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China mantiene la calma frente al pánico global por la guerra de Irán: apuesta por sus reservas de energía con un ojo en Taiwán

China mantiene la calma frente al pánico global por la guerra de Irán: apuesta por sus reservas de energía con un ojo en Taiwán
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El posicionamiento diplomático de Pekín busca mitigar el impacto económico de la crisis, y evidencia que no es aún un contrapoder bélico a EEUU. Más información: Así pueden ayudar a derribar a los drones iraníes los interceptores ucranianos que deslumbran a la OTAN

El presidente chino Xi Jinping pasa revista a sus tropas. Reuters

Asia China mantiene la calma frente al pánico global por la guerra de Irán: apuesta por sus reservas de energía con un ojo en Taiwán

El posicionamiento diplomático de Pekín busca mitigar el impacto económico de la crisis, y evidencia que no es aún un contrapoder bélico a EEUU.

Más información: Así pueden ayudar a derribar a los drones iraníes los interceptores ucranianos que deslumbran a la OTAN

Estambul Publicada 10 marzo 2026 02:53h

Las claves nuevo Generado con IA

Transcurrida más de una semana de ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, una pregunta sobrevuela el conflicto: ¿por qué China no está protegiendo a Teherán? Algunas interpretaciones sobre el conflicto sugieren incluso que el objetivo último de Washington es debilitar a Pekín.

Sinólogos veteranos y analistas chinos, no obstante, rebajan esa tesis. Los expertos ven más determinante el impacto global de una disrupción en Oriente Medio —en especial el cierre del estrecho de Ormuz— que una voluntad inmediata de golpear a China a través de Irán.

La inminente presentación del 15º Plan Quinquenal (2026-2030) ayuda además a entender la posición de Pekín. China prioriza desde hace años la autonomía energética, la modernización económica y militar y la seguridad interna sin implicarse en guerras de desgaste ajenas.

Lucy Hornby, asociada no residente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), descarta que Pekín haya sido el motor de esta guerra. Previene así contra la tentación de convertir efectos en causas.

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"Los ataques contra Irán están impulsados sobre todo por preocupaciones de Estados Unidos e Israel y tienen poco que ver con China, como informan las noticias", señala en diálogo con EL ESPAÑOL.

Charles Parton, analista del think tank británico Royal United Services Institute (RUSI), coincide: "No creo que China fuera el factor que impulsara a Estados Unidos y a Israel a iniciar la guerra, aunque alguno de sus efectos cause graves quebraderos de cabeza a China".

Ese análisis queda respaldado por un detalle revelador. Mientras la cancillería china condenaba el ataque de Donald Trump como "una flagrante violación de las leyes internacionales", analistas militares del régimen planteaban internamente una pregunta más cruda: ¿necesita Pekín a la República Islámica para sobrevivir? Su respuesta fue: "No necesariamente".

Qué pierde China

Las compras chinas de petróleo iraní ya estaban condicionadas por las sanciones. Gran parte de las importaciones de crudo de China se fijan mediante contratos a plazo, no por compras al contado que están expuestas a la volatilidad.

Por eso, explica Hornby, el impacto económico inmediato para Pekín depende sobre todo de si los ataques desembocan en una guerra regional más amplia. La variable realmente sensible, insiste, es el estrecho de Ormuz.

Un eventual cierre no aislaría solo a Irán, sino que afectaría a flujos energéticos mucho más amplios. Aun así, Hornby recuerda que China dispone de amortiguadores. "Tiene muchísimo carbón y otros combustibles, y ha hecho mucho para diversificar las rutas de suministro de petróleo, incluida la construcción de oleoductos".

La energía está en el centro del cálculo estratégico chino, y el 15º Plan Quinquenal aporta contexto. Para 2030, Pekín se ha fijado reducir la intensidad de carbono un 17%, por debajo del 18% del plan anterior. Entre 2021 y 2025 la reducción fue del 12%.

La tendencia apunta a una menor dependencia del petróleo, aunque sin eliminarla. China mantendrá su producción doméstica en torno a 200 millones de toneladas anuales, ampliará reservas estratégicas, impulsará el gas y seguirá avanzando en infraestructuras como el oleoducto Poder de Siberia 2. Tiene, en suma, mayor capacidad de absorción ante un shock energético.

También conviene poner en perspectiva su dependencia del crudo iraní. El analista Xiao Xiaopao sostiene que este representa solo un 13,4% de las importaciones chinas de crudo. Además lo adquiere sobre todo un pequeño grupo de refinerías en Shandong, no las grandes estatales. "China mantiene intereses reales en Irán, pero no son vitales", resume.

Por qué el estrecho de Ormuz es tan importante.

Yu Zeyuan es más palmario. "No importa quien mande en Irán, es poco probable que se rompan los acuerdos económicos con China". Por eso Pekín no ha entrado en pánico. Pero eso no significa que la guerra no perjudique a China.

Como señala Jesse Marks, experto en relaciones entre Estados Unidos y China, esta reacción resulta perturbadora para quienes dan por sentada una alianza ideológica entre Pekín y Teherán.

Para los analistas chinos, las conversaciones nucleares previas al ataque fueron poco más que una cortina de humo. Y creen que el régimen iraní no se desmoronará, aunque sí existe riesgo de implosión civil y luchas entre facciones por el poder.

