- LUIS LARA
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Bernard Arnault sumó Louis Vuitton y Moët Henessy en una maniobra magistral. La acción fue posible gracias a la capacidad del empresario francés de anticipar el camino del lujo europeo y de adelantarse a sus rivales.
En el sector del lujo se habla francés. Durante décadas, sus dos grandes grupos, LVMH y Kering, han dictado las reglas del sector y colonizado los escaparates internacionales con un modelo basado en el control de carteras de marcas independientes a nivel creativo, pero bajo un mismo paraguas corporativo.
Bernard Arnault es, sin duda, el artíficede este modelo y gran responsable del enorme crecimiento que ha sufrido el sector del lujo en los últimos cuarenta años, con LVMH que tuvo su origen en la fusión de Louis Vuitton con Moët Hennessy en 1987.
Esta unión tuvo su precuela tres años antes, en 1984, cuando un jovencísimo y desconocido Arnault dio su primer gran golpe de mano. Con el apoyo de la banca Lazard Frères, logró comprar Boussac Saint-Frères, un conglomerado textil privado en quiebra que el gobierno de François Mitterrand buscaba salvar desesperadamente. Arnault se lo adjudicó y, aunque lo desmanteló casi por completo, se quedó con el activo que realmente le importaba: una marca de alta costura llamada Christian Dior. Aquel rescate le sirvió a Arnault de ensayo general y de plataforma financiera desde la cual asaltaría LVMH unos años después.
En junio de 1987, dos concepciones irreconciliables del mundo empresarial negociaban la supervivencia de sus respectivos reinos. De un lado estaba Henri Racamier, responsable de haber transformado Louis Vuitton en un transatlántico comercial muy rentable gracias al fervor casi místico de los turistas japoneses por sus bolsos. Del otro, Alain Chevalier, gestor profesional de Moët Hennessy. Las sinergias entre el champán y las maletas parecían indiscutibles para los banqueros de inversión, y ambas empresas tenían miedo a ser devoradas por un tiburón extranjero.
La boda de conveniencia LVMH degeneró rápidamente en una guerra de trincheras de dos reinos de taifas incapaces de convivir. Desesperado por romper el empate técnico, Racamier cometió el error de su vida al invitar a Arnault a entrar en el capital. Pensó que incorporaba a un joven brillante al que podría manejar para aislar definitivamente a Chevalier. Arnault detectó de inmediato las debilidades que paralizaban LVMH y, respaldado de nuevo por Lazard Frères, aprovechó el desplome bursátil del Black Monday (19 de octubre de 1987) para comprar de manera silenciosa una cantidad ingente de acciones a precio de saldo, que le convirtieron en el accionista principal del grupo ante la mirada estupefacta de los fundadores.
Una guerra sin cuartel
El primero en rendirse fue Chevalier. Al comprender que el control de Moët Hennessy se había evaporado y que el joven aspirante no aceptaría ser un simple subordinado, optó por presentar la dimisión. Quedaba lo más difícil: un tortuoso proceso judicial y societario para acabar con Racamier, que desató una guerra legal sin cuartel que paralizó los consejos de administración durante meses. Racamier impugnó judicialmente los movimientos bursátiles de su rival y movilizó intensas campañas de comunicación en los medios franceses donde denunciaba lo que calificó de "gangsterismo financiero".
Sin embargo, el veredicto de los mercados y de los tribunales fue unánime. Arnault, fuertemente apoyado por la implacable arquitectura jurídica diseñada por su fiel escudero Pierre Godé y, en última instancia, por los oportunos arbitrajes políticos del Elíseo bajo el gobierno socialista de Michel Rocard, terminó por disolver por completo el "viejo régimen".
En 1990, tras una junta general extraordinaria extenuante, Racamier fue expulsado legalmente de la gestión de Louis Vuitton, permitiendo que Arnault completara el puzzle de su vida antes de cumplir los cuarenta años. Al unificar LVMH bajo una estructura centralizada, sepultó las viejas rencillas entre la aristocracia parisina (LV) y los burgueses de provincias (MH).
Al tomar las riendas del grupo, Arnault no solo anticipó la explosión comercial del lujo a partir de los años noventa, sino que contribuyó decisivamente a acelerarla. Bajo su liderazgo, un sector de talleres independientes se transformó en una industria global de escala transatlántica que multiplicó su tamaño hasta superar los 360.000 millones de euros de capitalización en 2025. LVMH capitaneó ese salto y dejó a sus competidores en ligas inferiores. Basta una cifra: en 2025, LVMH facturó 80.800 millones de euros frente a los 14.700 millones de Kering, su rival francés más directo, o los 20.000 de la suiza Richemont.
Italia, el otro gran polo creativo del lujo europeo, no ha logrado replicar este modelo de plataforma de marcas. Sin el empuje estratégico de un equivalente a Arnault, algunas de sus marcas míticas acabaron bajo control francés. Sin embargo, ni siquiera el "manual de Arnault" resultó infalible. Gucci escapó de sus manos refugiándose en el imperio de François Pinault (Kering) y la familia Hermès resistió un sofisticado asalto financiero blindando su capital en un hólding inexpugnable. Dos recordatorios de que, en algunas empresas familiares, el "blindaje de la sangre" pesa más que las embestidas del parqué.
En 2027 se cumplirán cuarenta años de la creación de LVMH. Arnault ha construido la mayor empresa de lujo del planeta por su capacidad de anticipar una década antes que sus competidores hacia dónde iba el mercado, transformando marcas familiares en activos internacionales y levantando un modelo que otros han intentado copiar.
Luis Lara es profesor en la Universidad de Navarra.
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