Tan dura como la batalla contra los incendios está siéndolo la de imponer un marco discursivo del que sacar ventaja. El Gobierno no plantea un pacto de Estado contra el fuego sino contra «la emergencia climática», es decir, contra las alianzas autonómicas de PP y Vox. En el otro extremo, la catástrofe se circunscribe al abandono de los campos y del pastoreo, un poner, al ecologismo woke que castiga a agricultores y ganaderos. Arde España y la conversación política concentra sus esfuerzos en la confirmación de los sesgos de cada bando ante un fenómeno de todo menos simple.
En el incendio que consume el valle del Tiétar coinciden realidades totalmente distintas. La parte abulense es boscosa y rural; la madrileña, urbanizada e hiperpoblada. La culpa, en todo caso, es de Ayuso por bajar los impuestos y no contratar más forestales. O de Sánchez, que sólo sale de la covachuela para la foto. La búsqueda de símbolos que apuntalen uno y otro marco es implacable. A falta del toro bravo, los bisontes son los nuevos bomberos. Si faltan hidroaviones, le cargamos el muerto a la ultraderecha negacionista. Para eso están los eslóganes, para no asumir responsabilidades.
Nadie está libre del relato y yo el que menos. Aquí va uno. Cruzando la provincia de Orense se llega a una pequeña aldea llamada Soutelo -cuatro casas (¿o eran tres?) y un hórreo- de la que procede la familia de mi amigo Javi. En alguna visita a inflarnos de orujo de Allariz, nos explicó que en las herencias familiares se incluían árboles individuales. Tan modesta posesión delimitaba la frontera entre la vida y la muerte. En los años de la postguerra, si algún niño caída enfermo, se talaban las ramas y con el calor del fuego, quizá, pudiera pasar el invierno. Aquello era pobreza energética.
Echamos de menos el frío y la nieve que hace cien años eran sinónimo de muerte porque no lo hemos sufrido. Tenemos incorporados a nuestra cotidianeidad los insumos calóricos como una commodity, tanto en nuestra atmósfera doméstica como en nuestra dieta. Las calorías están directamente relacionadas con la renta per cápita, la esperanza de vida, la salud o con el coeficiente intelectual. La era antropocénica, «en la que el ser humano opera como agente del cambio medioambiental global», Arias Maldonado dixit, ha tenido como protagonistas las fuentes de energía basadas en combustibles fósiles, que se caracterizan por su enorme densidad calórica. La prosperidad industrial ha generado más vida humana y más sana que nunca en su historia.
El reverso son sus desequilibrios ecológicos y sociales. Europa y EEUU deslocalizaron la manufactura a Asia para quitarse de su vista el humo de la contaminación. Ese proceso ha permitido que China abrace el capitalismo y haya sacado de la pobreza a más personas de las que habitan en EEUU, la UE y Latinoamérica juntas (700 millones). ¿No es eso progreso?
Midamos los costes. China también emite más CO2 que EEUU y Europa juntos y su dominio ha precarizado a las clases medias de las antiguas potencias industriales que hoy se han echado en brazos de populistas. Donald Trump en Estados Unidos, Nigel Farage en Reino Unido o el independentismo catalán en España no emergieron de ninguna locura colectiva, sino de la promesa de devolver a los obreros el trozo del pastel que les habían arrebatado los burócratas de Bruselas, los subvencionados, los wokes y los extranjeros. El relato es falso, el empobrecimiento no. Los populistas no desaparecerán como un mal sueño mientras no se solucione el problema que los trajo.
En honor a la «emergencia climática», China produce más del doble de paneles solares de los que es capaz de consumir el planeta para aplastar cualquier amago de competencia y emplear su dominio en la cadena de suministros para afianzarse como hegemón mundial. ¿Es convertir a la antinuclear Europa en su hermano pobre la solución que deseamos?
Hoy la carretera que cruza Orense es un páramo de ceniza. Ardió en 2025. Unos lo atribuirán al abandono de los pastos, otros al calentamiento global. Seguramente, las dos cosas sean ciertas, tanto como que necesitamos una conversación pública a la altura de la complejidad del problema. Y dejar de remitirnos a bucólicos pasados en los que sobrevivíamos con troncos o a recetas decrecentistas de apocalípticos de salón.