Formado en los rigores académicos de las escuelas de Bellas Artes de los cincuenta, sería con motivo de dos estancias sucesivas en Italia cuando Alberto Datas (La Coruña, 1935-Madrid, 2007) tendría ocasión de conocer la obra de algunos artistas que influirían en el ... desarrollo de su sensibilidad y de su manera de entender la pintura a partir de entonces.
En un primer momento fueron las de Francis Bacon y Alberto Giacometti, ambos caracterizados por una concepción digamos que existencialista, problemática, del ser humano y del espacio pictórico.
Después, en clave más lingüística y expresiva, se interesó por las insólitas figuraciones de Arshile Gorky, con su universo abigarrado hecho de líneas y manchas de color; por el libérrimo proceder de Jackson Pollock; por la violenta gestualidad del grupo CoBrA; o por el encendido lirismo de Cy Twombly.
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Una nómina de referentes, no exclusiva, que le sirvió para completar y superar aquella formación recibida en su juventud, a través de cuyos hallazgos iría forjando su propia personalidad artística. La tesis doctoral que defendió en 1985 en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense de Madrid (heredera de la Escuela de San Fernando, donde fue profesor durante un par de décadas) tuvo como significativo título 'De la Academia al vitalismo pictórico': más o menos un balance de toda su trayectoria hasta entonces.
Vitalismo es un término que puede parecer, a día de hoy, algo ingenuo e incluso ambiguo, pues valdría tanto para calificar el vigor gestual de un estilo como para definir una disposición entusiasta, ese arrebato estético con el que se ha caracterizado a algunos artistas del pasado. Pero lo cierto es que ambas nociones resultan muy pertinentes a la hora de abordar la producción de Alberto Datas.
Todo su universo pictórico de madurez –del cual podemos ver en esta exposición en la galería NF una espléndida selección de trabajos, realizados entre 1995 y 2006– se singulariza, estilísticamente hablando, por una gestualidad vigorosa, intensa, plena de manchas, formas y otros recursos plásticos de lo más heterogéneo, los cuales construyen unas tramas de enorme fuerza visual.
Al contemplar con detenimiento sus grandes composiciones (formatos en los que se movía con una soltura magistral) descubrimos múltiples elementos que, sujetos a un orden sintáctico radicalmente subjetivo, conforman un discurso en cuyo arbitrariedad es fácil adivinar una viva pulsión existencial que el artista codificaba, de manera instintiva, en clave pictórica. Pinceladas, formas abstractas, brochazos, manchas y estructuras cromáticas, rostros, palabras… hasta su propia firma, en ocasiones, se transforma en un signo con valor semántico.
Lo insólito, lo sorprendente en su caso, es que estos despliegues expresivos componen un relato emocional trascendente, conmovedor, sin necesidad de buscarle mayores predicados ni argumentos que su sola manifestación, su estar ahí conformando una propuesta que nunca nos dejará indiferentes.
Además de estos cuadros de grandes dimensiones, hay en la exposición un conjunto de obras de menor formato con la cabeza humana como motivo, la mayoría de las cuales no se habían expuesto hasta ahora. El rostro es una de las constantes temáticas en la producción de Alberto Datas.
No es extraño suponer que la fisonomía le proporcionara una problemática estructural, un asunto de profunda carga emotiva en cuya gestualidad explorar la propia de su discurso pictórico. Es muy revelador detenerse a contemplar el modo en el cual construyó estas cabezas, caracterizadas por una intensa expresividad que, en su caso, resulta consustancial al tratamiento con el que fueron planteadas.
A poco más de un año de cumplirse dos décadas de su fallecimiento, sorprende comprobar que la obra de Datas no ha perdido un ápice de ese vitalismo con el que quiso adjetivar su pintura.
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