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Canciones tristes, etcétera

Canciones tristes, etcétera
Artículo Completo 513 palabras
No he podido comprobar la anécdota de esos dos viejos amigos que se reencuentran después de un tiempo y, sentados en un banco –es otoño, creo, al menos en sus vidas: pongamos que es un miércoles cualquiera, y que el cielo está nublado, y que llevan gorro–, no tardan en empezar a reavivar sus nostalgias.—¿Te acuerdas?—…—Éramos tan felices que no dejábamos de escuchar canciones tristes.—Ya… La juventud es juventud porque se derrocha.En otra historia –esta sí la he contrastado– un hombre que está a punto de cumplir treinta se despierta tarde, quizás con una resaca leve, como de cervezas sin cenar, y mientras busca las ganas para salir de la cama descubre en Spotify que ha dedicado más de veinte mil minutos a las canciones de Nacho Vegas, que es como descubrir un abismo bajo los pies. «Qué fácil es, para una rosa, morir / no se oye ningún lamento / Qué duro fue, para ti, sobrevivir / después de otro aplastamiento»... Ya no sabe si ha sido un mal año y por eso ha insistido tanto en Nacho Vegas o ha sucedido al revés: que la música ha invocado la desgracia. Es una duda que se repite con el alcohol, también, y con el sexo rápido, y con tantas otras cosas.Ya sé que hay un misterio en la tristeza, y otro mayor en su magnetismo: no está muy claro por qué volvemos, pero volvemos, aunque ya no nos sobre la felicidad o sepamos que estamos poniendo en juego la estabilidad emocional del día, de la semana, del mes, del año. Aunque ya no tengamos nada que derrochar. Y llega un momento, pensando en eso, en el que ya recomendamos todo con advertencias de salud mental: no veas esto si estás mal con tu pareja, no escuches esta canción hoy, espera un buen día para empezar este libro, y así.Hace mucho que no leo las sinopsis de las películas antes de ir al cine: me perdería demasiadas, por el mismo motivo por el que no he vuelto a ver 'Manchester frente al mar' o 'Revolutionary road', de las que ya solo me van quedando recuerdos de llantos lejanos y gente devastada por un incendio. A ese miedo, sin embargo, se le vence yendo a las salas sin saber nada, desnudo, que es como se va a la vida, como se va al amor: avanzamos a tientas, y si al final…—¿Pero para qué me voy a arriesgar a sufrir?—Para saber que sigues viva.

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No he podido comprobar la anécdota de esos dos viejos amigos que se reencuentran después de un tiempo y, sentados en un banco –es otoño, creo, al menos en sus vidas: pongamos que es un miércoles cualquiera, y que el cielo está nublado, y que ... llevan gorro–, no tardan en empezar a reavivar sus nostalgias.

—Éramos tan felices que no dejábamos de escuchar canciones tristes.

—Ya… La juventud es juventud porque se derrocha.

En otra historia –esta sí la he contrastado– un hombre que está a punto de cumplir treinta se despierta tarde, quizás con una resaca leve, como de cervezas sin cenar, y mientras busca las ganas para salir de la cama descubre en Spotify que ha dedicado más de veinte mil minutos a las canciones de Nacho Vegas, que es como descubrir un abismo bajo los pies. «Qué fácil es, para una rosa, morir / no se oye ningún lamento / Qué duro fue, para ti, sobrevivir / después de otro aplastamiento»... Ya no sabe si ha sido un mal año y por eso ha insistido tanto en Nacho Vegas o ha sucedido al revés: que la música ha invocado la desgracia. Es una duda que se repite con el alcohol, también, y con el sexo rápido, y con tantas otras cosas.

Ya sé que hay un misterio en la tristeza, y otro mayor en su magnetismo: no está muy claro por qué volvemos, pero volvemos, aunque ya no nos sobre la felicidad o sepamos que estamos poniendo en juego la estabilidad emocional del día, de la semana, del mes, del año. Aunque ya no tengamos nada que derrochar. Y llega un momento, pensando en eso, en el que ya recomendamos todo con advertencias de salud mental: no veas esto si estás mal con tu pareja, no escuches esta canción hoy, espera un buen día para empezar este libro, y así.

Hace mucho que no leo las sinopsis de las películas antes de ir al cine: me perdería demasiadas, por el mismo motivo por el que no he vuelto a ver 'Manchester frente al mar' o 'Revolutionary road', de las que ya solo me van quedando recuerdos de llantos lejanos y gente devastada por un incendio. A ese miedo, sin embargo, se le vence yendo a las salas sin saber nada, desnudo, que es como se va a la vida, como se va al amor: avanzamos a tientas, y si al final…

—¿Pero para qué me voy a arriesgar a sufrir?

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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