La corrupción política trae fealdad a la vida
Regala esta noticia Añádenos en Google (R. C.) 27/05/2026 a las 00:03h.España se ha llenado de pantallas. Hay pantallas en los bares donde antes había conversaciones lentas; pantallas en los trenes donde antes alguien miraba por ... la ventana el color amarillo de los campos; pantallas en las habitaciones donde antes existía el silencio. Y, sin embargo, la belleza sigue apareciendo, como una vieja costumbre que no acepta morir. La belleza es una resistencia. En la España actual, tan hipócrita, la belleza se ha convertido en una necesidad pública. La corrupción política trae fealdad a la vida. Nunca hablamos de la ausencia radical de belleza en el ámbito de la política española. La corrupción podrá ser un delito despreciable, pero antes que delito, la corrupción es fealdad que nos mata la ilusión de vivir en este país. Porque es posible que el gran problema español de nuestro tiempo sea precisamente la desaparición de la belleza cotidiana. Porque un país también enferma cuando deja de emocionarse. Hay algo profundamente triste en ciertas ciudades españolas llenas de franquicias idénticas, donde las calles parecen copiadas unas de otras, donde la música suena como ruido industrial y donde la gente vive con la sensación de estar sobreviviendo en lugar de vivir.
La España actual necesita recuperar una idea moral de la belleza. No hablo de decorar escaparates ni de convertir las ciudades en parques temáticos para turistas extranjeros. Hablo de otra cosa más antigua y más humana: la necesidad de que la vida tenga significado sensible. Que existan árboles. Que existan cines. Que existan librerías aunque no sean rentables. Que un niño pueda escuchar música en una escuela pública. Que un anciano pueda sentarse frente al mar sin consumir nada. Que todavía haya tiempo para leer un poema. España necesita volver a emocionarse consigo misma. La belleza no resolverá el precio de la vivienda ni las crisis políticas. Pero puede impedir que nos convirtamos definitivamente en seres cansados. Y eso, en la España actual, ya sería una forma de salvación.
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