La tecnología lleva décadas colándose en casi todos los rincones de la vida cotidiana: en cómo nos comunicamos, en cómo guardamos recuerdos, en cómo escuchamos música o en cómo nos entretenemos.
ada generación ha disfrutado de sus propias innovaciones: desde el walkman hasta la cámara compacta, pasando por la Game Boy o la Nintendo DS. Con el paso de los años muchos de estos aparatos parecían destinados a quedarse como reliquias en un cajón, superados por móviles cada vez más potentes y capaces de concentrar en un solo dispositivo casi todas las funciones posibles.
Sin embargo, en plena era del smartphone, de la IA o la realidad virtual, algunas de estas “reliquias” están volviendo a tomar protagonismo entre generaciones recientes. Cámaras digitales compactas, consolas retro o casetes reaparecen en tiendas de segunda mano o vídeos de TikTok donde los jóvenes que los usan no han llegado a ser testigos de su nacimiento ni su auge.
¿Nostalgia o novedad?
La “vuelta” o el creciente interés por la tecnología vintage podría explicarse como una nueva ola de nostalgia.
Álvaro Soler, sociólogo y divulgador en redes sociales, habla de una “retro utopía”: una mirada idealizada capaz de mercantilizar estéticas y productos del pasado. “Que volvamos a consumir tecnología retro tiene que ver con que se consuma la cultura de lo retro”, explica, poniendo como ejemplo el éxito de series como Stranger Things, que “nos hacen volver a los 80’s, con las consolas y los recreativos, pero también con la moda, la música…”. De esta manera, Soler explica la capacidad del mercado de aprovechar diseños o productos anteriores y presentarlos como algo atractivo y deseable de nuevo.
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Este es precisamente uno de los matices que explica la vuelta de lo retro desde lugares más allá de la nostalgia. Aunque algunos de estos aparatos sí despiertan recuerdos y tienen una connotación nostálgica para quienes crecieron con ellos, no todos los jóvenes que hoy los recuperan los han usado. De hecho, muchos de ellos se familiarizan con estos dispositivos a través de las redes sociales. Soler atribuye a estas plataformas el poder que tenía antes la publicidad clásica.
Entran en juego también los influencers, a quienes Soler define como “figuras de éxito o en las que te tienes que ver reflejado”. En muchos casos, añade, gran parte de su identidad se construye a través de lo que consumen y exhiben.
Eso hace que quienes les siguen sean más proclives a interesarse o consumir aquello que muestran en sus perfiles, incluyendo la tecnología vintage. Así, aunque muchos jóvenes no hayan crecido con esos dispositivos, pueden volverse objetos deseables, asociados a una estética o una forma de estar en el mundo. Lo que para algunos es nostalgia, para otros se convierte en una novedosa necesidad.
Es el caso de Lara, una joven —que prefiere mantener su identidad reservada— aficionada a las cámaras analógicas de los 70 (como las Zenit). Aunque no vivió ni la llegada ni el auge de estos aparatos, confiesa en conversación con Xataka encontrar algo “único” en ellos que le atrae.
Una cámara para no hacer "scroll"
La vuelta de este tipo de tecnología tiene también otra lectura. Para Claudia Pradas, psicóloga y divulgadora en redes sociales, en una población joven sobreexpuesta a constantes estímulos, pantallas y recompensas inmediatas, “una tecnología más limitada puede resultar psicológicamente atractiva” porque “rebaja la carga”.
Frente al móvil, que es al mismo tiempo cámara, consola y reproductor de música, estos aparatos tienen una única función, restricción que puede sentirse como un alivio. “Estamos constantemente expuestos a una tecnología súper sobrecargada que puede llegar a fatigarnos”, explica, mientras que estos dispositivos “pueden fomentar la relajación o desactivación del sistema nervioso, generando bienestar”.
Por eso, en vez de interpretar este auge como un rechazo a lo nuevo, Pradas propone leerlo como una búsqueda de alternativas: dispositivos que permiten seguir usando tecnología pero con otro ritmo.
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También influye el tipo de experiencia que ofrecen. Los aparatos “viejos” obligan a una relación más física que se aleja del uso del smartphone: meter un cartucho, rebobinar, pulsar botones, imprimir una foto... Para Pradas, esa dimensión táctil es clave. En un contexto de saturación digital, “una experiencia sensorial más allá de lo visual y lo auditivo puede ayudarnos a enraizarnos más con el presente”.
Coincide el sociólogo Soler en que la búsqueda de desconexión es uno de los factores detrás de este regreso a tecnologías anteriores. Muchas de estas consolas retro, explica, no dependen de internet: permiten seguir usando tecnología digital, pero sin conexión constante ni servicios online. Algo parecido ocurre con las fotografías. Subir imágenes a redes o almacenarlas en la nube no genera la misma relación con los recuerdos que imprimirlas y guardarlas en un álbum.
