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Benjamín Labatut: «Tenemos que empezar a soñar nuevos apocalipsis»

Benjamín Labatut: «Tenemos que empezar a soñar nuevos apocalipsis»
Artículo Completo 3,509 palabras
Hay, por resumir, tres Labatut insignes. El primero fue un general francés que luchó en Salvador de Bahía, tan sanguinario que acabó convertido en un monstruo del folclore brasileño; el segundo es un comerciante de armas que estafó a Rimbaud y lo dejó tirado en África, ya enfermo de malaria; y el tercero está al otro lado de la pantalla, sentado en el jardín de su casa, en una montaña a unas tres horas del sur de Santiago de Chile. «Si quieres mentir y echar a andar el rumor de que son familiares míos, bienvenido», bromea el hombre. Tal vez sea el más extraño de los tres.Benjamín Labatut (1980) lleva tatuados los dos primeros símbolos del I Ching en las muñecas: Roberto Calasso fue uno de los pocos que se dio cuenta al verlo. «Es lo lleno y lo vacío», dice, antes de contar que ahora dedica la mayor parte de su día a estudiar a Los Vedas. El resto de sus lecturas se van en la mecánica cuántica y la inteligencia artificial, y ese cóctel extrañísimo es el que acaso explique su literatura, que es un delirio que sucede entre la ciencia y lo infinito. Alcanzó la fama con ' Un verdor terrible ' (Anagrama, como el resto de su obra), un libro que fue finalista del Booker y que recomendó hasta el mismísimo Obama, y se consagró con ' MANIAC ', donde nos presentó al ser humano más inteligente del siglo XX y a todos sus demonios, esos que hemos heredado. Ahora publica en España 'La Antártica empieza aquí', su debut, un libro de cuentos en el que los personajes hacen funambulismo con el vacío bajo sus pies.Durante la entrevista, Labatut citará a Borges, Bolaño, Weinberger, Quignard, Carson, Herzog, Carrère, Philip K. Dick, y muchos otros, además de los libros sagrados. También parará la conversación para lanzarle un palo a su perro y para enseñar a dos colibríes que se han acercado a su mesa. «Yo aspiro a un texto con tanta claridad que el sistema nervioso se rinda ante él de la misma forma que uno se rinde ante la belleza de un colibrí», dice.Noticia relacionada No No LIBROS María Negroni: «La infancia no es un punto de partida, sino de llegada» Bruno Pardo Porto—Publicó 'La Antártica empieza aquí' en 2010. Fue su debut. ¿Todavía se reconoce en este libro? —El primer libro de cualquier escritor es probablemente el más importante, al menos para uno. Es muy lindo, porque uno no puede volver a ser tan honesto ni tan ingenuo ni tan apasionado. Me reconozco en todos sus defectos, aunque debo admitir que le metí mano al libro de una manera pecaminosa [sonríe]. Yo no tengo ningún respeto por mi propia obra. Dejé el libro como si lo hubiera escrito ahora. Fue una revisión violenta. A ratos pensaba: este tipo no sabe escribir.—¿Y quién era entonces?—Era muy parecido al protagonista del primer cuento: estaba obsesionado con la literatura, se me metió la idea de que escribir era una manera de convertirte en otra cosa. Que era una transformación, una mutación. Estaba dominado por la literatura de una manera que ahora, mirándolo para atrás, me parece necesaria, pero que era muy poco sana. Era como quemarse, era una adicción. Vivía de una manera muy extremista.—He leído que justo a los treinta años tuvo una experiencia que le puso en contacto con el vacío y que eso cambió su vida. —Siempre es difícil hablar de eso, porque justamente una de las cosas fundamentales de lo que fue esa experiencia es que el lenguaje no servía de mucho para entenderla ni para transmitirla. Fue como tener un encuentro muy extraño con tu propio sistema nervioso, con tu propia cabeza. Eso ocurrió después de este libro, cuando en mi afán pensaba: vale, escribí un libro, ¿ahora qué hacemos? Y mi respuesta fue: bueno, ahora vamos a perder la cabeza. Me costó mucho tiempo recuperarla, me costó años. Y no recuperé la misma cabeza. —...—Lo que se formó después de esa experiencia lo escribí en un libro que se llama 'Después de la luz'. Rastreé ese encuentro con el vacío en la vida de otras personas: santos, místicos, científicos, matemáticos. Porque aunque es una de las cosas más raras por las cuales uno puede pasar, no tiene nada de excepcional: lo han vivido muchos. Es casi como una especie de paso medio obligatorio. Uno educa el intelecto hasta cierto punto. Hay un punto al que puedes llegar leyendo libros, escribiendo, pensando. Y luego hay ciertos saberes que son de la experiencia, del ser. Con esos no queda otra que vivirlos, atravesarlos con todas las otras facultades que tenemos. Con la intuición, con la imaginación, con el delirio.«El delirio está en el centro de la literatura»—El delirio está presente en todos sus libros, del primero al último. Incluso le dedicó un breve ensayo, 'La piedra de la locura'. Parece que está en el centro de la literatura.—Es que el delirio está en el centro de la literatura misma. Nosotros estamos dominados por fuerzas que no son razonables ni racionales. Todos nos volvemos locos cuando amamos o cuando deseamos, y esa es una locura normalizada. Yo lo que digo es que hay otras pasiones que son un poco más abstractas: uno puede ser un loco de Dios, uno puede tener un romance con Kali. No todo está limitado a la chica que está en la cafetería.—[Risas].—Yo creo que los libros razonables, los libros que se piensan solamente con esa parte de la cabeza, no tienen alma. De la misma manera, los libros que no tienen ninguna estructura, los escritores que pierden por completo sus cabales, se pierden en su propia oscuridad. Es difícil ir por el punto medio. Hay que ejercitarse en la posesión.—¿Cómo?