más comunes frente a los riesgos que se atribuyen al uso de las tecnologías durante esta etapa de la vida.

El psicólogo evolutivo estadounidense Peter Gray considera que algunas restricciones pueden ser útiles en momentos concretos, pero sostiene que limitar smartphones o redes sociales no resolverá la crisis de salud mental juvenil. El especialista, que lleva décadas estudiando el juego, el aprendizaje y la autonomía infantil, cuestiona que estas tecnologías sean la causa principal del deterioro. Una de sus razones está en la cronología: los problemas que hoy se relacionan con el mundo digital se han manifestado mucho antes de que este existieran las redes sociales.

Gray señala que en Estados Unidos distintos indicadores de ansiedad, depresión y suicidio entre adolescentes aumentaron de manera importante entre 1950 y 1990, cuando todavía no había acceso público generalizado a internet y faltaban años para la aparición de las redes sociales y los smartphones. Para el psicólogo, esa cronología debilita la idea de que las pantallas sean el origen de la crisis, aunque puedan influir en varios de los problemas actuales.

Lo que le preocupa de estos cambios va más allá de tener menos tiempo libre. Gray considera que, cuando gran parte de la vida infantil está organizada o supervisada por adultos, también disminuyen las oportunidades para actuar por su cuenta. Esa idea aparece de forma recurrente en su trabajo sobre autonomía e independencia infantil.

En este punto aparece otro concepto central para entender su hipótesis, el “locus de control”, que se refiere a cuánto siente una persona que puede influir sobre aquello que ocurre en su vida. Gray recupera investigaciones que muestran que, durante varias décadas del siglo XX, jóvenes estadounidenses avanzaron hacia un locus más externo y que la sensación de impotencia se relaciona con una mayor vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.

consecuencias de sus decisiones, también dispone de menos experiencias para comprobar que puede resolver problemas, tolerar frustraciones o modificar una situación mediante sus propias acciones.

Gray reconoce que la coincidencia entre el aumento de la ansiedad y la depresión y la disminución de las oportunidades de juego e independencia no basta por sí sola para demostrar una relación causal. Sin embargo, considera que existe evidencia suficiente para plantear que la pérdida de control sobre la propia vida puede contribuir al deterioro de la salud mental juvenil.

hipótesis más controversial si se toman en cuenta las tendencias actuales. Gray considera posible que la expansión de las computadoras, los videojuegos e internet haya contribuido, al menos en parte, a mejorar la salud mental juvenil, al devolver a niñas, niños y adolescentes espacios donde podían actuar con mayor autonomía, desarrollar habilidades y relacionarse con otros jóvenes.

Como parte de su argumento, señala que algunos indicadores de salud mental en Estados Unidos mejoraron entre aproximadamente 1990 y 2010, después de décadas de deterioro, mientras la tasa de suicidio adolescente cayó alrededor de 40%. Gray reconoce que no se sabe con certeza qué produjo esa mejoría, por lo que presenta el posible papel de la tecnología como una hipótesis. En su libro Restoring Childhood, próximo a publicarse, desarrolla con mayor profundidad esta idea.

Aquí aparece su principal diferencia con Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa (2024), un libro que ha tenido una fuerte influencia en el debate público sobre infancia y tecnología, y cuyas propuestas han llegado también al terreno de las políticas públicas. El movimiento creado a partir del libro impulsó medidas como escuelas sin teléfonos y mayores restricciones al acceso de menores a redes sociales. Ambos expertos coinciden en que niñas, niños y adolescentes han perdido independencia y juego libre, pero interpretan de manera distinta el papel de la tecnología.

¿Por qué no cree que prohibir sea la solución?

La crítica de Gray a las prohibiciones también parte de cómo han respondido históricamente los adultos a los medios que atraen a los jóvenes. En uno de sus ensayos publicados en línea, repasa las alarmas que en distintos momentos generaron las novelas populares, el cine, los cómics, la televisión y los videojuegos antes de que smartphones y redes sociales ocuparan el centro de esa preocupación.

