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Ahora que sabemos lo que va a ocurrir en Groenlandia, lo más sorprendente es el nombre de los ganadores: Rusia y China

Ahora que sabemos lo que va a ocurrir en Groenlandia, lo más sorprendente es el nombre de los ganadores: Rusia y China
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Si las palabras de Trump en Davos se confirman, parece que en Groenlandia no va a pasar “nada”. Eso deja otra lectura que empieza a tomar fuerza entre los analistas: que las amenazas de Estados Unidos para forzar el control de Groenlandia han abierto una grieta que, sin necesidad de disparar un solo tiro ni mover un solo dedo, beneficia de inmediato a dos naciones. El regalo geopolítico. Mientras Washington ha presentado el movimiento como una maniobra para frenar a sus rivales, en Europa se interpreta como una amenaza directa a la soberanía de un aliado y a la credibilidad misma de la OTAN. Mientras tanto, en Moscú y Pekín se lee como la prueba de que el orden occidental ya no se sostiene sobre reglas compartidas, sino sobre impulsos, chantajes y fuerza.  En ese clima, el simple debate sobre “quién manda” y “hasta dónde llega el paraguas estadounidense” erosiona la cohesión que durante décadas había sido el principal freno estratégico (al menos sobre el papel) para Rusia en Europa y el mayor obstáculo estructural para China en su pulso global. En Directo al Paladar En 1917, Dinamarca vendió unas islas a EEUU por 25 millones de dólares. Sin esclavos para recoger azúcar no eran rentables Rusia muy por delante. Lo hemos contado antes. En el Ártico, Rusia no parte de cero ni juega a futuro: ya está instalada y opera desde hace años con una ventaja material y geográfica que Estados Unidos no puede igualar rápidamente. Moscú tiene una presencia militar consolidada en el norte, con bases, infraestructura, experiencia operativa y una lógica de defensa integrada alrededor de sus rutas marítimas, sus recursos y su disuasión estratégica, además de activos clave como su Flota del Norte y el peso simbólico y técnico de haber usado la región como espacio de pruebas y proyección desde la era soviética.  Por eso, cuando Washington convierte Groenlandia en una crisis abierta, Rusia observa dos cosas a la vez: la oportunidad de debilitar la unidad occidental y el riesgo de que el Ártico pase de ser un terreno de competición contenida a una zona de confrontación directa, una en la que cualquier movimiento mal calculado acelera la militarización y una posible escalada. El método ruso. La reacción rusa a la tensión por Groenlandia ha estado marcada por una combinación de ironía, entusiasmo y cálculo frío, como quien encuentra de repente una palanca perfecta para mejorar su posición sin esfuerzo visible. El mensaje que se repite en el entorno del Kremlin es transparente: lo mejor que puede pasarle a Rusia es que Estados Unidos y Europa se dediquen a pelear entre ellos, porque eso, en primer lugar, distrae de Ucrania, envenena la cooperación y empuja a los aliados a desconfiar del liderazgo estadounidense.  En ese marco, contaban en AP que la propaganda rusa se permite el lujo de celebrar que “la unidad atlántica se termina”, de bromear con que Europa no tiene herramientas reales contra Washington y de presentar todo el episodio como una escena didáctica en la que los rivales de Rusia se enredan solos. Groenlandia como cortina de humo. Uno de los beneficios más inmediatos para Moscú es ese desplazamiento del foco político y mediático: cuando la agenda europea se llena de Groenlandia, Ucrania pierde oxígeno diplomático y espacio de negociación. La tensión está obligando a los líderes europeos a apagar incendios internos en lugar de concentrarse en la guerra, y eso reduce la presión colectiva sobre Rusia justo cuando Moscú busca concesiones o alivios en cualquier proceso de negociación.  