Hay una escena bastante clásica en la vida de muchas personas: no tener hambre pero estar deambulando por la cocina, abrir la nevera, mirar y cerrar. Minutos después, se repite esta operación. ¿El resultado final? Acabar comiendo algo que probablemente no necesitábamos, que es lo que se puede conocer de manera popular como 'gula', pero la ciencia de la nutrición tiene un término más preciso: alimentación emocional.
Investigación. Investigadores de referencia en España como Dolores Corella y Jordi Salas-Salvadó del CIBERobn, han puesto el foco en cómo factores más de las calorías, como las emociones o la genética, determinan nuestro peso. Y la conclusión es bastante clara: el aburrimiento es un factor de riesgo metabólico tan real como el azúcar.
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El cerebro aburrido. Cuando nos aburrimos, el cerebro detecta un déficit de estimulación que trata de compensar con la vía más rápida hacia el placer. Y aquí es donde entran los queridos ultraprocesados. En este caso la ciencia apunta a que estos alimentos no solo nos nutren mal, sino que activa los circuitos dopaminérgicos de recompensa, de forma muy similar a como lo hacen ciertas sustancias adictivas.
En este caso, tenemos lo primer de todo un estímulo que es el aburrimiento que hace que caiga nuestro estado de ánimo. Aquí el cerebro busca un pico de dopamina rápido y una manzana no suele bastar, sino que busca grasas y azúcares refinados, puesto que su consumo provoca un pico de placer seguido de una caída brusca. Algo que potencia el consumo excesivo y por ende que se favorezca el engordar.
El peligro de aburrirse. No tener cosas que hacer durante el día o incluso durante la noche la verdad es que es algo que puede ser el germen ideal para consumir más calorías de las necesarias. Y es que sobre todo el aburrimiento suele atacar con más fuerza al final del día, cuando las obligaciones terminan y aquí es donde la "ingesta por aburrimiento" choca de manera frontal con la crononutrición.
La investigadora Marta Garaulet ha demostrado que el momento en el que comemos es crítico, puesto que picar por aburrimiento más allá de las 21:00 es metabólicamente desastroso, especialmente en España.
Por qué España. Los españoles llevamos mucho peor el hecho de comer por aburrimiento más allá de las 9 de la noche debido a una carga genética en la mitad de la población relacionada con el gen MTNR1B. En este caso, quien tenga este gen y coma tarde las consecuencias están bastante claras: el cuerpo segrega menos insulina y tolera peor la glucosa que le estamos introduciendo.
El resultado aquí es que lo que se come por el aburrimiento nocturno engorda más y es más inflamatorio que si se come de día, debido a al desincronización de los ritmos circadianos y las enzimas necesarias para procesar los alimentos.
Cómo contrarrestarlo. Si el aburrimiento es el detonante de esta situación y los ultraprocesados son la gasolina, la solución para romper este círculo vicioso está en los estudios PREDIMED. En este caso, apuntaron que aumentar la ingesta de fibra a través de frutas, verduras y legumbres mejora la regulación de la glucosa. Algo que potencia la reducción de las bajadas de glucosa que puede potenciar al cerebro a comer algo de azúcar urgentemente.
Además de esto, el estudio PREDIMED confirma que la dieta mediterránea suplementada con aceite de oliva virgen extra (AOVE) o frutos secos reduce la ansiedad por comer. A diferencia de los ultraprocesados, que te dejan queriendo más, un puñado de nueces activa mecanismos de saciedad duradera que evita que caigamos durante la noche en comer un bollo o un helado de chocolate.
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Rutina vs. caos. Dado que el ayuno intermitente carece de evidencia sólida a largo plazo, los expertos como Salas-Salvadó sugieren centrarse en rutinas marcadas: adelantar la cena para ampliar el ayuno nocturno de forma natural. Tener un horario fijo reduce los momentos de "tiempo muerto" donde ataca el hambre por aburrimiento.
Con todo esto lo que conseguido es que el cerebro no se adapte a las situaciones con altos niveles de dopamina como puede ser una época de grandes cenas nocturnas muy copiosa. Es por ello que la estrategia no se trata de prohibir, sino de entender que cuando abres la nevera a las once de la noche sin hambre, no es el estómago el que habla sino el cerebro buscando un entretenimiento que necesita.