Gray usa el término “pánico moral” para describir ese patrón, aunque su comparación no implica que todas las tecnologías tengan los mismos riesgos. Lo que identifica como común es una reacción en la que los posibles daños empiezan a dominar la conversación hasta que se presta poca atención a los beneficios de una actividad, a las diferencias entre formas de uso o a las razones por las que los propios jóvenes encuentran valor en ella.

su crítica a La generación ansiosa, escribió que existe una reacción casi automática a pensar que cualquier problema de los niños puede resolverse quitándoles “una libertad más” y defendió que los peligros del mundo digital deberían enfrentarse también mediante reglas de seguridad y aprendizaje.

La preocupación por los peligros que podían encontrar los niños fuera de casa aportó, según él, a extender la idea de que necesitaban un adulto cerca prácticamente en todo momento, reduciendo así su libertad para explorar el mundo físico. Ahora encuentra una reacción similar frente a internet.

Desde su perspectiva, quitar los teléfonos no hará que las personas jóvenes vuelvan por sí solas a recorrer sus barrios o jugar en la calle como lo hicieron sus abuelos. Algunas de las pocas libertades que todavía conservan, argumenta, pasan precisamente por comunicarse de manera privada con sus amistades o desplazarse con cierta independencia mientras pueden mantenerse en contacto con sus familias.

Recuperar otras experiencias requeriría revisar cuánto tiempo libre tienen los jóvenes, qué actividades pueden organizar por su cuenta, dónde pueden encontrarse con otros y hasta qué punto los adultos están dispuestos a permitirles enfrentar dificultades sin intervenir inmediatamente.

Libertad con reglas

La oposición de Gray a las prohibiciones generales no implica que considere conveniente usar el teléfono en cualquier momento y deja claro que debería haber restricciones relacionadas con problemas o situaciones concretas. En un listado que desarrolló incluye momentos como la noche, las comidas, las conversaciones cara a cara, los campamentos al aire libre y las clases en las que funciona solo como una distracción.

El sueño es uno de los ejemplos más claros. Gray recomienda que tanto niños como adultos dejen los smartphones fuera del dormitorio, ya que las notificaciones y el impulso de revisarlos pueden mantenerlos despiertos. Durante las comidas o una conversación presencial propone una regla similar, que en este caso debería aplicarse a toda la familia.

También comparte la idea que los teléfonos permanezcan guardados en una clase cuando no forman parte de la actividad educativa y desvían la atención; sin embargo, también considera que actualmente las escuelas están desaprovechando las posibilidades de una herramienta que permite buscar información y explorar preguntas de forma inmediata, por lo que cuestiona las restricciones que parten de tratar al dispositivo como algo sin valor dentro del aprendizaje.

También reconoce que internet tiene riesgos y considera que niñas, niños y adolescentes deben aprender a manejarlos conforme desarrollan mayor autonomía. Gray tampoco exime de responsabilidad a las empresas. En otro de sus ensayos afirmó que las compañías de redes sociales necesitan regulación, pero rechaza que sean una causa principal del deterioro reciente de la salud mental juvenil.

cuestiona algunos estudios utilizados para sostener que reducir las redes sociales mejora la salud mental y señala problemas como el llamado “efecto de demanda”, que aparece cuando quienes participan pueden inferir qué resultado esperan encontrar. También recuerda que las revisiones sobre tiempo de uso y malestar psicológico han producido resultados mixtos.

Sus propias explicaciones han sido cuestionadas. Gray ha dado un peso importante a la presión escolar para explicar el nuevo aumento de problemas de salud mental observado en Estados Unidos a partir de 2011 y ha relacionado ese cambio con reformas educativas.

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Otros especialistas consideran útil incorporar factores como la escuela, pero cuestionan que los cambios en la salud mental juvenil puedan explicarse a partir de una sola gran causa. Desde esa perspectiva, las restricciones tecnológicas pueden ser útiles frente a problemas concretos, como la distracción en clase o las alteraciones del sueño, aunque tienen un alcance limitado frente a un fenómeno más amplio.

Ahí está el centro de la postura de Gray. El deterioro de la salud mental juvenil, sostiene, comenzó mucho antes de la popularización de Facebook, TikTok e Instagram, en un periodo en el que también fueron desapareciendo experiencias cotidianas de independencia. Para él, recuperar esa autonomía requiere cambios más amplios en la forma en que niñas, niños y adolescentes viven, juegan y aprenden.

Fuente original: Leer en Wired - Ciencia
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