Como la mayoría de las familias que viven en Estados Unidos, la mía vio el espectáculo de Bad Bunny durante el medio tiempo del Super Tazón. Más allá del valor político del número, nos impresionó su producción: la multitud disfrazada de cañaveral, la ... villa que se armaba y desarmaba, la elocuencia erótica de las coreografías.
Unos días después, fuimos al carnaval de Río y vimos desfilar a las escuelas de samba. Carros alegóricos como buques de piratas en LSD. Miles de personas bailando en trajes de filigrana inimaginable. Cientos de tambores con ritmos elaboradísimos. Suficientes lentejuelas para hacer un caminito de gotas de ácido que llegara a la luna. Cientos de tambores reventando al unísono, generando ritmos y texturas de elaboración insólita –nunca sentí nada así en la tripa. Nos pasó lo que pasa siempre, y desde hace mucho, cuando uno deja los Estados Unidos, provincianos y en quiebra –no sólo moral. Lo de Bad Bunny –que por cierto decían que estaba en el Sambódromo— se nos figuró, sin demérito de sus talentos, como un espectáculo diminuto y, acaso, enternecedor.
En un mundo ya tan claramente ajeno a los mandatos del Dios de los cristianos –volví a Nueva York ya entrada la Cuaresma y la fiesta seguía a todo trapo y sin visos de redención—, el carnaval sigue siendo un espacio para el deseo y el desperdicio, contrarios a la severidad que demanda una república burguesa respetable. No es la fiesta intensamente religiosa que todavía se celebra en muchas comunidades indígenas de América, pero sigue ostentándose como una oportunidad para salir del carril de lo productivo y ser otro, otra, durante unos días en que todo se invierte menos el dinero. De lo que se trata, como en la antigüedad, es de romper el tiempo y encarnar lo raro, lo incómodo, lo atlético, lo que, en fin, escandalizaría a las tías si no anduvieran, en la fiesta de junto, disfrazadas de vikingos.
Más allá de lo refrescante que resulta ver, en tiempos tan miserables como estos, a una ciudad que celebra su negritud en el Sambódromo, me pareció que el ánima del carnaval más grande del mundo no está ahí. El espectáculo de las escuelas de samba es, de tan formidable, indescriptible –«no nos alcanzarían las palabras para contarlo», habría dicho uno de los cronistas del siglo XVI. Pero al final es una hiperproducción, controlada y, tal vez, menos integradora de lo que parece: las clases altas ven desfilar por una calle artificial a las clases populares. Los 'blocos', en cambio, sostienen la dimensión liberadora de las saturnales y los ritos de carnestolendas. Una banda, generalmente de samba, interrumpe el flujo de la vida en la ciudad para celebrar una fiesta móvil. El 'bloco' empieza a hora en tal lugar y, si a alguien no le gusta, se chinga.
Octavio Paz pensaba que las fiestas populares derivan hacia la agresión porque implican una apertura violenta. Esa conexión no se cumple Río. Un ‘bloco’ no es nada –gente que canta y baila mientras se desplaza por unas pocas calles–, pero es, al mismo tiempo, un valeroso gesto de desafío reconstitutivo: el triunfo de lo que usualmente se reprime en busca de otra armonía, conocida. La gente adopta, disfrazándose, el tema del ‘bloco’, hace cochinadas en plena vista, canta y baila a gritos –como hacemos en privado–, se goza en el mal olor de lo que entra y sale del cuerpo.
No estoy elaborando una metáfora. El ‘bloco’ huele a cerveza y cachaça, por supuesto, pero sobre todo a caca y pipí, a saliva y sexo. La verdadera belleza tal vez no esté en lo que se conserva, sino en lo que se pudre y revienta. Y Dios, decía Antonin Artaud –loco iluminado–, está en lo que se deja de guardar y se expulsa para aligerar la marcha: la mierda.
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