—Sin la posesión, sin ser tomado por algo, tu experiencia es muy pobre, está dominada por tu personalidad, por tus hábitos, por el punto de vista necesariamente limitado que tienes sobre todo. Ejercitarlo es muy complicado. Antes teníamos ritos: yo sigo creyendo en esto. Teníamos momentos como los del carnaval, donde uno se entrega a la locura, donde uno voluntariamente baja las barreras. Yo tengo una atracción muy grande hacia personajes y personas que por alguna razón o por la sinrazón se entregan a estos estados de carnaval de manera más violenta.—En el primer cuento, el narrador, un periodista con vocación de escritor, deja a su novia por la literatura. Y dice: «La literatura exigía un sacrificio. Para escribir, algo tenías que perder». ¿Qué ha perdido usted? —La literatura, lamentablemente, exige una vida al margen. El sacrificio del que hablo es un acto destructivo para obtener algo creativo: uno tiene que perder algo, uno tiene que soltar algo, uno tiene que quemar algo. Los materiales de la literatura brotan del inconsciente, y por mucho que hayamos dominado el mundo exterior y tengamos estas fantasías de control, el inconsciente es un lugar salvaje, oscuro, en el que todos estamos bastante desnudos. Y uno tiene que ahondar en eso continuamente. En la sombra. Como escritor estás siempre apuntándote a ti mismo con un arma. Te estás cazando. Porque en el fondo sospechas del tipo que ves en el espejo.—No se elige lo que se escribe, entonces: viene del subconsciente. —No, no elegimos. A mí me encantaría poder variar mis obsesiones, pero es imposible. Es igual que el deseo. Acá en Chile dicen: uno no se puede calentar con lo que no se calienta; te calienta o no te calienta, es así. Y uno escribe sobre lo que le calienta. Sobre lo que desea, sobre eso que no te deja nunca tranquilo. —¿Se escribe con todo el cuerpo?—Se piensa con todo el cuerpo, se escribe con todo el cuerpo, se vive con todo el cuerpo. Lo mejor que puedes hacer para escribir es caminar. Pero también es muy bueno emborracharse y follar y también es muy bueno de vez en cuando tomar las drogas correctas: por supuesto que se escribe con el cuerpo. Porque te estás jugando cuerpo, mente y alma, ¿no? Estás tratando de juntar todas esas cosas. Y una literatura viva tiene que surgir de todo el cuerpo. A mí me generan un poco de bronca los escritores y los poetas demasiado intelectuales: pareciera que fueran solo una cabeza pensante. Y de la misma forma también me irrita la irreflexibilidad. Me fascina la sensualidad de Pascal Quignard o Roberto Calasso. O la de Anne Carson, que es una de las mujeres más brillantes que he leído. Cuesta leer sus libros porque es como que estuvieras leyendo algo que está cubierto con una miel espesa de tanto deseo que hay.«Lo mejor que puedes hacer para escribir es caminar. Pero también es muy bueno emborracharse y follar y de vez en cuando tomar las drogas correctas»—Sus dos libros más conocidos son 'Un verdor terrible' y 'MANIAC'. En ellos habla de la bomba atómica, el primer pigmento moderno, el Zyklon B, los agujeros negros, la primera computadora, la inteligencia artificial o los inicios de la mecánica cuántica. También habla de hombres aislados o que caen en la locura tras la lucidez. —Estudio lo sagrado, estudio lo perenne, estudio lo que no se acaba y lo que sí. Estudio la conciencia, que es el objeto más interesante, más primordial. Y luego también estudio el baile de los átomos y los últimos modelos de inteligencia artificial. Mis libros reflejan eso: estoy tratando de presentar esas dos perspectivas al mismo tiempo. Yo no hago divulgación de ciencia, no hago filosofía, no soy un pensador. Lo que yo hago es lo que hace la literatura: presentar un objeto polivalente, complejo, irreducible. Trato de volver a juntar las cosas que se separan: la conciencia se separa de la materia, la ciencia se separa de la espiritualidad. —'MANIAC' termina con el advenimiento de la inteligencia artificial, con el primer día en que demostró ser creativa jugando al Go. Parece casi un evangelio científico.—Evangelio es una buena nueva, lo mío es más bien una demonología. Yo creo que es muy importante saber el nombre del demonio y de estos demonios que estamos creando, porque vamos a vivir con ellos, porque estamos viviendo con ellos. Siento que la tecnología occidental, el paradigma materialista, está alcanzando el momento donde empiezan a surgir los Budas, los Confucios. Este momento en que estamos ahora, donde la crisis está en todos los ámbitos de lo humano, no requiere una solución técnica, sino una solución imaginativa. Hay que imaginar sistemas de inteligencia artificial que no nos quieran convertir en polvo, hay que imaginar modos políticos. Entre todos, a través de este caos en que estamos, estamos imaginando mundos nuevos posibles.—A mí me da la sensación contraria: hemos progresado tanto que ya solo imaginamos cataclismos, no utopías.—Lo interesante de esto es que hasta para el cataclismo es necesaria la imaginación [sonríe]. Si se van a acabar las cosas, si todo se va a ir a la mierda, bueno, se tienen que ir a la mierda de cierta manera. Estamos ejercitando nuestro músculo catastrofista. Estamos imaginando el apocalipsis, porque el apocalipsis de vez en cuando viene, ocurre. Y toma ciertas maneras. Yo no sé si el ser humano se puede mover hacia un futuro que no ha imaginado antes. Pero hoy es casi imposible ejercer la imaginación.—¿Por qué?—El mundo se ha acelerado como nunca, y así es imposible ejercer la imaginación. Hay momentos en los que se agota la imaginación, se agota la ciencia ficción, la fantasía. No sé. Yo tengo 45 años y empiezo a notar que las energías se empiezan a ir del cuerpo. Y como sociedad se nos están yendo un poco las energías del cuerpo. Es como que tenemos que empezar a soñar nuevos apocalipsis, cosas que no hemos pensado antes. Ese salto es lo propio de lo humano: concebir lo que es inconcebible.