Nos cuenta Camino que hace unos días, mientras estaba leyendo sentada en las rocas de una poza con los pies metidos en el agua, sintió que algo le acariciaba las pantorrillas. Cuando miró vio los tentáculos de un pulpo que estaba debajo de la ... roca, y como llevaba un boli bic que había bajado a la playa por si le hacía falta marcar algo en el libro, lo usó para darle un toquecito al pulpo, para avisarle de que se había dado cuenta de sus caricias o para apartarlo con suavidad.
Entonces el pulpo agarró el bolígrafo. Forcejearon mujer y pulpo un rato, hasta que él tiró con tanta fuerza que consiguió sacar el cartucho y quedárselo. Un resultado justo, pues toda la tinta del mundo pertenece a los cefalópodos, que nos la han cedido en generoso usufructo para la preservación y el legado de nuestro conocimiento.
A mí también me gustaría, y cada vez más, establecer contacto con un animal. Me conformo con una interacción corta. El caso de arriba es especialmente afortunado, porque fue el pulpo quien se quiso acercar a la humana. Pero no tenemos tantas oportunidades de relacionarnos con animales.
Por supuesto, todos conocemos a perros y gatos, pero hasta llegar a los animales peligrosos hay todo un rango digno de conocer, y todos sabemos lo emocionante que es que te mire un corzo: por eso aparecen en algunas películas y cuando miran al protagonista este cruza un umbral en su psique. Hay algo extraordinario en que una conciencia distinta a la nuestra nos perciba, y la nuestra debe también de experimentar un salto alegre al cruzarse con un ser parecido pero distinto, como un hermano perdido. Mi madre recibe todos los días la visita de una urraca en la terraza y a mi hermana también le vienen los pájaros a dar golpecitos en el cristal. Yo recuerdo ahora que el verano pasado, entre unas rocas, metí la cabeza debajo del agua y vi una morena. ¡Qué sinuosa entre la posidonia! Salí corriendo.
Parece más eficaz quedarse leyendo. Quizá con los libros podamos acercarnos a los animales, igual que nuestra amiga acabó peleándose con un pulpo gracias a haberse quedado quieta leyendo sentada en una roca el tiempo suficiente para que el pulpo se atreviese a tocarla, o le hiciese ese honor. Los particulares ritmos de los animales que se acompasan a la cadencia de las letras, signifique eso lo que signifique.
Andrea Valdés usa en 'Cavernícolas' el asombro como detector de lo que es interesante y brilla
¡Pero tinta, libros, agua en medio! Aquí van dos libros que tienen que ver con el océano de por medio. «Puesto que ya no se habla de cómo es el mundo sino de la velocidad a la que cambia…», propone Andrea Valdés al principio de 'Cavernícolas' (Jekyll & Jill): una muestra del tono atento y riente con el que parece compuesto el libro entero, a partir de una gran curiosidad por la literatura y quienes la escriben, siendo ella misma una escritora rara, precisa y también excéntrica, en el sentido más visual del término, el del espacio que se circunda.
Recoge algunas «divagaciones» de los últimos diez años, entre las que también se encuentra alguna entrevista, más alguna pieza escrita ad hoc. Para la serie que da título al libro, la autora dejó Barcelona y se trasladó a Buenos Aires durante seis meses. Allí estableció contacto con algunos escritores que le intrigaban, porque algo buscaba, y quería encontrarlo. Así lo dice: «Lo viví como esos navegantes que, en su día, fueron en busca de El Dorado, sin ninguna garantía de dar con él, ni regresar con vida». Se encuentra (o no) con Carlos Gamerro, Damián Tabarovsky, Fernanda Laguna, María Moreno, Lucrecia Martel… América aparece como invención más que como territorio, siguiendo las ideas de Edmundo O'Gorman.
Hay otra sección dedicada a escritoras sin descendencia (Gertrude Stein, Marosa di Giorgio, Vivian Gornick…), y sobrevolándolo todo, la gran excéntrica de Laura Riding, la poeta neoyorquina que vivió en Mallorca y que se volvió a los Estados Unidos a cultivar limoneros e ir hasta el fondo del lenguaje, que obviamente también es algo que se exprime. Dice Andrea Valdés que este libro es «Yo yendo al encuentro de esas otras vidas y exponiéndome por escrito, mientras me dejo desorientar por ellas y analizo sus estrategias«. Aquí el asombro y la curiosidad de la autora, siempre manifiestos, se utilizan como herramientas de precisión. Es el asombro utilizado como detector de lo que es interesante y brilla.
Es como si César Mamán King se asomase en 'País verde jardín' a lagos, a fuentes o arroyos, y extrajese de ellos el lenguaje para transmitir lo que ve (lo que oye)
Y el otro libro transoceánico −en todos los sentidos que nos inspire− es 'País verde jardín' (Huerga y Fierro), de César Mamán King, escritor nacido en Uruguay que lleva media vida viviendo en España. Es una novela; la premisa es que Romina vuelve desde Madrid a Montevideo a ver a su madre, inconsciente en el hospital. No estaremos solamente con Romina, o sí pero desde muchos puntos de vista: la novela alterna los discursos de distintos personajes, mujeres importantes en su vida. Nos ofrecen sus impresiones y aventuras. ¡Qué libro más subyugante!
A través de las cotidianeidades que cuentan y de los giros del habla de cada cual, nos asomamos fugazmente a las consciencias. Es como si el autor se asomase a lagos, a fuentes o arroyos, y extrajese de ellos el lenguaje para transmitir lo que ve (lo que oye). A través de las cosas que aquí se cuentan, es posible atisbar las relaciones entre lo que se cuenta y cómo se dice, alcanzar la intuición de que los hechos cotidianos y el lenguaje que las nombra y describe están conchabados −¿y nos utilizan?−. ¿Y por qué repito «cotidiano», si la novela está llena de invenciones, momentos fabulosos, como fugas y revelaciones de otro mundo? Qué raro, es como si estuviésemos encerrados dentro de nosotros mismos, pero esa fuera a la vez nuestra única posibilidad para salir y acercarnos a los demás. «Pienso salir a caminar todos los días. […] Observaré la continuidad de las calles, de la gente y de los edificios, con la esperanza de que todas esas impresiones conformen un magma que vaya, poco a poco, absorbiendo».
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