Aunque no la cambio por Barcelona, Madrid reúne una condición que la hace única en el mundo: ser una gran capital europea a la vez que americana. La llegada en la última década de miles de colombianos, ecuatorianos, mexicanos... le ha permitido tener un pie en los dos continentes -aquello a lo que aspira Miami y no puede-, representando en sus calles de forma cotidiana y natural el concepto universal de la Hispanidad: la suma de dos mundos hermanos.
Buena parte del dinamismo y la potencia de ciudad global que ha adquirido Madrid se debe a este proceso de mestizaje. La multitud que congregó María Corina Machado el domingo para exigir democracia y libertrad en Venezuela es una prueba de esta naturaleza de capital hispanoamericana que define a Madrid, a la vez que la hace incompatible con los discursos de repliegue identitario de la derecha ultra europea, recogidos en el acuerdo en Extremadura firmado por María Guardiola y Vox, a partir del concepto lepenista de «prioridad nacional»: la distinción entre ciudadanos de primera, los españoles de cuna, y de segunda, aquellos extranjeros que viven de manera legal en España.
Lógicamente, Isabel Díaz Ayuso se ha desmarcado rápidamente de la «prioridad nacional», señalando su ilegalidad, ya que va contra una parte de su base social y contra esa alma global del «gran Madrid». Pero, además, la asunción por parte del PP de la narrativa xenófoba le acerca a la trinchera reaccionaria y nostálgica de una España que ya no existe ni volverá -una comunidad nacional blanca y cristiana-. Asimismo, le lleva a defender postulados nacionalistas que siempre combatió, como la «prioridad nacional» que el nacionalismo vasco y catalán imponen en sus respectivos territorios a aquellos ciudadanos que no comulgan con su proyecto político y cultural de nación, marginándolos en la escuela, en la administración pública, en los medios de comunicación y en las instituciones.
Hay que reconocerle a Vox que ha logrado trasladar a la política española la esencia del identitarismo vasco y catalán, contribuyendo así al procés español del sanchismo; como hay que reconocerle que el pacto de Extremadura, que Santiago Abascal sitúa como marco de su nueva relación con el PP, es una gran victoria para Vox: en un momento en que su proyecto estaba en vía muerta por el fracaso de Victor Orban y los delirios de DonaldTrump, logra que el PP trague y se muestre como un partido débil e inseguro de sus opciones.
Por el momento, la trampa de la «prioridad nacional» está permitiendo a Vox y PSOE ejercer una pinza de desgaste al PP: los primeros le acusan de blandos y de buscar la manera de no cumplir el acuerdo; los segundos, de estar boicoteando la regularización de inmigrantes. Es un ensayo de lo que le espera a Alberto Núñez Feijóo si llega a La Moncloa y la prueba de que la acreditada torpeza política de Guardiola -que ya contribuyó a que Feijóo se quedara sin mayoría absoluta en 2023- no puede servir de guía en la relación del PP con Vox.
Como demuestran Ayuso en Madrid y Juan Manuel Moreno en Andalucía, presidentes de dos sociedades dinámicas, abiertas y plurales, para ganar y gobernar en solitario debes ofrecer primero un proyecto propio, sin tutelas, complejos ni muletas de urgencia, amén de mostrar la voluntad y el coraje de querer gobernar en solitario.