—En sus libros las ideas no se resuelven: cuando te acercas a ellas descubres que hay un velo de misterio envolviéndolas. —Esas son las únicas ideas que me interesan. Yo no puedo prestarle mucha atención continuada en el tiempo a los misterios que ya están resueltos. A mí solamente me interesan aquellos aspectos de la realidad y de la mente que ojalá que no tengan solución posible. Y para mí eso es lo sagrado: aquello que está a nuestro alcance, pero fuera de nuestra comprensión. Ya no podemos y no debiésemos creer en los dioses de la manera en que lo hacíamos antes. Pero creo que si hay algo que podemos entronizar como un principio para una buena vida es eso: aquello que está al alcance de nuestra mente, pero más allá de nuestra comprensión. Es algo hermoso. Y se parece un poco a cómo vivimos cuando vivimos llenos de sentido, que es cuando somos niños. El mundo se presenta como una cosa sin límites llena de maravillas, misterios y monstruos. Y el mundo sigue siendo así cuando crecemos, lo que ocurre es que adoptamos un punto de vista que niega ciertas cosas. Y eso lo hace todo el mundo, es inescapable. Y la razón por la cual yo soy escritor y no soy nada más que escritor es esa. Porque en la literatura se trata de jugar con todas las ideas, de considerar todos los puntos de vista. No tiene una verdad propia, y tampoco tiene método. Si uno hiciera ciencia siempre tomando LSD, se parecería un poco a lo que hace la literatura. Es una fábrica de sentido.—El personaje más desarraigado de 'La Antártica empieza aquí' es un exfutbolista chileno que vive en La Haya y se tiene que prostituir para sobrevivir. Chile y Países Bajos son las dos geografías de su vida. ¿Sigue viviendo en el desarraigo?—El desarraigo es muy doloroso cuando eres niño y luego es muy útil cuando eres adulto. Pero a estas alturas llevo tanto tiempo viviendo en Chile que me siento muy chileno. Tengo las raíces muy hundidas muy profundo en un país que no tiene raíces. Pero donde me siento realmente en casa es si estoy metido en algún parque nacional en el sur de Chile, rodeado de nadie, ojalá fuera de temporada, ojalá pasados los horarios donde ya los guardaparques te echan. He desarrollado múltiples trucos para quedarme dentro.—¿Ah sí?—Los niños a veces sueñan con quedarse dentro de un mall; bueno, a mí me gusta quedarme dentro de un parque y estar solo cuando ya es de noche. Y también me siento en casa aquí, en este jardín en una montaña a unas tres horas del sur de Santiago [hace una pausa]. Toda mi parte emocional está fija en Chile porque es aquí donde está la gente que quiero. Y esa es tu patria. Tu patria es la gente que quieres. El arraigo es del corazón, no es de donde tienes los pies.«Si uno hiciera ciencia siempre tomando LSD, se parecería un poco a lo que hace la literatura. Es una fábrica de sentido»—Tiene lectores ilustres como Björk, Barack Obama, Bradley Cooper, Natalie Portman, Alejandro González Iñárritu y un largo etcétera, pero da la sensación de que vive muy lejos de ese mundo. ¿Cómo lleva el peso de esa fama, de ese éxito?—Como dirían en Argentina, me chupa un huevo. A mí me gusta escribir: baso mi vida en el placer de escribir. Lo que le da sentido a mi vida es esto: vivo acá porque vivo con mi hija, a la que adoro, y tengo estas semanas de soledad en la montaña con mi perro. Paso mucho tiempo en la naturaleza porque es el mejor lugar donde escribir, donde pensar o donde no pensar. Y bueno, en cuanto al éxito… Lo bueno es que me he hecho amigo de alguno de mis ídolos. Cuando me preguntan para quién escribo siempre digo que escribo para mis ídolos. Gente como Björk, Thom Yorke, Iñárritu, Bennett Miller, Laurie Anderson. No creo que haya algo más hermoso que el reconocimiento de tus ídolos, de la gente con que tú te has formado la cabeza. Eso no genera un peso. Eso es un lujo. Si tengo suerte, este año voy a cumplir un sueño de toda la vida, que es conocer a Pascal Quignard. También fue inolvidable haber conocido a Roberto Calasso o tener una conversación con Herzog. Es tanto lo que me regala cada libro. No hay nada comparable a lo que te da escribir un libro. La interacción que tú tienes con la realidad mientras estás en años de esfuerzo creativo… Ahora estoy cerca de terminar mi próximo libro y estoy aterrado porque el vacío real para mí es no tener algo interesante que investigar. A eso le temo más que a la locura.—¿Puede contar algo de ese libro?—Es un libro sobre la lógica que subyace al mundo moderno. Hay un espíritu que está en toda la tecnología moderna, y es un libro sobre ese espíritu.—Por cierto: casi todos sus personajes son insomnes. No será casualidad. —Comparto el insomnio con ellos, aunque me da vergüenza, porque con el tiempo todo se vuelve menos épico. Antes mis insomnios eran colosales, magníficos, acababa delirando de tanto tiempo sin dormir. Ahora sencillamente es que me duermo a las cuatro de la mañana y me levanto más tarde. De hecho, la gran ventaja que me ha traído el éxito literario es que puedo levantarme tarde. Levantarme tarde para poder escribir: es un privilegio de marqués. Mi vida anterior era trabajo de oficina y madrugar, y escribir los pocos días en que estaba reventado con cafeína en casa. —¿Ha cambiado su rutina de escritor con los años?—No ha cambiado: me siento a escribir después de desayunar. Muchas veces lo hago en cafés: no hay nada mejor que escribir rodeado de ruido y de distracción. No creo que se pueda escribir más de tres o cuatro horas al día de forma creativa, y tampoco es necesario. El resto es investigación, que es un trabajo constante: leo papers, escucho discusiones en YouTube… No ha habido grandes novedades. Lo cierto es que después de mi crisis estuve años sin escribir, y descubrí que se puede vivir bien, incluso tal vez mejor, si no estás con un objeto fijo del pensamiento, que es lo que es un libro. Pero lo que tendría que hacer para volver a estar así no estoy dispuesto a hacerlo ahora. Hace mucho tiempo que abandoné mis sueños infantiles de iluminarme. Ahora me contento con escribir un libro, que es una pequeña iluminación. Es como una velita.