En internet, dice, las imágenes pueden volverse más volátiles, perderse entre miles de archivos o quedar diluidas en el flujo continuo de contenido. En cambio, revelar fotos o conservarlas físicamente crea otra forma de relacionarse con el tiempo y la memoria, “más tangible y duradera”. En un contexto de hiperconectividad, cambiar los recuerdos del entorno digital por la dimensión física puede funcionar también como una forma de ordenar y preservar lo que de verdad queremos recordar.
Este poder de desconexión lo corrobora Elena, una joven de 23 años a la que jugar con consolas prácticamente descatalogadas le evoca la misma tranquilidad que “cuando ves una película que has visto 200 veces”; la sencillez de estos aparatos le da la calma que no consiguen los videojuegos actuales.
“Ahora mismo [los videojuegos] son como una película, pero antes todo ocurría en una pantalla muy pequeña con dibujos que podían ser hasta en blanco y negro”, apunta. La simplicidad y la imperfección que caracterizan a los juegos antiguos—y que se extiende hasta el grano de una cámara compacta o el sonido menos limpio de un reproductor vintage— son parte de su atractivo. Frente a unos dispositivos cada vez más perfectos y rápidos, esos pequeños fallos o limitaciones se perciben casi como una marca de autenticidad y humanidad.
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“Las cámaras analógicas antiguas no tienen nada que ver con las fotografías del móvil. Yo no saco fotos con el móvil porque para mí carecen de algo, es como si no tuvieran alma. No tiene gracia que puedas sacar mil fotos y a todas les puedas poner filtro, no me resulta nada interesante. La fotografía analógica da un color y una riqueza que no tiene la fotografía digital”, afirma Lara. Para ella, las imperfecciones de estas cámaras “les añaden mucha personalidad a las fotos”, “algo que nunca vas a tener con un móvil”.
Al mismo tiempo, el uso de estos dispositivos vintage se puede plantear como “una actividad en sí misma”. En un contexto en el que el uso de multipantalla está normalizado —hasta viendo una película algunas personas sienten la necesidad de seguir usando el móvil—, esta tecnología ofrece evasión y concentración al mismo tiempo.
Usar el smartphone como cámara o reproductor de música facilita la lógica de la multitarea: basta con un gesto pasar de una aplicación a otra. Sin embargo, quienes vuelven a las cámaras o consolas antiguas —aquellas que no obligan a pasar por actualizaciones constantes o ni siquiera requieren conexión wifi—, mencionan estar más concentrados en la actividad.
Las redes sociales también se hacen eco de la desconexión que ofrecen este tipo de dispositivos. Creadoras de contenido como Jen Herranz animan a sus seguidores a usar cámaras retro “para no estar haciendo scroll con el móvil” o “porque te hace estar más presente”.
¿Un hobby ecológico o una nueva forma de consumo?
Entre los argumentos que más se repiten entre quienes recuperan cámaras compactas, consolas antiguas o reproductores de otra época aparece también la dimensión ecológica. En TikTok, algunos jóvenes defienden estas aficiones como una forma de reutilizar tecnología ya existente, de alargar la vida de aparatos olvidados y evitar, al menos en parte, la lógica de la renovación constante. Frente a la compra continua del último modelo, reivindican los dispositivos rescatados del cajón, de segunda mano o heredados.
Pero ese relato tiene matices.
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Porque, aunque reutilizar puede ser una práctica más sostenible que comprar algo nuevo, el auge de lo retro también puede convertirse en otra forma de consumo. Soler, también investigador en el Centro de Teoría Postcapitalista, recuerda que, para las generaciones más jóvenes, estos objetos del pasado reaparecen muchas veces no como simples aparatos viejos, sino como productos deseables.
Ahí entra, explica, una lógica muy propia de la cultura de consumo actual, capaz de mercantilizar cualquier época. “La estética de los 80, los 90 o los 2000 se empaqueta, se vacía de contexto y vuelve al mercado como algo ‘nuevo’, accesible a través de la compra”, explica.
En la práctica, una afición que podría pasar por rescatar una cámara olvidada en casa o volver a encender una consola guardada en un cajón puede transformarse en otra dinámica distinta: comprar un modelo concreto porque se ha puesto de moda o querer una versión reacondicionada más bonita o más “instagrameable”. Es decir, no siempre se reutiliza lo que ya existe: a veces se vuelve a consumir, solo que con estética del pasado.
Y ahí lo retro deja de ser únicamente una forma de reaprovechar para convertirse también en una nueva necesidad fabricada por el mercado.
