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Lo leí por primera vez en 1982, el año de su muerte. Estaba en el estante de los libros preferidos de mi padre, junto a 'La montaña rebelde', de Juan Antonio Cabezas. Y se convirtió enseguida en uno de mis títulos de cabecera. ... Hasta el punto de que lo extravié para colocarlo en mi propia estantería, al lado de 'La busca', de su admirado Pío Baroja.
Hoy nadie o casi nadie se acuerda, si no es vasco de Portugalete o madrileño de Lavapiés, de un libro como 'La vida como es'. Nadie, quizás a excepción de Juan Manuel de Prada, quien considera a Zunzunegui uno de los más grandes novelistas de posguerra «en densidad humana, en intuición y brío narrativo, en alegría de contar».
Juan Antonio de Zunzunegui y Loredo (Portugalete, 1900-Madrid, 1982) fue un escritor culto, buen amigo de Unamuno, miembro de la Real Academia Española y autor de una obra extensa, que él mismo denominó «flota», y en la que distinguía los libros de «gran tonelaje» de los de «pequeño tonelaje». Entre los primeros, además de obras como 'Chiripi' (1931), 'El chiplichandle' (1940) o '¡Ay... estos hijos!' (1943), Zunzunegui siempre incluyó con señalamiento 'La vida como es', una «novela picaresca», escrita «en muy paladina lengua española», que apareció por primera vez en 1954.
Hasta 1950, sus novelas tuvieron preferentemente como escenario a Bilbao. A partir de ese año, las ambientó en Madrid, hasta terminar convirtiéndose en un auténtico cronista de los bajos fondos. Fernando Fernán Gómez quiso en su día adaptarla, pero se topó con la censura y tuvo que conformarse con llevar al cine otra novela de Zunzunegui, 'El mundo sigue', que siempre consideró su «película maldita». Vidas sin horizonte, muchas de ellas de profesionales del hampa, cada uno con su «especialidad» delictiva. Puro ingenio en el arte de hacerse con los bienes ajenos.
Atravesando de noche la colonia de chabolas de cartón en la que se convierte la Plaza de Mayor de Madrid en determinados momentos del año, es fácil apreciar hoy lo corta que puede llegar a ser la distancia que nos separa de entonces a ahora. Otros modos más modernos de buscarse la vida, muchos de ellos vinculados a los sistemas digitales y los teléfonos móviles. Pero igual de efectivos. Y en gran manera, el regreso a ese mundo de pobres de solemnidad y ricos de escándalo; de portales cerrados y calles abiertas donde puede suceder cualquier cosa.
Bolsas de miseria que, en el libro de Zunzunegui, estaban integradas en su mayoría por españoles, que emigraban desde otros puntos del país, mientras que hoy se forman a partir de individuos de todas las procedencias imaginables. Y sin embargo, la misma «busca» barojiana. El mismo contraluz entre las viviendas para multimillonarios y la calle pura y dura, poblada por gentes con vidas mínimas e ilusiones rotas, incapaces de «reinventarse» de otra forma que no sea al margen de la ley. «Esto se pone mal, pero que muy mal para los chorizos -escribe Zunzunegui-. Lo primero que necesitamos pa' trabajar con cierto fruto es orden; donde no hay orden y tranquilidad no tenemos nada que hacer nosotros». ¿A qué nos suena? La vida como era. Y como es.
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