Hay, por resumir, tres Labatut insignes. El primero fue un general francés que luchó en Salvador de Bahía, tan sanguinario que acabó convertido en un monstruo del folclore brasileño; el segundo es un comerciante de armas que estafó a Rimbaud y lo dejó tirado en ... África, ya enfermo de malaria; y el tercero está al otro lado de la pantalla, sentado en el jardín de su casa, en una montaña a unas tres horas del sur de Santiago de Chile. «Si quieres mentir y echar a andar el rumor de que son familiares míos, bienvenido», bromea el hombre. Tal vez sea el más extraño de los tres.

Benjamín Labatut (1980) lleva tatuados los dos primeros símbolos del I Ching en las muñecas: Roberto Calasso fue uno de los pocos que se dio cuenta al verlo. «Es lo lleno y lo vacío», dice, antes de contar que ahora dedica la mayor parte de su día a estudiar a Los Vedas. El resto de sus lecturas se van en la mecánica cuántica y la inteligencia artificial, y ese cóctel extrañísimo es el que acaso explique su literatura, que es un delirio que sucede entre la ciencia y lo infinito. Alcanzó la fama con 'Un verdor terrible' (Anagrama, como el resto de su obra), un libro que fue finalista del Booker y que recomendó hasta el mismísimo Obama, y se consagró con 'MANIAC', donde nos presentó al ser humano más inteligente del siglo XX y a todos sus demonios, esos que hemos heredado. Ahora publica en España 'La Antártica empieza aquí', su debut, un libro de cuentos en el que los personajes hacen funambulismo con el vacío bajo sus pies.

