Hacía mucho tiempo que deseaba ir a Tomochic. Este lugar, también conocido como Tomochi o Tomóchic, se encuentra en la mexicana Sierra Madre Occidental, en el estado fronterizo de Chihuahua. Desde que leí la novela 'Tomochic', de Heriberto Frías, me dejé llevar por la ... idea de contemplar aquellos parajes. Necesitaba conocerlos para acabar de entender aquel fantástico relato de una masacre, ocurrida en 1892, con el ejército mexicano como protagonista.
Mientras ello no ocurría, me conformé adquiriendo las distintas ediciones de la obra –cinco en total, fruto de reelaboraciones, entre 1893 y 1911, en las que va aumentando la carga anti-porfirista–. Mi preferida es la de 1906, publicada en la ciudad portuaria de Mazatlán. Tomochic fue, sostenía el queretano Frías, «una inmensa tragedia épica».
Había planeado ya un viaje al lugar en 2013, pero no fue posible. Tuve que esperar diez años más para emprenderlo. En abril de 2023, finalmente, hice realidad mi empeño –o eso pensaba–, en el marco de una excursión esencialmente académica por el noroeste de México, desde Baja California Sur hasta Chihuahua, pasando por Sinaloa.
Heriberto Frías, combatiente en el conflicto narrado –en el Noveno batallón– y después reconvertido en periodista, publicó la obra por entregas en 1893 en 'El Demócrata'. Iba a provocar un enorme escándalo por la imagen que ofrecía de los militares y de su cruenta actuación en tierras norteñas. El autor no solamente estuvo encarcelado, sino casi frente a un pelotón de fusilamiento.
Miguel Mercado, el protagonista, es el alter ego del joven Frías. El Porfiriato tenía, a finales de siglo, la necesidad de modernizar y controlar sus territorios propios, pero lejanos de los centros de poder. Tomochic se tiñó de religión popular –con la denominada santa de Cabora, la visionaria Teresa Urrea– y disputas por la tierra, civilización y barbarie supuestas, mestizajes y otredades, combates enormemente desiguales entre militares y lugareños y, en fin, mucha sangre y destrucción. Terminó en tragedia.
Viajé el 13 de abril desde París. A mi llegada a Ciudad de México, en el control migratorio, tras interesarse por mi destino final, la funcionaria me preguntó si estaba seguro de querer ir a Chihuahua. Es peligroso y hay sitios mucho más bonitos en México, añadió. Pasé antes media docena de días en La Paz, en Baja California Sur.
En esta ciudad impartí un curso en la universidad, en la que funge como rector el crítico e historiador de la literatura Dante Salgado. Aproveché el tiempo libre para quedar con amigos, disfrutar de la gastronomía local –el ceviche de cochito, un pescado de la zona, en El Paraje; el huachinango frito en Bismarkcito, o bien un insuperable callo de hacha en Nim– y contemplar extasiado en el malecón, con una margarita o una cerveza Pacífico helada en la mesa, las impresionantes puestas de sol. La Paz es un sitio maravilloso: tranquilo, acogedor, al lado del mar y lleno de buena gente. Siempre digo que me gustaría vivir allí mi jubilación.
De La Paz volé a Culiacán, un trayecto corto. En el aeropuerto me esperaban Suni y Juancho para desplazarnos en coche a Los Mochis, en el norte de Sinaloa. Viajamos de noche por mi culpa. Me confundí con los horarios. El avión no salía de La Paz a las 7 de la mañana, como pensaba, sino a las 7 de la tarde. Tuve que anular una reunión de trabajo en la Universidad Autónoma de Sinaloa, un almuerzo con mi amigo Eduardo –también Frías de apellido– en la carreta de mariscos Los Tabachines de Don Juan y una cita, en el Café Miró, con el escritor Élmer Mendoza. Siempre quedamos en este establecimiento, al que frecuentemente acude Edgar 'el Zurdo' Mendieta, el detective de sus celebradas novelas.
Juancho es Juan Luis Ríos, un historiador culichi, discípulo y buen amigo, y Suni, su esposa. Con él, que ha investigado y escrito sobre Frías y su época, iba a viajar a Chihuahua. Nuestra intención era visitar Creel y, posteriormente, Tomochic. Antes de partir, sin embargo, tuvimos que descartar la segunda etapa. Las consultas con conocedores de aquella zona de la sierra llevaban, en todos los casos, al mismo resultado. No era aconsejable. El desplazamiento por carretera resultaba demasiado peligroso como consecuencia de las actividades vinculadas a la tala ilegal. Mis colegas de la Universidad Autónoma de Chihuahua se ofrecieron entonces a acompañarme.
