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Auge y declive de las civilizaciones

Auge y declive de las civilizaciones
Artículo Completo 728 palabras
La Tribuna Auge y declive de las civilizaciones

José M. Domínguez Martínez

Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga

Domingo, 26 de abril 2026, 02:00

... nunca» (a pesar de lo cual millones de personas -según él, injustificadamente- lo rechazan), se adentra ahora en un ambicioso proyecto. Nada menos que analizar la experiencia de siete civilizaciones históricas con objeto de identificar las claves de su auge y posterior declive ('Momentos cumbre de la humanidad', Ediciones Deusto, 2026). Una tarea que puede revestir una notable utilidad en una coyuntura como la actual en la que se producen movimientos tectónicos que determinarán los perfiles del mundo al que estamos abocados.

Pese a las promesas de lograr la grandeza nacional o supranacional a través de la protección y del control, las sociedades más prósperas y seguras no se escindieron del mundo, sino que permanecieron proclives a los flujos comerciales y a la exploración de nuevos planteamientos, dejando abierta la puerta a lo desconocido. Aun cuando las culturas estudiadas eran muy diferentes, pueden identificarse algunas coincidencias significativas: a) el fomento de una intensa innovación; b) la creatividad cultural; c) los descubrimientos científicos; d) el progreso tecnológico; y e) el crecimiento económico.

Las sociedades más prósperas y seguras no se escindieron del mundo, sino que permanecieron proclives a los flujos comerciales

En todos los casos puede hablarse de épocas relativamente doradas, aunque no para la población en su conjunto. La tara de la esclavitud y la patente discriminación de algunos colectivos (singularmente, el de las mujeres) son rasgos también compartidos por todas las referidas civilizaciones, si bien los estándares de vida fueron superiores, en promedio, a los de otras realidades contemporáneas.

La explicación de esa posición destacada no radica en factores como la geografía, la etnicidad o la religión. Del rastreo histórico efectuado se desprende que las culturas creativas y abiertas han florecido en los sitios más improbables. Gracias a la apertura al comercio internacional, los países quedaban expuestos a nuevos hábitos y percibían que no existían pautas monolíticas en las formas de pensar, crear o producir. Las influencias externas son urdimbres necesarias, pero para hacer que el progreso sea autosostenible se precisa combinarlas con concepciones y prácticas locales de forma que se generen innovaciones transformadoras. Hace falta, además, que haya un marco social que aliente la creencia de que lo nuevo valdrá la pena, así como modelos de comportamiento personal estimulantes, fiables y consistentes.

En cambio, un contexto de pesimismo y desesperanza propende a autoalimentarse y a abonar el camino de la decadencia, que da pie al inmovilismo. Ante una percepción de amenaza, se anhela una situación de estabilidad y previsibilidad, con un rechazo de todo lo que parece extraño o incierto. Según Norberg, todas las grandes civilizaciones han vivido su particular momento de «muerte de Sócrates». Frecuentemente, a raíz de pandemias, desastres naturales o conflictos militares, las sociedades dieron la espalda al intercambio intelectual, y aplicaron mano dura a los pensadores excéntricos y a las minorías. Los ciudadanos empezaron a dar apoyo a hombres fuertes que imponían controles a la economía y renunciaban a la apertura internacional.

Inspirándose en Tucídides, nos lleva a contraponer dos mentalidades: la de los atenienses, ávidos de adquirir nuevos conocimientos en el mundo, y la de los espartanos, que, con la intención de preservar lo que ya tienen, se aíslan. «Todas las civilizaciones, y seguramente todas las personas, son un poco atenienses y un poco espartanas, pero depende de nosotros decidir cuál se impondrá». Ahora bien, sólo una libertad efectiva, desde la esfera individual, puede permitir elegir una u otra vía.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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