Es muy posible que el afán de nuestros gobernantes por cortar cintas haya acabado por crear un monstruo al que no podemos alimentar.
Resulta curioso esta semana que el ministro de Transportes, Óscar Puente, haya dicho literalmente que "no hay que alimentar miedos", y que pida "evitar las especulaciones", para luego soltar que estamos ante un problema "que nunca hemos vivido antes en nuestra red". "Algo singular", lo ha definido, sin dar mayores explicaciones, como si se tratara de un fenómeno paranormal del que no se puede hablar para que la gente no se lance al vacío abrazada a sus seres queridos.
Es difícil encontrar unas palabras más desafortunadas y que siembren tanta incertidumbre para escurrir el bulto. Si un servicio como el ferrocarril de alta velocidad, cuya viabilidad depende esencialmente de la seguridad y las certezas, depende después de tres décadas de un elemento desconocido que se le escapa a sus responsables se puede decir ya que empieza a agonizar. Que la credibilidad y el prestigio que atesoraba después de todo ese tiempo de impecable servicio e ingentes cantidades de inversión se han evaporado. De poco sirve que a los ministros se les haya pasado la consigna de repetir hasta la extenuación las palabras "fuerte" y "robusto" cada vez que alguien les pregunte por el tren, ahora que el propio Ministerio descubre fantasmas.
La falta de respuestas coherentes traslada la sospecha de que el Gobierno pretende echar tierra sobre el asunto con la esperanza de que se diluya en el tiempo, como está ocurriendo con el apagón. Hay una diferencia notable. Con varias decenas de víctimas encima de la mesa va a ser difícil pasar página porque el tema va a acabar en los tribunales y pronto se conocerán las primeras imputaciones. Se va a saber si el mantenimiento era insuficiente o si los materiales están agotados. Si es un caso aislado o hay un problema estructural, que pone en jaque al sector.
Mientras se dilucidan las responsabilidades, la pregunta es ¿hemos hecho un ferrocarril por encima de nuestras posibilidades? La primera impresión que queda después del accidente de Adamuz y de las incógnitas que surgen sobre el mantenimiento de la red denunciadas por los maquinistas transmite una desconfianza que se está trasladando a los viajeros. Es muy posible que el afán de nuestros gobernantes por cortar cintas haya acabado por crear un monstruo al que no podemos alimentar.
Hace unos días narraba la historia de ese secretario de Estado norteamericano al que le montaron en la cabina de la locomotora de un AVE, creo que en dirección a Andalucía, para que sintiera lo que es volar sobre la vía. Quedó tan impresionado que acabó reconociendo que la alta velocidad española era maravillosa, pero apostilló, "nosotros no podemos permitírnoslo". ¿Estados Unidos no puede y España sí?
Merece la pena ver algunos números. España, con 95 habitantes por kilómetro cuadrado, tiene 4.000 kilómetros de vías de alta velocidad cuando Alemania, con 240 habitantes por kilómetro cuadrado y un PIB per cápita superior en casi 20.000 euros al nuestro, tiene solo 1.600 kilómetros. Por no comparar con Japón, que con 322 habitantes por kilómetro cuadrado y un PIB per cápita también superior al nuestro, tiene 200 kilómetros menos de vías de alta velocidad, por las que transporta 360 millones de viajeros al año, frente a los 22 millones que viajan en ese mismo medio en España.
No hay que ser muy perspicaz para ver que algo no cuadra, sobre todo porque lo que hace viable un servicio es el número de usuarios que lo tienen que financiar. Si no llega con lo que pagan los viajeros hay que echar mano de la financiación del Estado y nuestro país, a pesar de los mensajes triunfalistas y de haber incrementado la presión fiscal, está pelado y se las ve y se las desea para pagar las pensiones. ¿Nos hemos comprado un Porsche del que presumimos pero vamos justitos para cambiarle las ruedas y los frenos? Hay muchas cosas inquietantes en este accidente. Cuesta entender que un centro de control no supiera hasta pasado bastante tiempo qué había pasado con el Alvia de Renfe que había desaparecido de sus pantallas.
Un amigo me recuerda muy habitualmente que en España hay dos tipos de corrupción: la propia y la impropia. La propia consiste en alguien que mete mano en la caja y se lo lleva crudo directamente. La impropia significa coger el dinero que los ciudadanos han pagado en impuestos y usarlo en cosas que no son prioritarias con la esperanza de que te hagan un busto de bronce. Miguel Sebastián, cuando Zapatero le llamó para llevar la oficina económica del presidente, llegó a La Moncloa con la idea de evaluar la alta velocidad para fijar su necesidad. Pronto le quitaron la idea.
Hay un elemento más que se puede haber descuidado. La seguridad es lo más importante en el ferrocarril hasta el punto de que la dirección de Adif que se encarga de este tema siempre ha reportado directamente al presidente. Ahora el director de seguridad en Adif reporta al director de comunicación y de gabinete. ¿Desde cuándo un tema como la seguridad es solo una cuestión de relato? El presidente de Adif, Luis Pedro Marco, que no ha aparecido hasta ahora, tendrá que dar explicaciones. No es de extrañar que, viendo todo esto, haya memes asegurando que las traviesas mejor mantenidas en el ferrocarril español eran las que habían colocado Ábalos y Koldo.
*Iñaki Garay es director adjunto de EXPANSIÓN
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