Durante la entrevista, Labatut citará a Borges, Bolaño, Weinberger, Quignard, Carson, Herzog, Carrère, Philip K. Dick, y muchos otros, además de los libros sagrados. También parará la conversación para lanzarle un palo a su perro y para enseñar a dos colibríes que se han acercado a su mesa. «Yo aspiro a un texto con tanta claridad que el sistema nervioso se rinda ante él de la misma forma que uno se rinde ante la belleza de un colibrí», dice.

María Negroni: «La infancia no es un punto de partida, sino de llegada»

—Publicó 'La Antártica empieza aquí' en 2010. Fue su debut. ¿Todavía se reconoce en este libro?

—El primer libro de cualquier escritor es probablemente el más importante, al menos para uno. Es muy lindo, porque uno no puede volver a ser tan honesto ni tan ingenuo ni tan apasionado. Me reconozco en todos sus defectos, aunque debo admitir que le metí mano al libro de una manera pecaminosa [sonríe]. Yo no tengo ningún respeto por mi propia obra. Dejé el libro como si lo hubiera escrito ahora. Fue una revisión violenta. A ratos pensaba: este tipo no sabe escribir.

—Era muy parecido al protagonista del primer cuento: estaba obsesionado con la literatura, se me metió la idea de que escribir era una manera de convertirte en otra cosa. Que era una transformación, una mutación. Estaba dominado por la literatura de una manera que ahora, mirándolo para atrás, me parece necesaria, pero que era muy poco sana. Era como quemarse, era una adicción. Vivía de una manera muy extremista.

—He leído que justo a los treinta años tuvo una experiencia que le puso en contacto con el vacío y que eso cambió su vida.

—Siempre es difícil hablar de eso, porque justamente una de las cosas fundamentales de lo que fue esa experiencia es que el lenguaje no servía de mucho para entenderla ni para transmitirla. Fue como tener un encuentro muy extraño con tu propio sistema nervioso, con tu propia cabeza. Eso ocurrió después de este libro, cuando en mi afán pensaba: vale, escribí un libro, ¿ahora qué hacemos? Y mi respuesta fue: bueno, ahora vamos a perder la cabeza. Me costó mucho tiempo recuperarla, me costó años. Y no recuperé la misma cabeza.

—Lo que se formó después de esa experiencia lo escribí en un libro que se llama 'Después de la luz'. Rastreé ese encuentro con el vacío en la vida de otras personas: santos, místicos, científicos, matemáticos. Porque aunque es una de las cosas más raras por las cuales uno puede pasar, no tiene nada de excepcional: lo han vivido muchos. Es casi como una especie de paso medio obligatorio. Uno educa el intelecto hasta cierto punto. Hay un punto al que puedes llegar leyendo libros, escribiendo, pensando. Y luego hay ciertos saberes que son de la experiencia, del ser. Con esos no queda otra que vivirlos, atravesarlos con todas las otras facultades que tenemos. Con la intuición, con la imaginación, con el delirio.