Además, el simple hecho de que la OTAN discuta si debe “bloquear” o no la expansión estadounidense introduce una idea inquietante: que la alianza no es un pacto automático de confianza, sino una suerte de club donde el más fuerte puede cambiar las reglas si le conviene. Putin y Trump. Rusia, además, parece estar cuidando su tono con la Casa Blanca porque su prioridad es no chocar con Trump mientras intenta obtener ventajas sobre Ucrania y recomponer su relación con Washington. Por eso evita condenar abiertamente la presión sobre Groenlandia (hace unas horas Putin ha dicho que les importa "cero") y, en cambio, la envuelve en una ambigüedad cómoda. Es una postura que aunque pasiva, en realidad es estratégica, porque deja que el conflicto se cocine dentro del campo occidental sin que Moscú aparezca como el instigador. A la vez, introduce una idea peligrosa en el debate: que la legalidad internacional es secundaria frente a la voluntad de un poder grande, algo que Rusia conoce bien y explota con cinismo cuando le conviene. China no necesita Groenlandia. Desde Pekín, la oportunidad no está tanto en “ganar” Groenlandia, sino en observar cómo Estados Unidos se pelea con sus aliados y devalúa el sistema que le daba ventaja estratégica frente a China. Recordaban en el Guardian que, a ojos chinos, el escenario ideal no es conquistar territorio ártico, sino ver cómo se rompe la disciplina del bloque occidental, porque el gran multiplicador de poder estadounidense siempre ha sido su red de alianzas.  China puede tener intereses en rutas polares, investigación y recursos, pero su premio mayor es político: una Europa más desconfiada de Washington, abierta a equilibrios propios y más tentada a refugiarse en el comercio como tabla de salvación en un mundo de aranceles y chantajes. La Ruta de la Seda Polar. Lo hemos contado antes. China lleva años construyendo un relato ártico que la presenta como actor legítimo, con papeles oficiales donde se define como “casi ártica” y con la promesa de una Ruta de la Seda Polar apoyada en el deshielo, las nuevas rutas marítimas y el transporte más rápido entre Asia y Europa.  Hay señales concretas de esa ambición, como el uso de la Ruta Marítima del Norte para acortar drásticamente tiempos de viaje, aunque esa ruta dependa en gran medida de Rusia y de su control sobre el corredor. En ese sentido, cada crisis entre Estados Unidos y Europa no solo es un problema político: es una ventana económica para Pekín, porque desordena reglas, empuja a Europa a buscar alternativas y da a China margen para presentarse como socio comercial “estable”, aunque esa estabilidad pueda ser más retórica que real. Davos y una renuncia. El choque por Groenlandia se agrava porque llega acompañado de un discurso más amplio: Estados Unidos ya no quiere liderar el orden económico liberal ni sostener la seguridad europea como si fuera un servicio gratuito. El mensaje que sale de Davos es que el mercado estadounidense tiene precio de entrada, que la protección militar no se regala y que la alianza se mide en dinero (y obediencia), no en valores compartidos.  Incluso si Trump modula el tono o cambia de herramienta (aranceles sí, aranceles no), el daño ya está hecho porque el mundo ha escuchado la idea central: Washington está dispuesto a usar su poder económico y su paraguas de seguridad como palanca coercitiva sobre amigos y rivales por igual. En Xataka Arabia Saudí y Emiratos Árabes importan millones de toneladas de arena cada año pese a vivir sobre desiertos inmensos Trabajo sucio gratis. La amenaza sobre Groenlandia estas semanas ha funcionado como una máquina que produce beneficios estratégicos para Moscú y Pekín sin que tengan que mover un dedo: divide a la OTAN, distrae de Ucrania, erosiona la credibilidad de Estados Unidos y convierte el debate global en una discusión sobre poder desnudo en lugar de reglas.  Moscú gana tiempo, aire político y confusión en el campo enemigo, mientras China gana una narrativa perfecta para argumentar que Occidente ya no es un bloque coherente y que el futuro apunta a multipolar por desgaste, no por conquista. Y lo más inquietante de todo es que, aunque Groenlandia no cambie finalmente de manos (o eso parece), la fractura ya se ha abierto: el simple hecho de haberlo intentado ha demostrado desde “fuera” de Occidente que el centro de gravedad de su fuerza, la unidad, era también su punto más débil. Imagen |Presidential Executive Office of Russia, Heute, Jensbn En Xataka | Hay un motivo muy simple por el cual EEUU no se va a olvidar pronto de Groenlandia: el Nobel de la Paz En Xataka | Si no hay otra opción, Europa tiene un misil para Groenlandia. Uno que apunta donde más le duele a EEUU: su obesidad - La noticia Ahora que sabemos lo que va a ocurrir en Groenlandia, lo más sorprendente es el nombre de los ganadores: Rusia y China fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
Ahora que sabemos lo que va a ocurrir en Groenlandia, lo más sorprendente es el nombre de los ganadores: Rusia y China

