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Campeona del mundo

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Ganar el Mundial de fútbol es un acto de fe colectiva en un país que a menudo olvida cómo quererse a sí mismo
Campeona del mundo

Ganar el Mundial de fútbol es un acto de fe colectiva en un país que a menudo olvida cómo quererse a sí mismo

Regala esta noticia Añádenos en Google Rodrigo Hernández alza la Copa del Mundo. (EFE)

Manuel Vilas

22/07/2026 a las 00:02h.

Este verano español de 2026 es el gran verano de todos los veranos. Este verano es el verano en que aprendemos, por fin, a mirar ... al cielo sin miedo a que se desplome sobre nuestras cabezas, porque España, sí, España, es la campeona del mundo. España entera se convierte en una inmensa terraza iluminada por la luz dorada de las televisiones públicas y el eco de los vasos rotos. Ganar el Mundial de fútbol no es una simple victoria deportiva; es una revelación litúrgica, un acto de fe colectiva en un país que a menudo olvida cómo quererse a sí mismo.

Esta selección juega con la precisión de los dioses antiguos y la furia de los desamparados. Cada gol es un poema épico escrito sobre el césped norteamericano, pero su eco resuena aquí, en la España interior, en las ciudades periféricas, en los bloques de pisos donde la vida cuesta tanto cada mañana. El triunfo es el triunfo de la belleza sobre el caos. Cuando el árbitro pita el final, un silencio telúrico recorre el país durante un segundo exacto, antes de que estalle el grito más limpio que se ha escuchado en décadas.

Vemos a los jugadores alzar la copa y, por un instante, la fragilidad de nuestra existencia parece disiparse. El fútbol tiene ese poder misterioso: convierte la vulgaridad de los días laborables en algo trascendental. La victoria nos devuelve la dignidad de los que se saben observados por el destino. Nos sentimos grandes, no por soberbia, sino porque somos capaces de canalizar todo nuestro dolor, nuestras frustraciones y nuestras pequeñas alegrías cotidianas en un balón de cuero que cruza la línea de meta.

El éxito de esta selección ha sido la unión, el equipo. Justo lo que no ocurre en la vida política nacional. España, esa patria extraña y hermosa que tantas veces nos duele, se viste de fiesta definitiva. Al mirar las calles cubiertas de banderas y sonrisas verdaderas, comprendo que la felicidad no es una meta permanente, sino un destello veloz. Y este Mundial de 2026 nos regala el destello más brillante de nuestras vidas.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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