Parton resume varios costes claros. "Una subida del precio de la energía no ayudará a la economía china, no solo por su efecto directo sino porque una desaceleración de la economía global sería perjudicial para China, cuya prosperidad depende en gran medida de las exportaciones".

A ello se suma la exposición de Pekín en el Golfo. La guerra amenaza inversiones mucho más importantes en Arabia Saudí y otros países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) que las realizadas en Irán.

La cantidad efectivamente invertida por China en territorio iraní es modesta, apenas unos 5.000 millones, según la agencia Reuters, muy lejos de los 400.000 millones proclamados a raíz del acuerdo bilateral de 2021.

China también podría perder mercado en Irán, aunque no de forma devastadora. Las importaciones iraníes están muy ligadas a Pekín porque el renminbi, la divisa china, es la única utilizable en ese circuito comercial.

Pero incluso aquí aparece otro límite embarazoso para la narrativa oficial china. Pekín no se comporta como una potencia capaz de alterar decisivamente los acontecimientos internacionales, pese a presentarse como tal.

Y hay un riesgo político adicional, aunque improbable. Si en Irán terminara instalándose un gobierno claramente pro-estadounidense, la influencia china en la región sufriría un golpe considerable, concluye Parton.

La crisis también proyecta otra realidad que los propios analistas chinos han reconocido: Estados Unidos dista de ser una potencia agotada. El diario South China Morning Post recogía esta semana reflexiones bajo una pregunta significativa: “¿Está Estados Unidos en declive?”.

Aquí, el analista Zheng Yongnian advertía de que Washington ha demostrado que "conserva una formidable fortaleza económica y posee un poder militar sin parangón a nivel mundial".

La cuestión, a su juicio, no es si Estados Unidos puede actuar, sino si quiere hacerlo. Lo demostró en 2003 con Sadam Husein, en 2011 con Osama Bin Laden, en enero con Venezuela y ahora con el ayatolá Alí Jamenei. "No debemos subestimar en absoluto las capacidades de Estados Unidos".

Vehículos chinos transportando misiles balísticos DF-21D en un desfile en Tiananmen. REUTERS/Andy Wong

La lección para Pekín es desapacible. Una cosa es el caos político que genera Trump —cuyas motivaciones para esta guerra siguen sin ser claras— y otra muy distinta confundir ese desorden con una debilidad estructural estadounidense.

La narrativa del declive de Washington, tan útil para Xi Jinping, necesita revisión: en poder militar, Estados Unidos sigue por delante de China.

Qué espera ganar

Pese a esos costes, la guerra también ofrece ventajas políticas y estratégicas a Pekín. "Es un regalo para la propaganda china", resume Parton. Y es que el conflicto refuerza el relato del Partido que rige China desde 1949.

Estados Unidos vuelve a aparecer como una potencia destructiva, mientras China intenta venderse como actor responsable, garante de estabilidad y supuesto constructor de paz. Mientras, la implicación de Washington en Irán concentra recursos, atención y capacidad militar en Oriente Próximo.

Eso reduce, al menos temporalmente, su margen de maniobra en el Indo-Pacífico, el principal escenario de rivalidad con China por poder naval, rutas y credibilidad ante sus aliados.

Si además la Casa Blanca se empantana en una guerra larga, el desgaste será también político. Menos munición, menos foco y menos disposición interna a afrontar otra crisis de alta intensidad, por ejemplo en torno a Taiwán.

La guerra también erosiona la unidad occidental. Ahí encajan el choque entre Trump y Pedro Sánchez, y las tensiones con el británico Keir Starmer. A eso se suman protestas en países como Pakistán y Grecia. No equivalen a encuestas nacionales, pero sí reflejan desaprobación pública.

Todo ello ayuda a explicar por qué China no intervendrá. A corto plazo, el verdadero problema para Pekín no es solo Irán, sino una expansión regional del conflicto y, sobre todo, el cierre del estrecho de Ormuz, la gran variable que altera rutas, seguros, fletes y costes energéticos.

En estas crisis, el precio no se mueve solo por oferta y demanda, sino también por prima de riesgo. Y el golpe alcanzaría además a socios del Golfo —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Omán— donde China tiene intereses mucho mayores que en Irán.

Pekín dispone de instrumentos de presión, pero activarlos le saldría caro. Hornby menciona dos: liberar fondos retenidos en circuitos controlados y un eventual suministro militar. China podría desbloquear dinero para sus contactos iraníes y dar oxígeno al aparato estatal, pero aumentaría su trazabilidad y el riesgo de sanciones secundarias sobre bancos e intermediarios.

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Algo similar ocurriría con una ayuda militar directa. Supondría pasar de la protesta diplomática a la implicación operativa, con sanciones, represalias y deterioro de su posición en el Golfo. Pekín puede hacer cosas, pero no le saldrá gratis.

La tercera razón es estratégica. Si la actual ventana de ataques breves y letales derivara en una guerra larga y sangrienta, una intervención arrastraría a Pekín al tipo de escenario que intenta evitar: una guerra de desgaste ajena, costosa e imprevisible. Su prioridad sigue siendo reforzar seguridad, estabilidad y disuasión, no embarcarse en aventuras exteriores que comprometan su agenda.

La cuarta razón es política y reputacional. Esta guerra expone los límites reales del poder chino. Tanto el WSJ como Parton apuntan al mismo coste simbólico: la segunda potencia mundial no actúa como un protector dispuesto a rescatar a sus socios cuando entran en una crisis seria. Irán lo está dejando a la vista.

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