La amenaza sobre Groenlandia ha funcionado como una máquina perfecta para producir beneficios estratégicos a Moscú y Pekín

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Miguel Jorge

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Si las palabras de Trump en Davos se confirman, parece que en Groenlandia no va a pasar “nada”. Eso deja otra lectura que empieza a tomar fuerza entre los analistas: que las amenazas de Estados Unidos para forzar el control de Groenlandia han abierto una grieta que, sin necesidad de disparar un solo tiro ni mover un solo dedo, beneficia de inmediato a dos naciones.

El regalo geopolítico. Mientras Washington ha presentado el movimiento como una maniobra para frenar a sus rivales, en Europa se interpreta como una amenaza directa a la soberanía de un aliado y a la credibilidad misma de la OTAN. Mientras tanto, en Moscú y Pekín se lee como la prueba de que el orden occidental ya no se sostiene sobre reglas compartidas, sino sobre impulsos, chantajes y fuerza. 

En ese clima, el simple debate sobre “quién manda” y “hasta dónde llega el paraguas estadounidense” erosiona la cohesión que durante décadas había sido el principal freno estratégico (al menos sobre el papel) para Rusia en Europa y el mayor obstáculo estructural para China en su pulso global.

En Directo al PaladarEn 1917, Dinamarca vendió unas islas a EEUU por 25 millones de dólares. Sin esclavos para recoger azúcar no eran rentables

Rusia muy por delante. Lo hemos contado antes. En el Ártico, Rusia no parte de cero ni juega a futuro: ya está instalada y opera desde hace años con una ventaja material y geográfica que Estados Unidos no puede igualar rápidamente. Moscú tiene una presencia militar consolidada en el norte, con bases, infraestructura, experiencia operativa y una lógica de defensa integrada alrededor de sus rutas marítimas, sus recursos y su disuasión estratégica, además de activos clave como su Flota del Norte y el peso simbólico y técnico de haber usado la región como espacio de pruebas y proyección desde la era soviética

Por eso, cuando Washington convierte Groenlandia en una crisis abierta, Rusia observa dos cosas a la vez: la oportunidad de debilitar la unidad occidental y el riesgo de que el Ártico pase de ser un terreno de competición contenida a una zona de confrontación directa, una en la que cualquier movimiento mal calculado acelera la militarización y una posible escalada.

El método ruso. La reacción rusa a la tensión por Groenlandia ha estado marcada por una combinación de ironía, entusiasmo y cálculo frío, como quien encuentra de repente una palanca perfecta para mejorar su posición sin esfuerzo visible. El mensaje que se repite en el entorno del Kremlin es transparente: lo mejor que puede pasarle a Rusia es que Estados Unidos y Europa se dediquen a pelear entre ellos, porque eso, en primer lugar, distrae de Ucrania, envenena la cooperación y empuja a los aliados a desconfiar del liderazgo estadounidense. 

En ese marco, contaban en AP que la propaganda rusa se permite el lujo de celebrar que “la unidad atlántica se termina”, de bromear con que Europa no tiene herramientas reales contra Washington y de presentar todo el episodio como una escena didáctica en la que los rivales de Rusia se enredan solos.

Groenlandia como cortina de humo. Uno de los beneficios más inmediatos para Moscú es ese desplazamiento del foco político y mediático: cuando la agenda europea se llena de Groenlandia, Ucrania pierde oxígeno diplomático y espacio de negociación. La tensión está obligando a los líderes europeos a apagar incendios internos en lugar de concentrarse en la guerra, y eso reduce la presión colectiva sobre Rusia justo cuando Moscú busca concesiones o alivios en cualquier proceso de negociación. 

Además, el simple hecho de que la OTAN discuta si debe “bloquear” o no la expansión estadounidense introduce una idea inquietante: que la alianza no es un pacto automático de confianza, sino una suerte de club donde el más fuerte puede cambiar las reglas si le conviene.

Putin y Trump. Rusia, además, parece estar cuidando su tono con la Casa Blanca porque su prioridad es no chocar con Trump mientras intenta obtener ventajas sobre Ucrania y recomponer su relación con Washington. Por eso evita condenar abiertamente la presión sobre Groenlandia (hace unas horas Putin ha dicho que les importa "cero") y, en cambio, la envuelve en una ambigüedad cómoda.