«El delirio está en el centro de la literatura»

—El delirio está presente en todos sus libros, del primero al último. Incluso le dedicó un breve ensayo, 'La piedra de la locura'. Parece que está en el centro de la literatura.

—Es que el delirio está en el centro de la literatura misma. Nosotros estamos dominados por fuerzas que no son razonables ni racionales. Todos nos volvemos locos cuando amamos o cuando deseamos, y esa es una locura normalizada. Yo lo que digo es que hay otras pasiones que son un poco más abstractas: uno puede ser un loco de Dios, uno puede tener un romance con Kali. No todo está limitado a la chica que está en la cafetería.

—Yo creo que los libros razonables, los libros que se piensan solamente con esa parte de la cabeza, no tienen alma. De la misma manera, los libros que no tienen ninguna estructura, los escritores que pierden por completo sus cabales, se pierden en su propia oscuridad. Es difícil ir por el punto medio. Hay que ejercitarse en la posesión.

—Sin la posesión, sin ser tomado por algo, tu experiencia es muy pobre, está dominada por tu personalidad, por tus hábitos, por el punto de vista necesariamente limitado que tienes sobre todo. Ejercitarlo es muy complicado. Antes teníamos ritos: yo sigo creyendo en esto. Teníamos momentos como los del carnaval, donde uno se entrega a la locura, donde uno voluntariamente baja las barreras. Yo tengo una atracción muy grande hacia personajes y personas que por alguna razón o por la sinrazón se entregan a estos estados de carnaval de manera más violenta.

—En el primer cuento, el narrador, un periodista con vocación de escritor, deja a su novia por la literatura. Y dice: «La literatura exigía un sacrificio. Para escribir, algo tenías que perder». ¿Qué ha perdido usted?

—La literatura, lamentablemente, exige una vida al margen. El sacrificio del que hablo es un acto destructivo para obtener algo creativo: uno tiene que perder algo, uno tiene que soltar algo, uno tiene que quemar algo. Los materiales de la literatura brotan del inconsciente, y por mucho que hayamos dominado el mundo exterior y tengamos estas fantasías de control, el inconsciente es un lugar salvaje, oscuro, en el que todos estamos bastante desnudos. Y uno tiene que ahondar en eso continuamente. En la sombra. Como escritor estás siempre apuntándote a ti mismo con un arma. Te estás cazando. Porque en el fondo sospechas del tipo que ves en el espejo.

—No se elige lo que se escribe, entonces: viene del subconsciente.

—No, no elegimos. A mí me encantaría poder variar mis obsesiones, pero es imposible. Es igual que el deseo. Acá en Chile dicen: uno no se puede calentar con lo que no se calienta; te calienta o no te calienta, es así. Y uno escribe sobre lo que le calienta. Sobre lo que desea, sobre eso que no te deja nunca tranquilo.

—Se piensa con todo el cuerpo, se escribe con todo el cuerpo, se vive con todo el cuerpo. Lo mejor que puedes hacer para escribir es caminar. Pero también es muy bueno emborracharse y follar y también es muy bueno de vez en cuando tomar las drogas correctas: por supuesto que se escribe con el cuerpo. Porque te estás jugando cuerpo, mente y alma, ¿no? Estás tratando de juntar todas esas cosas. Y una literatura viva tiene que surgir de todo el cuerpo. A mí me generan un poco de bronca los escritores y los poetas demasiado intelectuales: pareciera que fueran solo una cabeza pensante. Y de la misma forma también me irrita la irreflexibilidad. Me fascina la sensualidad de Pascal Quignard o Roberto Calasso. O la de Anne Carson, que es una de las mujeres más brillantes que he leído. Cuesta leer sus libros porque es como que estuvieras leyendo algo que está cubierto con una miel espesa de tanto deseo que hay.

«Lo mejor que puedes hacer para escribir es caminar. Pero también es muy bueno emborracharse y follar y de vez en cuando tomar las drogas correctas»

—Sus dos libros más conocidos son 'Un verdor terrible' y 'MANIAC'. En ellos habla de la bomba atómica, el primer pigmento moderno, el Zyklon B, los agujeros negros, la primera computadora, la inteligencia artificial o los inicios de la mecánica cuántica. También habla de hombres aislados o que caen en la locura tras la lucidez.

