De izquierda a derecha: Juan Rulfo, Daniel Day-Lewis, Pepa Flores (Marisol), Harper Lee y J. D. Salinger. Diseño: Rubén Vique
Letras Amar tu propia vida tanto como el arte: "Me gusta escribir, no ser escritora"Harper Lee se expresaba así tras el éxito de 'Matar a un ruiseñor'. La fama, como descubrió Dickens, también mata.
Este amor al arte, pero no a lo que lo rodea, definió a Juan Rulfo, J. D. Salinger, Marisol o Daniel Day-Lewis, entre otros.
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Ángel Mora Publicada 27 julio 2026 01:55hEl escritor mexicano Juan Rulfo alcanzó la gloria literaria con tan solo dos obras, pero el público quería más. "Oye, Juan, ¿para cuándo la siguiente?", casi le imploraban. "Es que se me ha muerto el tío Celerino, que es el que me contaba las historias", replicaba.
No se sabe a ciencia cierta si el tío Celerino existió o si se trataba de un simple chascarrillo, pero lo que se leía entre líneas era que la inspiración de Rulfo no daba para más. Otras veces exclamaba: "¡Pero si ya he escrito dos!", como si ya hubiera sido un logro más que relevante repetir en una ocasión la tarea titánica de confeccionar un texto largo con ese sentido de unidad tan complicado de alcanzar. "¡Y qué más quieren!", parecía lamentarse.
Doce fueron los trabajos de Hércules para redimirse de sus pecados, cada uno más complicado que el anterior. Pero el hijo de Zeus era eso, un vástago del Olimpo. Para un hombre mortal, que no corriente, como Rulfo, dos hazañas homéricas eran ya más que suficientes. Entonces, ¿cómo se atrevían a pedirle más?
'Mujeres elegantes': el arte de vivir de Milena BusquetsLa de la renuncia del autor de Pedro Páramo es una de las anécdotas que recoge Enrique Vila-Matas en su artefacto literario (no nos atrevemos a llamarlo novela) del año 2000 Bartleby y compañía. En sus páginas, el autor barcelonés se detiene en varios casos reales de escritores y artistas de toda laya que, al más puro estilo del escribiente creado por Melville al que refiere el título, rechazan toda actividad creadora, evocando el famoso leitmotiv del protagonista de Bartleby, el escribiente: "Preferiría no hacerlo".
De entre todos ellos, los hay quienes, con una obra cocinándose en su cabeza, jamás la hacen realidad. Es algo muy común. Todos –o, al menos, buena parte de nosotros– tenemos una historia digna de contar. Pero convertir una idea en un texto coherente no es una tarea para todos los estómagos. De ahí que la parálisis creadora atenace a la mayoría.
Nos detenemos, sin embargo, en otro grupo de bartlebistas, liderado por autores ilustres como el mismo Juan Rulfo. Aquellos que, una vez probadas las mieles del éxito, retuercen el gesto porque no es ni a miel ni a ninguna otra sustancia dulce a lo que les sabe la fama.
Algunos, como el mexicano, achacan su cese en la producción artística a la falta de inspiración y al agotamiento. Es el caso de actrices e intérpretes como Pepa Flores, conocida durante el comienzo de su carrera –la etapa más exitosa– como Marisol, quien, exhausta por una trayectoria tan fulgurante como abusiva que la exprimió, renegó de su nombre artístico y dio un paso atrás para volver al anonimato.
Chuck Palahniuk: “El humor es como el sexo, consiste en crear una gran tensión y luego resolverla de inmediato”De espíritu no equivalente, pero sí similar, fue la decisión de May Oliver, bajista de Los Planetas, conocida por actuar de espaldas al público en los conciertos y que eligió abandonar la banda en el preciso momento en que esta comenzaba a despegar.
Otros, como J. D. Salinger, autor de la excepcional novela de formación El guardián entre el centeno y uno de los históricos superventas estadounidenses, protegieron con extremado celo su anonimato desde el comienzo de su carrera. Esta actitud no es una rara avis en la cultura estadounidense. Ahí sigue a sus casi 90 años Thomas Pynchon, referente del posmodernismo norteamericano todavía en activo del que apenas se conservan algunas fotos de su temporada de estudiante en Cornell.
