- ANTONIO CARRASCOSA
Las repercusiones económicas y financieras de la guerra en Irán para Europa pueden ser significativas, pero no catastróficas.
La guerra de Irán, según la Agencia Internacional de la Energía (Oil Market Report, marzo de 2026), está generando la mayor disrupción de la oferta en la historia del mercado global de petróleo. Una consecuencia clara de la guerra es el aumento del precio del petróleo y del gas, así como una mayor volatilidad de dichos precios. Esto traerá consecuencias económicas y financieras para todos los países. Veamos, primero, qué puede ocurrir con la economía y, especialmente, con la inflación y el crecimiento económico, centrando nuestro interés en Europa.
El Banco Central Europeo ha estimado (Macroeconomic projections for the euro area, marzo de 2026) los efectos de la guerra para la zona euro utilizando tres escenarios, de menor a mayor adversidad. Incluso en el escenario más adverso, la inflación subiría en 2026 al 4,4%, y en 2027, al 4,8%. El crecimiento del PIB perdería un 0,8% en 2026, y un 0,5% en 2027, con respecto a sus previsiones de diciembre de 2025. Ya el pasado mes de marzo la inflación general de la zona euro subió un 2,5%.
Según el BCE, la transmisión del aumento del precio de los productos energéticos a otros precios puede ser más intensa y, por tanto, las presiones inflacionistas serán más persistentes, en determinadas circunstancias: si se han producido recientemente elevadas perturbaciones en los precios de la energía; si se producen subidas en los precios de las materias primas no energéticas; si el mercado de trabajo está cercano al pleno empleo, la demanda global es robusta y se parte de una inflación relativamente alta; y si la respuesta de los gobiernos a la crisis energética es de apoyo generalizado, sin discriminar entre los agentes con mayor y menor capacidad económica para resistir el shock. Por otro lado, un empeoramiento de la confianza de los consumidores y empresarios retraerá la demanda global y el crecimiento del PIB, dificultando la propagación de la subida de precios de la energía a la inflación general.
Una vez visto el contexto económico, pasemos a ver algunas consecuencias financieras de la guerra. El primer mes de guerra ha supuesto al Ibex una caída del 7,7%, su mayor descenso mensual desde 2022. La pérdida del EuroStoxx 50 ha sido mayor: un 10%, su peor mes de marzo desde 2020.
Con respecto a la deuda pública europea, el inicio de la guerra y la incertidumbre generada supuso un aumento de los rendimientos que, aunque han experimentado algún reajuste durante el mes de marzo, en la actualidad se mantienen en niveles más altos que los registrados antes de la guerra. Los spreads soberanos se han ampliado ligeramente (por ejemplo, entre la deuda italiana y la alemana), pero no parece que vaya a representar un problema serio a corto plazo.
En sus proyecciones macroeconómicas para el escenario severo, el BCE prevé que los diferenciales de los bonos aumentarían un máximo de 70 puntos básicos y 35 puntos básicos para entidades de crédito y empresas, respectivamente. Los precios de las acciones caerían un 10% para las entidades de crédito de la zona euro, y alrededor de un 7% para las empresas del área.
Deuda y estímulos fiscales
La subida de los rendimientos de los bonos públicos europeos está descontando el mayor coste de endeudamiento de los gobiernos europeos y el estímulo fiscal para proteger a los consumidores del shock energético. El think tank Bruegel (How Europe should respond to the Iran gas shock and how it shouldn't) nos recuerda que, poco después de la invasión de Ucrania, los gobiernos europeos aprobaron paquetes fiscales para contrarrestar el shock por un importe superior a 650.000 millones de euros. Todas las instituciones internacionales (por ejemplo, la OCDE, Testing Resilience, marzo de 2026) han criticado ese tipo de medidas públicas, que impide que el mecanismo de los precios juegue su papel reduciendo la demanda de los productos energéticos.
El stock de deuda pública de los países europeos es relativamente alto, pero serían necesarios varios años de altos tipos de interés y bajo crecimiento económico para que se planteen problemas serios de sostenibilidad de dicha deuda.
Lo que es indudable es que, si los rendimientos de la deuda pública en Europa aumentan y se amplían los diferenciales entre países, se encarecerá la refinanciación de deuda de dichos países. Esta claro que, en el año 2022, las medidas fiscales eran más baratas, ya que los tipos de interés y rendimientos de bonos estaban muy bajos.
Pasando a la banca, pieza clave del sistema financiero europeo, hay que recordar que un escenario de subida de tipos de interés favorece un aumento de márgenes y rentabilidad de los bancos, ya que la respuesta de los activos suele ser más rápida y contundente que la de sus pasivos. La mayor morosidad y la pérdida de dinamismo de la demanda de crédito podrían compensar, a medio plazo, este efecto.
Si ponemos como ejemplo el caso español, usando las betas de los depósitos y los créditos (la respuesta de los tipos de interés de dichas operaciones aplicados a clientes tras una variación de los tipos de interés de referencia del BCE), se observa que la beta de los depósitos en muy baja: menos del 10% (más baja que en la unión bancaria), resultado, entre otros factores, de la muy elevada proporción de depósitos a la vista. La beta de los créditos es más difícil de calcular, ya que las operaciones son muy distintas (hipotecas, crédito al consumo, crédito corporativo, etc.). No obstante, hay consenso en considerar una beta muy superior a la de los depósitos.
El punto de partida de la banca europea para afrontar las consecuencias de la guerra es de relativa fortaleza, tal como ha señalado muy recientemente la Autoridad Bancaria Europea (Risk Dashboard, cuarto trimestre de 2025). Más concretamente, los indicadores de capitalización (el capital básico de primer nivel se sitúa en un 16,3% a final de 2025), liquidez (más del 80% de los bancos tienen más del 140% de ratio de cobertura de liquidez, LCR, en inglés), rentabilidad (un 10,4% de rentabilidad sobre el capital) y calidad de los activos (un 1,8% de tasa de morosidad) son muy positivos.
Concluyendo, las repercusiones económicas y financieras de la guerra en Irán para Europa pueden ser significativas, pero no catastróficas. Evidentemente, todo depende de la duración de la guerra y de los daños ocasionados a las instalaciones energéticas en Oriente Medio. El sector financiero, al igual que ocurrió con la guerra en Ucrania, parece robusto, lo que ayudará a que el impacto económico sea menor y la recuperación más rápida.
Antonio Carrascosa, Profesor del Master de Banca y Regulación Financiera de la Universidad de Navarra
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