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Cultura

David Trullo y la fragilidad del archivo

David Trullo y la fragilidad del archivo
Artículo Completo 765 palabras
Un año más –y ya van once–, el Centro Niemeyer de Avilés se postula como uno de los epicentros españoles para la celebración de la diversidad cultural con su Festival de Cine LGTBI, que ofrece estos días un interesante programa de largometrajes, cortos, artes escénicas, encuentros musicales y mesas redondas sobre estas cuestiones. En esta edición se ha propuesto el comisariado cinematográfico a Alaitz Arenzana y Pau Guillén, directora y coordinador de Zinegoak, con Manu Badás como responsable de las actividades complementarias, entre las que destaca la muestra 'findesiglo (1991-2001)', de David Trullo (Madrid, 1969).Noticia relacionada general No No ARTE Ramón Isidoro, en capilla en el Centro Niemeyer Ángel Antonio RodríguezSe trata de un nuevo proyecto del artista para repensar esa zona ambigua entre el archivo, el ensayo y su propia vida personal con interesantes fotografías analógicas producidas en sus diez primeros años de trayectoria. Un conjunto de materiales demasiado recientes para ser Historia, pero suficientemente cargados de recuerdos, que plantea una reflexión que va más allá de su iconografía identitaria y nos invita a revisar los modos habituales de interpretar las cosas, en un territorio incómodo para los sistemas cotidianos de legitimación.En el marco de un retratoNo es la primera vez que David Trullo se enfrenta a retos entre lo subjetivo, la ficción y la Historia. Recordemos, por ejemplo, los homenajes filiares que le dedicó a las colecciones fotográficas de su padre, Santos Trullo –'Que me coma el tigre' (2023) o 'Cambio de tercio' (2025), entre otros– para reincidir en la nostalgia y las huellas del tiempo, o la exposición que presentó hace dos años en el Museo de Artes Decorativas coincidiendo con PHotoEspaña, un diálogo con los fondos de la institución y los irónicos juegos interdisciplinares que le inspiraron la serie de fotografías ocultas en el marco de un retrato antiguo.Dos fotografías y un dibujo del conjunto 'findesiglo', de David Trullo D. TrulloDesde su tenacidad, el artista siempre propone una feliz fusión de lo lúcido con lo lúdico, como hizo el año pasado en La Térmica de Ponferrada al explorar el peso de las comunidades inmersas en procesos de transformación a partir de los frisos de imágenes de su instalación 'La Marcha Negra', con la movilización de los mineros del carbón de Asturias, León y Aragón que caminaron cientos de kilómetros para protestar contra el Gobierno en Madrid. En el Centro Niemeyer, las obras de Trullo rehúyen los mecanismos que sostienen el relato al uso y, en lugar de plegarse a una cronología, se abren a imaginar una biografía compartida entre la memoria íntima y la memoria social. Así, señalan la fragilidad del archivo y su inclinación a domesticar la experiencia o convertir la vida en un inventario dócil que pretende fijar lo que se resiste a ser fijado.arte_abc_0724Consciente de que toda narración es un artificio, el artista propone un espacio movedizo para que lo personal y lo público se enfrenten en un simbólico campo de batalla. Sus imágenes no buscan ilustrar, sino interpelar. David Trullo 'findesiglo (1991-2001)' Lugar: Centro Niemeyer (Avilés) Dirección: Avenida del Zinc, s/n Comisario: Manu Badás Duración: Hasta el 3 de mayo Valoración: ****Atentas a los pliegues de la representación del género, revelan cómo cada gesto visual participa en la construcción –y en la fractura– de los discursos definitorios y, en ese contexto, se convierten en un acto de resistencia y en un valiente gesto político que dificulta cualquier intento de catalogar o reducir los colectivos.

Un año más –y ya van once–, el Centro Niemeyer de Avilés se postula como uno de los epicentros españoles para la celebración de la diversidad cultural con su Festival de Cine LGTBI, que ofrece estos días un interesante programa de largometrajes, cortos, artes ... escénicas, encuentros musicales y mesas redondas sobre estas cuestiones.

En esta edición se ha propuesto el comisariado cinematográfico a Alaitz Arenzana y Pau Guillén, directora y coordinador de Zinegoak, con Manu Badás como responsable de las actividades complementarias, entre las que destaca la muestra 'findesiglo (1991-2001)', de David Trullo (Madrid, 1969).

Ramón Isidoro, en capilla en el Centro Niemeyer

Se trata de un nuevo proyecto del artista para repensar esa zona ambigua entre el archivo, el ensayo y su propia vida personal con interesantes fotografías analógicas producidas en sus diez primeros años de trayectoria. Un conjunto de materiales demasiado recientes para ser Historia, pero suficientemente cargados de recuerdos, que plantea una reflexión que va más allá de su iconografía identitaria y nos invita a revisar los modos habituales de interpretar las cosas, en un territorio incómodo para los sistemas cotidianos de legitimación.

No es la primera vez que David Trullo se enfrenta a retos entre lo subjetivo, la ficción y la Historia. Recordemos, por ejemplo, los homenajes filiares que le dedicó a las colecciones fotográficas de su padre, Santos Trullo –'Que me coma el tigre' (2023) o 'Cambio de tercio' (2025), entre otros– para reincidir en la nostalgia y las huellas del tiempo, o la exposición que presentó hace dos años en el Museo de Artes Decorativas coincidiendo con PHotoEspaña, un diálogo con los fondos de la institución y los irónicos juegos interdisciplinares que le inspiraron la serie de fotografías ocultas en el marco de un retrato antiguo.

Desde su tenacidad, el artista siempre propone una feliz fusión de lo lúcido con lo lúdico, como hizo el año pasado en La Térmica de Ponferrada al explorar el peso de las comunidades inmersas en procesos de transformación a partir de los frisos de imágenes de su instalación 'La Marcha Negra', con la movilización de los mineros del carbón de Asturias, León y Aragón que caminaron cientos de kilómetros para protestar contra el Gobierno en Madrid.

En el Centro Niemeyer, las obras de Trullo rehúyen los mecanismos que sostienen el relato al uso y, en lugar de plegarse a una cronología, se abren a imaginar una biografía compartida entre la memoria íntima y la memoria social. Así, señalan la fragilidad del archivo y su inclinación a domesticar la experiencia o convertir la vida en un inventario dócil que pretende fijar lo que se resiste a ser fijado.

Consciente de que toda narración es un artificio, el artista propone un espacio movedizo para que lo personal y lo público se enfrenten en un simbólico campo de batalla. Sus imágenes no buscan ilustrar, sino interpelar.

Atentas a los pliegues de la representación del género, revelan cómo cada gesto visual participa en la construcción –y en la fractura– de los discursos definitorios y, en ese contexto, se convierten en un acto de resistencia y en un valiente gesto político que dificulta cualquier intento de catalogar o reducir los colectivos.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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