—Estudio lo sagrado, estudio lo perenne, estudio lo que no se acaba y lo que sí. Estudio la conciencia, que es el objeto más interesante, más primordial. Y luego también estudio el baile de los átomos y los últimos modelos de inteligencia artificial. Mis libros reflejan eso: estoy tratando de presentar esas dos perspectivas al mismo tiempo. Yo no hago divulgación de ciencia, no hago filosofía, no soy un pensador. Lo que yo hago es lo que hace la literatura: presentar un objeto polivalente, complejo, irreducible. Trato de volver a juntar las cosas que se separan: la conciencia se separa de la materia, la ciencia se separa de la espiritualidad.

—'MANIAC' termina con el advenimiento de la inteligencia artificial, con el primer día en que demostró ser creativa jugando al Go. Parece casi un evangelio científico.

—Evangelio es una buena nueva, lo mío es más bien una demonología. Yo creo que es muy importante saber el nombre del demonio y de estos demonios que estamos creando, porque vamos a vivir con ellos, porque estamos viviendo con ellos. Siento que la tecnología occidental, el paradigma materialista, está alcanzando el momento donde empiezan a surgir los Budas, los Confucios. Este momento en que estamos ahora, donde la crisis está en todos los ámbitos de lo humano, no requiere una solución técnica, sino una solución imaginativa. Hay que imaginar sistemas de inteligencia artificial que no nos quieran convertir en polvo, hay que imaginar modos políticos. Entre todos, a través de este caos en que estamos, estamos imaginando mundos nuevos posibles.

—A mí me da la sensación contraria: hemos progresado tanto que ya solo imaginamos cataclismos, no utopías.

—Lo interesante de esto es que hasta para el cataclismo es necesaria la imaginación [sonríe]. Si se van a acabar las cosas, si todo se va a ir a la mierda, bueno, se tienen que ir a la mierda de cierta manera. Estamos ejercitando nuestro músculo catastrofista. Estamos imaginando el apocalipsis, porque el apocalipsis de vez en cuando viene, ocurre. Y toma ciertas maneras. Yo no sé si el ser humano se puede mover hacia un futuro que no ha imaginado antes. Pero hoy es casi imposible ejercer la imaginación.

—El mundo se ha acelerado como nunca, y así es imposible ejercer la imaginación. Hay momentos en los que se agota la imaginación, se agota la ciencia ficción, la fantasía. No sé. Yo tengo 45 años y empiezo a notar que las energías se empiezan a ir del cuerpo. Y como sociedad se nos están yendo un poco las energías del cuerpo. Es como que tenemos que empezar a soñar nuevos apocalipsis, cosas que no hemos pensado antes. Ese salto es lo propio de lo humano: concebir lo que es inconcebible.

—En sus libros las ideas no se resuelven: cuando te acercas a ellas descubres que hay un velo de misterio envolviéndolas.

—Esas son las únicas ideas que me interesan. Yo no puedo prestarle mucha atención continuada en el tiempo a los misterios que ya están resueltos. A mí solamente me interesan aquellos aspectos de la realidad y de la mente que ojalá que no tengan solución posible. Y para mí eso es lo sagrado: aquello que está a nuestro alcance, pero fuera de nuestra comprensión. Ya no podemos y no debiésemos creer en los dioses de la manera en que lo hacíamos antes. Pero creo que si hay algo que podemos entronizar como un principio para una buena vida es eso: aquello que está al alcance de nuestra mente, pero más allá de nuestra comprensión. Es algo hermoso. Y se parece un poco a cómo vivimos cuando vivimos llenos de sentido, que es cuando somos niños. El mundo se presenta como una cosa sin límites llena de maravillas, misterios y monstruos. Y el mundo sigue siendo así cuando crecemos, lo que ocurre es que adoptamos un punto de vista que niega ciertas cosas. Y eso lo hace todo el mundo, es inescapable. Y la razón por la cual yo soy escritor y no soy nada más que escritor es esa. Porque en la literatura se trata de jugar con todas las ideas, de considerar todos los puntos de vista. No tiene una verdad propia, y tampoco tiene método. Si uno hiciera ciencia siempre tomando LSD, se parecería un poco a lo que hace la literatura. Es una fábrica de sentido.

—El personaje más desarraigado de 'La Antártica empieza aquí' es un exfutbolista chileno que vive en La Haya y se tiene que prostituir para sobrevivir. Chile y Países Bajos son las dos geografías de su vida. ¿Sigue viviendo en el desarraigo?

