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Política

"Ceuta no puede ser la Albania de España"

"Ceuta no puede ser la Albania de España"
Artículo Completo 978 palabras
La ciudad teme que las autoridades decidan dejarlos allí: "Y que nos los traguemos todos" Leer

En un rincón de Europa que resulta estar, ironías del destino, en África, se desarrollan en estos días escenas propias de los éxodos de las guerras del siglo XX. Un poblado chabolista de no menos de 100 chamizos llena la playa -nueva ironía- del Trampolín, en Ceuta, de subsaharianos y magrebíes que se bañan en el mar, cocinan en rudimentarios hornillos, juegan al fútbol descalzos, hacen sus necesidades donde pinte y cada tarde cumplen un duro ritual para recibir una magra bolsa de comida. En un polígono, el del Tarajal, se hacinan mujeres y niños rodeados de excrementos, a la espera o bien de un futuro incierto, o de un brote de cólera.

Están por toda la ciudad: en parques, aceras, colinas. Ocupan las terrazas de los bares en grupo, apoyándose en uno que pide un testimonial café. Deambulan sin rumbo. Sonríen, los subsaharianos, a los viandantes. Se acercan a los supermercados, custodiados por el Ejército como si se estuviera rodando una distopía de Netflix.

Los ceutíes, un pueblo fraguado en la acogida durante siglos, les observan. La población de la ciudad se vio doblada el 31 de julio. Había 80.000 habitantes y entraron otros 80.000 personas. La ciudad se cerró como una ostra e hizo el vacío a los visitantes, lo que provocó el regreso de unas 70.000 a Marruecos, pero otras 8.000-10.000 decidieron jugar fuerte por un sueño: conseguir el asilo y llegar a la Península.

Fue una competición de resistencia. Los migrantes, a pelear con el hambre. Los ceutíes, a ver cuánto aguantaban cerrados.

«Y lo que pasó fue que volvimos a hacer vida medio normal, ellos se quedaron ahí, y ahora mira lo que tenemos», dice Mari Ángeles Romero, de 60 años, en la terraza de su casa, en la urbanización La Colina. El salón de su chalet unifamiliar, decorado con las cabezas de los alces que caza su marido, pende literalmente sobre la playa del Trampolín. Una pequeña calcuta ha venido a construirse delante de sus ojos, «en apenas tres días», se queja.

Y ahí viene el temor que recorre la ciudad en las últimas horas, con el bloqueo político apuntando a una estancia larga de los migrantes en el limbo ceutí, embarrancados unos y otros en el debate que recorre Europa y el planeta: acoger o cerrar. Asumir que todos fuimos en algún momento migrantes, o cerrar la puerta de un Occidente que tampoco está para tirar cohetes.

«A esta gente la quieren dejar aquí, está clarísimo», dice Mari Ángeles. «Quieren esconder el problema bajo la alfombra como hicieron antes en Canarias con los menas, y que nos los traguemos nosotros. No podemos ser la Albania de España, y quedarnos aquí con ellos. Es una locura absoluta. Esto va a explotar».

Chabolas de cartón construidas por los inmigrantes en Ceuta.QUICO ALSEDO

Ceuta teme convertirse -aún más- en el patio trasero de la inmigración española, como Albania lo es de la italiana según los planes de Giorgia Meloni, en un tiempo en que los países ricos almacenan su material humano sobrante en otros pobres y subcontratados: el Reino Unido planeó mandar migrantes Ruanda y Suecia le coloca sus presos, previo pago, a Estonia, por ejemplo.

A 200 metros de La Colina, la lujosa urbanización en la que vive Mari Ángeles, otro contraste salvaje de esta Ceuta que explica tan bien esta época: junto al CETI, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, donde suelen pernoctar los migrantes que han pedido asilo antes de viajar a la Península, un centro hípico público que este martes albergaba una concentración contra la acogida.

«Es irreal», dice en la concentración Álvaro de la Riva, ceutí de 44 años. «Nosotros queremos integrar, sabemos que vivimos en un sitio que ha recibido siempre mucha inmigración... Pero esto es de una dimensión increíble, no caben. Y no sabemos quiénes son. Un amigo de Castillejo [Fnideq en Marruecos, al otro lado de la frontera] me dice que muchos de ellos pueden no ser trigo limpio. Los primero días no nos creíamos lo que pasaba. Ahora, que va para tres semanas... ¿El Gobierno no se da cuenta de que es insostenible?».

La concentración, que se produce mientras varios miles de personas recibe su bolsa de comida en el Trampolín tras un largo ritual policial que en realidad busca domarlos, trata de evitar que el centro hípico albergue una de las cuatro estructuras que el Gobierno central impulsa para que Ceuta no se convierta en algo que, a ojos del visitante, está bordeando: un problema humanitario y sanitario de primer orden.

«Pero es que si les das eso, estás haciendo un efecto llamada de libro», dice la mujer del principio. ¿Y si no se lo das? «Pues se tienen que ir». Sin embargo, cada pequeño rincón de Ceuta alberga ya una chabola hecha de caña, tres cuerdas y dos telas, incluso con su pequeño y oficioso plató televisivo en que unos 100 marroquíes gritaban ayer «¡Viva España!», «¡Perdona, Ceuta!» y «¡Queremos futuro!». En los últimos días ya se han denegado algo más de 400 peticiones, lo que ha producido apenas una treintena de regresos a Marruecos.

Y en medio de todo, Nuhaila Handaz, de 30 años, piensa en su caballo. «Llevábamos un año preparando la tierra de la pista nueva, y hoy nos la han quitado para levantar ese centro». Nuhaila lleva hiyab y es musulmana, pero también ceutí. También es educadora en una ONG, ella misma ha atendido a los migrantes. Pero, personalmente, tiene otra opinión: «Tienen que irse. Todos».

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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