Es una postura que aunque pasiva, en realidad es estratégica, porque deja que el conflicto se cocine dentro del campo occidental sin que Moscú aparezca como el instigador. A la vez, introduce una idea peligrosa en el debate: que la legalidad internacional es secundaria frente a la voluntad de un poder grande, algo que Rusia conoce bien y explota con cinismo cuando le conviene.

China no necesita Groenlandia. Desde Pekín, la oportunidad no está tanto en “ganar” Groenlandia, sino en observar cómo Estados Unidos se pelea con sus aliados y devalúa el sistema que le daba ventaja estratégica frente a China. Recordaban en el Guardian que, a ojos chinos, el escenario ideal no es conquistar territorio ártico, sino ver cómo se rompe la disciplina del bloque occidental, porque el gran multiplicador de poder estadounidense siempre ha sido su red de alianzas. 

China puede tener intereses en rutas polares, investigación y recursos, pero su premio mayor es político: una Europa más desconfiada de Washington, abierta a equilibrios propios y más tentada a refugiarse en el comercio como tabla de salvación en un mundo de aranceles y chantajes.

La Ruta de la Seda Polar. Lo hemos contado antes. China lleva años construyendo un relato ártico que la presenta como actor legítimo, con papeles oficiales donde se define como “casi ártica” y con la promesa de una Ruta de la Seda Polar apoyada en el deshielo, las nuevas rutas marítimas y el transporte más rápido entre Asia y Europa. 

Hay señales concretas de esa ambición, como el uso de la Ruta Marítima del Norte para acortar drásticamente tiempos de viaje, aunque esa ruta dependa en gran medida de Rusia y de su control sobre el corredor. En ese sentido, cada crisis entre Estados Unidos y Europa no solo es un problema político: es una ventana económica para Pekín, porque desordena reglas, empuja a Europa a buscar alternativas y da a China margen para presentarse como socio comercial “estable”, aunque esa estabilidad pueda ser más retórica que real.

Davos y una renuncia. El choque por Groenlandia se agrava porque llega acompañado de un discurso más amplio: Estados Unidos ya no quiere liderar el orden económico liberal ni sostener la seguridad europea como si fuera un servicio gratuito. El mensaje que sale de Davos es que el mercado estadounidense tiene precio de entrada, que la protección militar no se regala y que la alianza se mide en dinero (y obediencia), no en valores compartidos. 

Incluso si Trump modula el tono o cambia de herramienta (aranceles sí, aranceles no), el daño ya está hecho porque el mundo ha escuchado la idea central: Washington está dispuesto a usar su poder económico y su paraguas de seguridad como palanca coercitiva sobre amigos y rivales por igual.

En XatakaArabia Saudí y Emiratos Árabes importan millones de toneladas de arena cada año pese a vivir sobre desiertos inmensos

Trabajo sucio gratis. La amenaza sobre Groenlandia estas semanas ha funcionado como una máquina que produce beneficios estratégicos para Moscú y Pekín sin que tengan que mover un dedo: divide a la OTAN, distrae de Ucrania, erosiona la credibilidad de Estados Unidos y convierte el debate global en una discusión sobre poder desnudo en lugar de reglas. 

Moscú gana tiempo, aire político y confusión en el campo enemigo, mientras China gana una narrativa perfecta para argumentar que Occidente ya no es un bloque coherente y que el futuro apunta a multipolar por desgaste, no por conquista. Y lo más inquietante de todo es que, aunque Groenlandia no cambie finalmente de manos (o eso parece), la fractura ya se ha abierto: el simple hecho de haberlo intentado ha demostrado desde “fuera” de Occidente que el centro de gravedad de su fuerza, la unidad, era también su punto más débil.

Imagen |Presidential Executive Office of Russia, Heute, Jensbn

En Xataka | Hay un motivo muy simple por el cual EEUU no se va a olvidar pronto de Groenlandia: el Nobel de la Paz

En Xataka | Si no hay otra opción, Europa tiene un misil para Groenlandia. Uno que apunta donde más le duele a EEUU: su obesidad

Fuente original: Leer en Xataka
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