—El desarraigo es muy doloroso cuando eres niño y luego es muy útil cuando eres adulto. Pero a estas alturas llevo tanto tiempo viviendo en Chile que me siento muy chileno. Tengo las raíces muy hundidas muy profundo en un país que no tiene raíces. Pero donde me siento realmente en casa es si estoy metido en algún parque nacional en el sur de Chile, rodeado de nadie, ojalá fuera de temporada, ojalá pasados los horarios donde ya los guardaparques te echan. He desarrollado múltiples trucos para quedarme dentro.

—Los niños a veces sueñan con quedarse dentro de un mall; bueno, a mí me gusta quedarme dentro de un parque y estar solo cuando ya es de noche. Y también me siento en casa aquí, en este jardín en una montaña a unas tres horas del sur de Santiago [hace una pausa]. Toda mi parte emocional está fija en Chile porque es aquí donde está la gente que quiero. Y esa es tu patria. Tu patria es la gente que quieres. El arraigo es del corazón, no es de donde tienes los pies.

«Si uno hiciera ciencia siempre tomando LSD, se parecería un poco a lo que hace la literatura. Es una fábrica de sentido»

—Tiene lectores ilustres como Björk, Barack Obama, Bradley Cooper, Natalie Portman, Alejandro González Iñárritu y un largo etcétera, pero da la sensación de que vive muy lejos de ese mundo. ¿Cómo lleva el peso de esa fama, de ese éxito?

—Como dirían en Argentina, me chupa un huevo. A mí me gusta escribir: baso mi vida en el placer de escribir. Lo que le da sentido a mi vida es esto: vivo acá porque vivo con mi hija, a la que adoro, y tengo estas semanas de soledad en la montaña con mi perro. Paso mucho tiempo en la naturaleza porque es el mejor lugar donde escribir, donde pensar o donde no pensar. Y bueno, en cuanto al éxito… Lo bueno es que me he hecho amigo de alguno de mis ídolos. Cuando me preguntan para quién escribo siempre digo que escribo para mis ídolos. Gente como Björk, Thom Yorke, Iñárritu, Bennett Miller, Laurie Anderson. No creo que haya algo más hermoso que el reconocimiento de tus ídolos, de la gente con que tú te has formado la cabeza. Eso no genera un peso. Eso es un lujo. Si tengo suerte, este año voy a cumplir un sueño de toda la vida, que es conocer a Pascal Quignard. También fue inolvidable haber conocido a Roberto Calasso o tener una conversación con Herzog. Es tanto lo que me regala cada libro. No hay nada comparable a lo que te da escribir un libro. La interacción que tú tienes con la realidad mientras estás en años de esfuerzo creativo… Ahora estoy cerca de terminar mi próximo libro y estoy aterrado porque el vacío real para mí es no tener algo interesante que investigar. A eso le temo más que a la locura.

—Es un libro sobre la lógica que subyace al mundo moderno. Hay un espíritu que está en toda la tecnología moderna, y es un libro sobre ese espíritu.

—Por cierto: casi todos sus personajes son insomnes. No será casualidad.

—Comparto el insomnio con ellos, aunque me da vergüenza, porque con el tiempo todo se vuelve menos épico. Antes mis insomnios eran colosales, magníficos, acababa delirando de tanto tiempo sin dormir. Ahora sencillamente es que me duermo a las cuatro de la mañana y me levanto más tarde. De hecho, la gran ventaja que me ha traído el éxito literario es que puedo levantarme tarde. Levantarme tarde para poder escribir: es un privilegio de marqués. Mi vida anterior era trabajo de oficina y madrugar, y escribir los pocos días en que estaba reventado con cafeína en casa.

—¿Ha cambiado su rutina de escritor con los años?

—No ha cambiado: me siento a escribir después de desayunar. Muchas veces lo hago en cafés: no hay nada mejor que escribir rodeado de ruido y de distracción. No creo que se pueda escribir más de tres o cuatro horas al día de forma creativa, y tampoco es necesario. El resto es investigación, que es un trabajo constante: leo papers, escucho discusiones en YouTube… No ha habido grandes novedades. Lo cierto es que después de mi crisis estuve años sin escribir, y descubrí que se puede vivir bien, incluso tal vez mejor, si no estás con un objeto fijo del pensamiento, que es lo que es un libro. Pero lo que tendría que hacer para volver a estar así no estoy dispuesto a hacerlo ahora. Hace mucho tiempo que abandoné mis sueños infantiles de iluminarme. Ahora me contento con escribir un libro, que es una pequeña iluminación. Es como una velita.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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