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La noticia
Aburrirse engorda: el cerebro pide ultraprocesados cuando no tiene nada que hacer y la ciencia cree saber por qué
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
.
Aburrirse engorda: el cerebro pide ultraprocesados cuando no tiene nada que hacer y la ciencia cree saber por qué
Los españoles estamos más afectados por este aburrimiento nocturno y la posibilidad de engordar más
Hay una escena bastante clásica en la vida de muchas personas: no tener hambre pero estar deambulando por la cocina, abrir la nevera, mirar y cerrar. Minutos después, se repite esta operación. ¿El resultado final? Acabar comiendo algo que probablemente no necesitábamos, que es lo que se puede conocer de manera popular como 'gula', pero la ciencia de la nutrición tiene un término más preciso: alimentación emocional.
Investigación. Investigadores de referencia en España como Dolores Corella y Jordi Salas-Salvadó del CIBERobn, han puesto el foco en cómo factores más de las calorías, como las emociones o la genética, determinan nuestro peso. Y la conclusión es bastante clara: el aburrimiento es un factor de riesgo metabólico tan real como el azúcar.
El cerebro aburrido. Cuando nos aburrimos, el cerebro detecta un déficit de estimulación que trata de compensar con la vía más rápida hacia el placer. Y aquí es donde entran los queridos ultraprocesados. En este caso la ciencia apunta a que estos alimentos no solo nos nutren mal, sino que activa los circuitos dopaminérgicos de recompensa, de forma muy similar a como lo hacen ciertas sustancias adictivas.
En este caso, tenemos lo primer de todo un estímulo que es el aburrimiento que hace que caiga nuestro estado de ánimo. Aquí el cerebro busca un pico de dopamina rápido y una manzana no suele bastar, sino que busca grasas y azúcares refinados, puesto que su consumo provoca un pico de placer seguido de una caída brusca. Algo que potencia el consumo excesivo y por ende que se favorezca el engordar.
El peligro de aburrirse. No tener cosas que hacer durante el día o incluso durante la noche la verdad es que es algo que puede ser el germen ideal para consumir más calorías de las necesarias. Y es que sobre todo el aburrimiento suele atacar con más fuerza al final del día, cuando las obligaciones terminan y aquí es donde la "ingesta por aburrimiento" choca de manera frontal con la crononutrición.
La investigadora Marta Garaulet ha demostrado que el momento en el que comemos es crítico, puesto que picar por aburrimiento más allá de las 21:00 es metabólicamente desastroso, especialmente en España.
El resultado aquí es que lo que se come por el aburrimiento nocturno engorda más y es más inflamatorio que si se come de día, debido a al desincronización de los ritmos circadianos y las enzimas necesarias para procesar los alimentos.
Cómo contrarrestarlo. Si el aburrimiento es el detonante de esta situación y los ultraprocesados son la gasolina, la solución para romper este círculo vicioso está en los estudios PREDIMED. En este caso, apuntaron que aumentar la ingesta de fibra a través de frutas, verduras y legumbres mejora la regulación de la glucosa. Algo que potencia la reducción de las bajadas de glucosa que puede potenciar al cerebro a comer algo de azúcar urgentemente.
Además de esto, el estudio PREDIMED confirma que la dieta mediterránea suplementada con aceite de oliva virgen extra (AOVE) o frutos secos reduce la ansiedad por comer. A diferencia de los ultraprocesados, que te dejan queriendo más, un puñado de nueces activa mecanismos de saciedad duradera que evita que caigamos durante la noche en comer un bollo o un helado de chocolate.
Rutina vs. caos. Dado que el ayuno intermitente carece de evidencia sólida a largo plazo, los expertos como Salas-Salvadó sugieren centrarse en rutinas marcadas: adelantar la cena para ampliar el ayuno nocturno de forma natural. Tener un horario fijo reduce los momentos de "tiempo muerto" donde ataca el hambre por aburrimiento.
Con todo esto lo que conseguido es que el cerebro no se adapte a las situaciones con altos niveles de dopamina como puede ser una época de grandes cenas nocturnas muy copiosa. Es por ello que la estrategia no se trata de prohibir, sino de entender que cuando abres la nevera a las once de la noche sin hambre, no es el estómago el que habla sino el cerebro buscando un entretenimiento que necesita.