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Imagen | Jovan Vasiljević
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La noticia
Cascos con cables, consolas portátiles y "digicams": por qué la Gen Z se ha enamorado de tecnologías que no vivió
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Anabel Cuevas Vega
.
La tecnología lleva décadas colándose en casi todos los rincones de la vida cotidiana: en cómo nos comunicamos, en cómo guardamos recuerdos, en cómo escuchamos música o en cómo nos entretenemos.
ada generación ha disfrutado de sus propias innovaciones: desde el walkman hasta la cámara compacta, pasando por la Game Boy o la Nintendo DS. Con el paso de los años muchos de estos aparatos parecían destinados a quedarse como reliquias en un cajón, superados por móviles cada vez más potentes y capaces de concentrar en un solo dispositivo casi todas las funciones posibles.
Sin embargo, en plena era del smartphone, de la IA o la realidad virtual, algunas de estas “reliquias” están volviendo a tomar protagonismo entre generaciones recientes. Cámaras digitales compactas, consolas retro o casetes reaparecen en tiendas de segunda mano o vídeos de TikTok donde los jóvenes que los usan no han llegado a ser testigos de su nacimiento ni su auge.
¿Nostalgia o novedad?
La “vuelta” o el creciente interés por la tecnología vintage podría explicarse como una nueva ola de nostalgia.
Álvaro Soler, sociólogo y divulgador en redes sociales, habla de una “retro utopía”: una mirada idealizada capaz de mercantilizar estéticas y productos del pasado. “Que volvamos a consumir tecnología retro tiene que ver con que se consuma la cultura de lo retro”, explica, poniendo como ejemplo el éxito de series como Stranger Things, que “nos hacen volver a los 80’s, con las consolas y los recreativos, pero también con la moda, la música…”. De esta manera, Soler explica la capacidad del mercado de aprovechar diseños o productos anteriores y presentarlos como algo atractivo y deseable de nuevo.
Este es precisamente uno de los matices que explica la vuelta de lo retro desde lugares más allá de la nostalgia. Aunque algunos de estos aparatos sí despiertan recuerdos y tienen una connotación nostálgica para quienes crecieron con ellos, no todos los jóvenes que hoy los recuperan los han usado. De hecho, muchos de ellos se familiarizan con estos dispositivos a través de las redes sociales. Soler atribuye a estas plataformas el poder que tenía antes la publicidad clásica.
Entran en juego también los influencers, a quienes Soler define como “figuras de éxito o en las que te tienes que ver reflejado”. En muchos casos, añade, gran parte de su identidad se construye a través de lo que consumen y exhiben.
Eso hace que quienes les siguen sean más proclives a interesarse o consumir aquello que muestran en sus perfiles, incluyendo la tecnología vintage. Así, aunque muchos jóvenes no hayan crecido con esos dispositivos, pueden volverse objetos deseables, asociados a una estética o una forma de estar en el mundo. Lo que para algunos es nostalgia, para otros se convierte en una novedosa necesidad.
Es el caso de Lara, una joven —que prefiere mantener su identidad reservada— aficionada a las cámaras analógicas de los 70 (como las Zenit). Aunque no vivió ni la llegada ni el auge de estos aparatos, confiesa en conversación con Xataka encontrar algo “único” en ellos que le atrae.
Una cámara para no hacer "scroll"
La vuelta de este tipo de tecnología tiene también otra lectura. Para Claudia Pradas, psicóloga y divulgadora en redes sociales, en una población joven sobreexpuesta a constantes estímulos, pantallas y recompensas inmediatas, “una tecnología más limitada puede resultar psicológicamente atractiva” porque “rebaja la carga”.
Frente al móvil, que es al mismo tiempo cámara, consola y reproductor de música, estos aparatos tienen una única función, restricción que puede sentirse como un alivio. “Estamos constantemente expuestos a una tecnología súper sobrecargada que puede llegar a fatigarnos”, explica, mientras que estos dispositivos “pueden fomentar la relajación o desactivación del sistema nervioso, generando bienestar”.
Por eso, en vez de interpretar este auge como un rechazo a lo nuevo, Pradas propone leerlo como una búsqueda de alternativas: dispositivos que permiten seguir usando tecnología pero con otro ritmo.
También influye el tipo de experiencia que ofrecen. Los aparatos “viejos” obligan a una relación más física que se aleja del uso del smartphone: meter un cartucho, rebobinar, pulsar botones, imprimir una foto... Para Pradas, esa dimensión táctil es clave. En un contexto de saturación digital, “una experiencia sensorial más allá de lo visual y lo auditivo puede ayudarnos a enraizarnos más con el presente”.
