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En octubre de 1779, el embajador español en Gran Bretaña, duque de Almodóvar, que se había retirado de Londres ese verano, remitió una carta al conde de Aranda, representante español ante la nunca fiable corte francesa. Almodóvar se había servido de un músico español ... de nombre Vicente Vidal, entre cuyas virtudes estaba pasar por italiano, para remitirle una información vital. España contaba con una formidable red de espías en Gran Bretaña y Vidal, por dedicarse al comercio de partituras y tener una esposa italiana «operanta» (cantante de ópera), combinación perfecta, le había servido como mensajero entre las embajadas españolas de Londres y París.
En un arranque de ingenio, Vidal había camuflado en hojas con notas musicales, que transportaba como bagaje propio de su profesión, los números que escondían cifrados movimientos de barcos británicos, suministros y despliegues de tropas en distintos continentes. El comienzo de este libro extraordinario, una verdadera historia global española e hispana que alcanza y afecta con su red de contenidos y significados a todo el planeta, está dedicado a la batalla por la información y al excelente espionaje español.
Se lee como una novela, tiene personajes rocosos y, como ocurre en las historias de verdad y en la propia vida, la fortuna, mala o buena, ocupa un lugar destacado. A algún lector de 'Caza al convoy' le sorprenderá, frente al difundido estereotipo de la chapuza nacional, el Estado fallido y la mediocridad dirigente, una historia de España de verdad que aquí es justamente la contraria, institucional, eficaz y exitosa.
Rafael Torres, autor de 'Cazar al convoy', defiende que personajes como Solano, Mazarredo y Córdova se convirtieron en los mejores de su era
Además del propio rey Carlos III, que se adivina tras lo que cuenta Rafael Torres como un líder político maduro, con enorme experiencia y determinación en el apoyo de sus grandes ministros -Floridablanca, Aranda, Gálvez, casi nada, secundados por organizadores y ejecutores políticos en ejército, hacienda y Armada-, hay una multitud de personas, hombres y mujeres, que logran lo que se proponen, «cazar al convoy» británico.
El retrato personal del arisco Aranda, «testarudo, intransigente, de una insoportable franqueza», encaja con dificultad en las obligaciones de un embajador que debe recibir en sus salones a «ochenta, cien o más personas», de modo que, en sus palabras, «he atado cabos sueltos, he recogido palabras indeliberadas, sigo el hilo del modo de pensar de las gentes que trato».
La aportación central es la iluminación de la gran estrategia española en la guerra imperial iniciada por los colonos de la América británica en 1776 y concluida con la liquidación del primer imperio británico en 1783
La aportación central del libro es la iluminación de la gran estrategia española en la guerra imperial iniciada por los colonos de la América británica en 1776 y concluida con la liquidación del primer imperio británico en 1783, derrotado sin paliativos frente a la alianza, insólita, de las coronas borbónicas y los rebeldes republicanos.
La segunda parte del volumen se dedica a la formulación española de un segundo frente bélico ante los británicos en América -que al final hará posible la victoria final y la independencia de Estados Unidos-. Las páginas dedicadas a los ardides y despistes, usados por unos y otros, para que pareciera que se enviaban flotas y soldados hacia el Canal de la Mancha -en realidad, el cambio en los planes españoles comenzó con un fallido intento de asalto combinado de las costas británicas desde Brest, el gran puerto de la Armada francesa- son formidables. Gracias a ellos, España concentró en Cádiz toda la fuerza disponible.
La atmósfera angustiosa vivida por un jefe de escuadra, José Solano y Bote, responsable inicial de una escolta de 17 embarcaciones de guerra, mil cañones y ocho mil hombres, a los que se sumó una flota corsaria, para proteger en ruta con destino final en La Habana a un convoy mercante gigantesco, sujeto a vientos y corrientes, se describe al detalle. «Quiera Dios darnos un viento de Levante», señaló Solano a comienzos de abril de 1780, cuando los espías británicos ya sabían que su flota estaba dispuesta a zarpar hacia el Caribe «a atacar algunas de nuestras posesiones en esas regiones». A la tropa embarcada le habían pagado cuatro meses de adelanto (demasiado si el destino fuera en Europa) y las mujeres de oficiales, suboficiales y soldados se hallaban a bordo.
La feliz paradoja narrada a continuación, en la tercera y última parte, 'La captura del doble convoy inglés', se hace posible gracias al triunfo de Solano como comandante del convoy. La operación diseñada en febrero de 1780 logró en solo seis meses trasladar a La Habana 17 buques de guerra, 20.000 soldados y pertrechos, artillería y munición. Canarias, Puerto Rico y el Caribe español no solo quedaron reforzados, sino preparados para la apertura del segundo frente desde Florida, el que explica la rendición británica final.
Luis de Córdova logró «tejer la red» en la que cayó el convoy «doble», organizado por los británicos para socorrer sus posesiones, tanto en América del Norte como en Asia
Una reunión posterior de la flota combinada hispano-francesa, mandada por Luis de Córdova, logró «tejer la red», en la que cayó el convoy «doble», organizado por los británicos para socorrer sus posesiones, tanto en América del Norte como en Asia. Aquellos 43 navíos con 2.500 cañones mandados por Córdova con enorme pericia lograron capturar el 9 de agosto de 1780 en medio del Atlántico un total de 55 embarcaciones británicas, cargadas de pertrechos (ochenta mil fusiles, ropa y cañones), además de 3.000 pasajeros y 2.700 soldados y marinos, algunos de los cuales se pasaron al servicio de España. La derrota fue calificada en Gran Bretaña como «la desolación de Jerusalén». Y tanto. Fue la culminación del reinado de Carlos III.
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