Pero es en la también escritora Harper Lee en quien convergen con más fuerza ambos aspectos. Cosechó un éxito sin precedentes con Matar a un ruiseñor, su ópera prima. Y ahí se quedó durante buena parte de su vida. Fue en 2015, 55 años después de su debut –solo uno antes del fallecimiento de la autora– cuando llegó a las librerías su siguiente novela, Ve y pon un centinela. Un libro con truco, porque en realidad se trataba principalmente del manuscrito original de Matar a un ruiseñor.
Es decir, un material virgen, sin las importantes modificaciones que le exigió Tay Hohoff, su editora. La propuesta inicial pasó entonces a ser la secuela muchos años después. Ve y pon un centinela era, por tanto, un texto reciclado y no un regreso real a la escritura.
"Siempre amé este trabajo. pero había aspectos de la vida que lo acompañaban con los que nunca me reconcilié". Daniel Day-Lewis
Tímida hasta la médula, Lee tampoco disfrutó del chaparrón de atención que recibió al encumbrarse con su primera novela. Rehuía las reuniones sociales y las entrevistas que concedió a la prensa se cuentan con los dedos de una mano. Totalmente abrumada por el éxito, se recluyó finalmente en Monroeville, su pueblo natal en Alabama.
Con todo, ni siquiera allí pudo evitar que le preguntaran una y otra vez ese "¿para cuándo la siguiente?". Para su primera publicación, Lee pasó por un intensísimo y agotador proceso creativo, sometida al constante juicio de su propia manía perfeccionista. Después del triunfo de Matar a un ruiseñor, los estándares alcanzaron cotas todavía más altas.
Para su segunda obra, su juez, aparte de ella misma, iba a ser un público voraz que no dudaría en comparar su nuevo trabajo con su éxito anterior. Resultado de esa mezcla de rechazo a la relevancia pública y a la sofocante presión fue el amplio repertorio de excusas que tanto ella como su familia ofrecieron a todo aquel que pedía un nuevo lanzamiento de la autora de moda.
El ejemplo de Lee es todavía más reseñable porque a su lado, como uno de esos amigos que más vale no tener, se encontraba su absoluto opuesto. Era Truman Capote, su amigo de la infancia y antiguo vecino –el autor de Desayuno con diamantes veraneaba en la casa de su tía en Monroeville, que colindaba con la de los Lee–. Hambriento de gloria, siempre ansioso por reunir a la mayor cantidad posible de personas en torno a él y muerto de envidia por el Pulitzer que ella había ganado y él no, Capote no soportaba la fama de la que Lee podía disfrutar y que rechazaba con tanto desdén.
'Inducción por shock', de Palahniuk: la sátira distópica más feroz y arriesgada del autor de 'El club de la lucha'Llegó a sugerir que algunos de los pasajes de Matar a un ruiseñor fueron obra suya, cosa totalmente falsa. De la indispensable ayuda que recibió por parte de Lee a la hora de recabar información para A sangre fría, su obra magna, ni palabra.
Cualquiera hubiera dicho que Lee detestó la escritura desde entonces. Sin embargo, se expresaba así en una de las pocas entrevistas que concedió: "A muchos escritores no les gusta escribir. Lo odian. Deben hacerlo, pero no disfrutan sentándose intentando convertir un pensamiento en una frase legible. Pero a mí me encanta. Quizás demasiado". A lo que añadió en otra ocasión: "Me gusta escribir, no ser escritora".
Un planteamiento similar ha demostrado en tiempos más recientes el tres veces oscarizado Daniel Day-Lewis, bartlebista intermitente, que se retiró de la actuación de 1997 a 2002 –periodo que, según contó más tarde, pasó como aprendiz de zapatero en Italia– y, de nuevo, desde 2017 hasta 2024, cuando volvió al ruedo para protagonizar Anémona, la primera película dirigida por su hijo, Ronan Day-Lewis.
En una entrevista con el medio Rolling Stone, confesaba: "Siempre amé este trabajo. Jamás dejé de amarlo. Pero había aspectos de la vida que lo acompañaban con los que nunca conseguí reconciliarme, desde el día en que lo dejé hasta hoy. Hay algo en ese proceso que me dejaba una sensación de vacío".
Ni Harper Lee, ni Daniel Day-Lewis, así como el resto de ejemplos ofrecidos, dijeron que no simplemente a crear, sino a ese tipo de producción artística que conlleva entregar la vida a las masas. Un negocio mefistofélico en el que se intercambia gloria por el sosegado disfrute de vivir sin estar en el foco de nada. Otros aceptaron el pacto con terribles consecuencias. Fue el caso de Dickens, que, se podría decir, murió de fama.