Coincide el sociólogo Soler en que la búsqueda de desconexión es uno de los factores detrás de este regreso a tecnologías anteriores. Muchas de estas consolas retro, explica, no dependen de internet: permiten seguir usando tecnología digital, pero sin conexión constante ni servicios online. Algo parecido ocurre con las fotografías. Subir imágenes a redes o almacenarlas en la nube no genera la misma relación con los recuerdos que imprimirlas y guardarlas en un álbum.
En internet, dice, las imágenes pueden volverse más volátiles, perderse entre miles de archivos o quedar diluidas en el flujo continuo de contenido. En cambio, revelar fotos o conservarlas físicamente crea otra forma de relacionarse con el tiempo y la memoria, “más tangible y duradera”. En un contexto de hiperconectividad, cambiar los recuerdos del entorno digital por la dimensión física puede funcionar también como una forma de ordenar y preservar lo que de verdad queremos recordar.
Este poder de desconexión lo corrobora Elena, una joven de 23 años a la que jugar con consolas prácticamente descatalogadas le evoca la misma tranquilidad que “cuando ves una película que has visto 200 veces”; la sencillez de estos aparatos le da la calma que no consiguen los videojuegos actuales.
“Ahora mismo [los videojuegos] son como una película, pero antes todo ocurría en una pantalla muy pequeña con dibujos que podían ser hasta en blanco y negro”, apunta. La simplicidad y la imperfección que caracterizan a los juegos antiguos—y que se extiende hasta el grano de una cámara compacta o el sonido menos limpio de un reproductor vintage— son parte de su atractivo. Frente a unos dispositivos cada vez más perfectos y rápidos, esos pequeños fallos o limitaciones se perciben casi como una marca de autenticidad y humanidad.
“Las cámaras analógicas antiguas no tienen nada que ver con las fotografías del móvil. Yo no saco fotos con el móvil porque para mí carecen de algo, es como si no tuvieran alma. No tiene gracia que puedas sacar mil fotos y a todas les puedas poner filtro, no me resulta nada interesante. La fotografía analógica da un color y una riqueza que no tiene la fotografía digital”, afirma Lara. Para ella, las imperfecciones de estas cámaras “les añaden mucha personalidad a las fotos”, “algo que nunca vas a tener con un móvil”.
Al mismo tiempo, el uso de estos dispositivos vintage se puede plantear como “una actividad en sí misma”. En un contexto en el que el uso de multipantalla está normalizado —hasta viendo una película algunas personas sienten la necesidad de seguir usando el móvil—, esta tecnología ofrece evasión y concentración al mismo tiempo.
Usar el smartphone como cámara o reproductor de música facilita la lógica de la multitarea: basta con un gesto pasar de una aplicación a otra. Sin embargo, quienes vuelven a las cámaras o consolas antiguas —aquellas que no obligan a pasar por actualizaciones constantes o ni siquiera requieren conexión wifi—, mencionan estar más concentrados en la actividad.
Las redes sociales también se hacen eco de la desconexión que ofrecen este tipo de dispositivos. Creadoras de contenido como Jen Herranz animan a sus seguidores a usar cámaras retro “para no estar haciendo scroll con el móvil” o “porque te hace estar más presente”.
¿Un hobby ecológico o una nueva forma de consumo?
Entre los argumentos que más se repiten entre quienes recuperan cámaras compactas, consolas antiguas o reproductores de otra época aparece también la dimensión ecológica. En TikTok, algunos jóvenes defienden estas aficiones como una forma de reutilizar tecnología ya existente, de alargar la vida de aparatos olvidados y evitar, al menos en parte, la lógica de la renovación constante. Frente a la compra continua del último modelo, reivindican los dispositivos rescatados del cajón, de segunda mano o heredados.
Porque, aunque reutilizar puede ser una práctica más sostenible que comprar algo nuevo, el auge de lo retro también puede convertirse en otra forma de consumo. Soler, también investigador en el Centro de Teoría Postcapitalista, recuerda que, para las generaciones más jóvenes, estos objetos del pasado reaparecen muchas veces no como simples aparatos viejos, sino como productos deseables.
Ahí entra, explica, una lógica muy propia de la cultura de consumo actual, capaz de mercantilizar cualquier época. “La estética de los 80, los 90 o los 2000 se empaqueta, se vacía de contexto y vuelve al mercado como algo ‘nuevo’, accesible a través de la compra”, explica.
En la práctica, una afición que podría pasar por rescatar una cámara olvidada en casa o volver a encender una consola guardada en un cajón puede transformarse en otra dinámica distinta: comprar un modelo concreto porque se ha puesto de moda o querer una versión reacondicionada más bonita o más “instagrameable”. Es decir, no siempre se reutiliza lo que ya existe: a veces se vuelve a consumir, solo que con estética del pasado.
Y ahí lo retro deja de ser únicamente una forma de reaprovechar para convertirse también en una nueva necesidad fabricada por el mercado.