La entrada del símbolo del equipo revoluciona al Oviedo, que se agarra a Primera con un gol de Ilyas, castigo para un Girona inofensivo
Reina y Fran Beltrán disputan un balón en el Tartiere.Sportian- JOSÉ LUIS HURTADO
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La ilusión del Oviedo la representan el Tartiere y Santi Cazorla, un muchacho de 41 años. Su entrada en el campo relanzó a un equipo que no se quiere rendir. La victoria es un premio a la resistencia y un castigo a un Girona que se sintió superior, un pecado cuando no se tira a puerta.
Hasta ese instante, el partido lo tenía todo para ser un ejemplo de la antipiratería. Era imposible imaginar a un ejército de hackers rompiéndose la cabeza para asaltar los derechos legales del espectáculo. Todo cambió con Cazorla, con los demás cambios de Almada y con la bota de Ilyas para rematar a puerta vacía.
Gol de Ilyas Chaira (1-0) en el Oviedo 1-0 GironaSportianLos relevos fueron una transfusión para el Oviedo. No así para el Girona, que sin Bryan Gil perdió el espíritu del regate y las travesuras. El equipo de Míchel empezó el partido de forma aseada y lo terminó en un lamento perpetuo. Ni la entrada de Stuani varió el cuadro.
El último tablón del Oviedo
El Oviedo encaraba el enésimo intento de agarrarse con una uña al último tablón de la barca que hace aguas. El Girona, reanimado, con una nueva cara tras darse un voltio por el mercado, marcha instalado en la zona templada de la clasificación, una situación que en esta competición sólo da para respirar dos semanas.
En unos segundos se desveló la radiografía. El Girona movía el balón de un lado a otro con el turbo puesto en las botas de gente de pensamiento rápido como Fran Beltrán. Había un virus en la banda derecha local porque Hassan vigilaba con prismáticos las subidas de Álex Moreno, socio habitual de Bryan Gil.
En la otra punta, el Oviedo, al que no se le puede reprochar kilometraje, mostraba un carro de problemas para construir, un achaque que hay apuntar al palco.
Casi todo lo que pasaba en el verde terminaba en Vanat, la última flecha de los de Míchel. El atacante ucraniano, un agitador de manual, vivía entre el gol y los sucesos. Primero, atropelló a Aarón tras un mal control; después, el portero repelió un remate con su firma a dos metros; y para terminar, braceó y codeó ante David Costas, al que cambió un grado la dirección de su nariz. El capitán del Oviedo, ensangrentado, reclamó a Alberola sin fortuna.
Un cambio de clima
En la otra portería, Ter Stegen, de Erasmus en Girona, vivía uno de los ratos más plácidos desde que se tiraba en el Gladbach. Con este panorama, el Tartiere sólo cambiaba de clima cuando se mostraba un plano de Cazorla o del palco. El último susto antes del paso por el toallero llegó por un gol anulado a Iván Martín porque el balón había salido del campo.
En el gol de Ilyas, el meta alemán no pudo más que ejercer de mirador. Era una llave para que el Tartiere disfrutara de un ratito en el paraíso de la victoria gracias también a una mano salvadora de Aarón. Un respiradero necesario y merecido. Hay alegría en Oviedo.
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