En la mañana del 21 embarcamos en el Chepe Exprés, que enlaza Los Mochis con Creel. El tren Chepe, acróstico de Chihuahua-Pacífico, empezó sus operaciones en 1961, aunque los primeros proyectos datan de la época porfirista. Existe un Chepe Regional y un Chepe Exprés. Este último, puesto en servicio en la pasada década, recorre en unas 10 horas los 350 kilómetros que separan Los Mochis, a una veintena de kilómetros del puerto de Topolobampo, y Creel, a más de 2.300 metros sobre el nivel del mar.
En el recorrido, a ritmo relativamente pausado, se cruzan más de treinta puentes y casi noventa túneles. Me pasé casi todo el viaje mirando por la ventana. Los paisajes montañosos eran espectaculares e hipnotizante la lenta ascensión del ferrocarril. El restaurante de la clase turista, sin embargo, no estaba a la altura. Desde la estación de Divisadero, a hora y media del final del trayecto, puede accederse a los cañones de las afamadas Barrancas del Cobre.
Llegamos a Creel, uno de los llamados «pueblos mágicos» de México, en la Sierra Tarahumara –una parte de la Sierra Madre Occidental-, hogar de los rarámuri o tarahumaras, a media tarde. El turismo de montaña constituye la actividad principal de la zona. En los alrededores, entre bosques de coníferas, se encuentran algunas maravillas naturales, como el lago en forma de U de Arareco, la cascada de Cusárare o el Valle de los Hongos, cuyo nombre deriva de unas curiosas y enormes formaciones rocosas. La misión de San Ignacio de Arareco recuerda el papel evangelizador de los jesuitas en el siglo XVIII. Merece la pena acercarse, en Creel, al Museo Tarahumara de Arte Popular y probar, asimismo, el sotol, una bebida alcohólica que viene a ser una suerte de equivalente regional de la bacanora sonorense, el tequila jalisciense o el mezcal. Los personajes de la novela 'Tomochic' lo beben en notables cantidades.
Una de las noches en Creel cené un suculento chamorro (codillo) al horno con chipotle, acompañado de un tinto 3V de Casa Madero, un buen caldo de Coahuila. México está produciendo en la actualidad vinos excelentes. Tengo especial preferencia por los del valle de Guadalupe. Recuerdo una memorable tarde-noche en las bodegas Barón Baché –fundadas en 1997, con un nombre de inspiración maya–, en compañía de su responsable, degustando las variadas producciones de la casa, en especial las monovarietales (nebbiolo, merlot, tempranillo, zinfandel). Había llegado al municipio de Ensenada, aquel 19 octubre de 2019, desde Tijuana, siguiendo la ruta de la costa, previa parada para almorzar en Puerto Nuevo. Saboreé las típicas langostas con frijoles refritos, arroz y tortillas, maridadas en este caso, evidentemente, con unas Pacífico, la cerveza originaria de Mazatlán.
La noche antes de la excursión a Tomochic, mis anfitriones me comunicaron que no iba a ser posible
Comoquiera que sea, tras despedirme en Creel de Juancho, el 23 me dirigí en autocar a la capital del Estado. Además de dictar un curso en las aulas universitarias, me dediqué a perseguir por la ciudad las memorias de dos héroes de bronce: Miguel Hidalgo y Francisco 'Pancho' Villa. El Museo Histórico de la Revolución está instalado en la casa que fuera de este último, con fotografías, armas y sillas de montar expuestas. Un mural del Palacio de Gobierno, obra de Aarón Piña Mora, representa la ejecución del cura Hidalgo en 1811. En casa Chihuahua se expone el calabozo de este padre de la patria. Aproveché aquellos días para leer 'Dalila', un noir de Héctor Arreola ambientado en Chihuahua, y algunos textos de Jesús Gardea que me recomendó la profesora Mónica Torres. La carne de vacuno, excelente en arrachera, machaca, hamburguesa o ribeye, predominaba en las cartas de los restaurantes.
La noche antes de la excursión a Tomochic, prevista para el sábado 29, mis anfitriones me comunicaron que no iba a ser posible. También ellos, que nunca habían visitado la población, se informaron y no era en absoluto recomendable. Quizá se podía avisar a las autoridades para obtener protección. Nadie estaba dispuesto empero a correr riesgos. Lo entiendo. Lástima. Decepcionado por no poder acercarme a Tomochic, viajé a Ciudad de México en avión el último día de abril de 2023. En la capital paseé un poco, me reuní con amigos y colegas y pronuncié una conferencia en el Colegio de México. La estancia, aunque corta, resultó como siempre gratificante. Un excelente pollo con mole y algún que otro tequila reposado contribuyeron, sin duda, a ello.
El martes 2 de mayo, finalmente, regresé a casa. No había conseguido llegar a mi destino anhelado, pero el viaje valió francamente la pena: paisajes, historias, gentes, conversaciones, lecturas, comidas y bebidas inolvidables. Tomochic va a seguir siendo para mí –por ahora, pues no descarto nada en el futuro– un lugar leído, un espacio imaginado, un mundo maravillosamente trágico.
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Chihuahua y Tomochic: un destino, un viaje, un libro
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