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Continuidad de los mundos

Continuidad de los mundos
Artículo Completo 860 palabras
La comodidad con que Tzinacantecuhtli, el señor murciélago, está asentado al centro del salón románico del museo de los Cloisters del Met es inquietante. Parece el resultado de un parto más que de una aparición. Como si la capilla, compuesta por el portal de una iglesia del siglo XII en Coulangé -en el valle francés del Loira- y los frescos del monasterio de San Pedro Arlanza -en Hortigüela, Burgos-, hubiera sido diseñada para la veneración del dios de la oscuridad de los zapotecas. La escultura de Tzinacantecuhtli es una pieza de cerámica de más de dos metros de altura y consiste en un cuerpo humano vestido sólo con un 'máxtatl' –el enredo que cubría las partes bajas en el mundo anterior al primer contacto entre Europa y América– y una máscara, elaboradísima y delicada, de murciélago. Probablemente estuviera articulada, así que perdió los antebrazos y las manos en el camino –como la Victoria de Samotracia .Noticia relacionada opinion No No LA TRANSATLÁNTICA Los apaches como guardianes de Arizona: el paisaje como ficción Álvaro Enrigue Es anterior por unos cuatrocientos años al portal ligeriense y los frescos burgaleses, en los que se representan un dragón y un león. La estilización de ambos animales empata a la perfección con la del señor murciélago, del mismo modo que la cantera de la que vino el portal parece continuar en la textura y el color de la cerámica monumental zapoteca. El resultado final es alarmantemente natural . Como si al subir la escalinata que conduce al salón románico del museo, la realidad se hubiera plegado de un modo levemente distinto, pero no del todo desconcertante, y las capillas medievales europeas fueran de pronto el albergue común de los antiguos dioses mexicanos.La exhibición abre otros caminos críticos porque empalma con la devaluación generalizada de los valores neoclásicos de la IlustraciónLa pieza abre una de esas exhibiciones que cuando uno ve, no entiende que no se le hubieran ocurrido antes a nadie. Se llama 'Creatures of Myth: Europe and the Americas', y junta cincuenta piezas europeas y americanas anteriores al primer contacto, cuya contigüidad resulta representacional y materialmente obvia, aunque tendamos a ignorarla por las arbitrariedades de la mente taxonómica que heredamos de Linneo –y que pensamos que es de lo más normal. Los pendientes de los tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia –que datarían del año mil– empatan a la perfección con los prendedores anglosajones o longobardos del siglo octavo o noveno. Los platones renacentistas de la Valencia del temprano siglo quince podrían estar una mesa con una jarra de la cultura moche del Perú –del siglo octavo. En esa misma mesa se podría servir el vino –o la chicha– en un vaso maya del año mil, y no desentonaría. El parentesco entre una representación de Quetzalcóatl –la deidad nahua de la sabiduría y la fertilidad del éter– labrada durante el siglo catorce en un caracol y el león alado de Mateo en una miniatura de marfil alemana –del onceavo– es tan transparente que no inquieta. La exhibición está curada por Laura Filloy Nadal, Julia Perratore y Joanne Pillsbury, con piezas del acervo del Met –y el préstamo mexicano de la figura de Tzinacantecuhtli. Imposible no decantarse por la cursilería de señalar el parentesco de todo lo humano frente a una muestra como esta, pero hay que resistirlo, porque lo que realmente unifica a esta propuesta de una nueva taxonomía representacional tiene mucho que ver con la parte material de los objetos –oro, marfil, concha, terracota–, pero sobre todo con la desconexión de las piezas con el triunfo abrumador del modelo clásico grecolatino, al que eran ajenos los artistas americanos hasta el siglo XVI e impermeables los anónimos del románico y el gótico europeos. La exhibición abre otros caminos críticos porque empalma con la devaluación generalizada de los valores neoclásicos de la Ilustración. Como si imaginar una historia de las sensibilidades distinta pudiera abrirnos a modelos mejores.

La comodidad con que Tzinacantecuhtli, el señor murciélago, está asentado al centro del salón románico del museo de los Cloisters del Met es inquietante. Parece el resultado de un parto más que de una aparición. Como si la capilla, compuesta por el portal de ... una iglesia del siglo XII en Coulangé -en el valle francés del Loira- y los frescos del monasterio de San Pedro Arlanza -en Hortigüela, Burgos-, hubiera sido diseñada para la veneración del dios de la oscuridad de los zapotecas.

La escultura de Tzinacantecuhtli es una pieza de cerámica de más de dos metros de altura y consiste en un cuerpo humano vestido sólo con un 'máxtatl' –el enredo que cubría las partes bajas en el mundo anterior al primer contacto entre Europa y América– y una máscara, elaboradísima y delicada, de murciélago. Probablemente estuviera articulada, así que perdió los antebrazos y las manos en el camino –como la Victoria de Samotracia.

Opinión Los apaches como guardianes de Arizona: el paisaje como ficción

Es anterior por unos cuatrocientos años al portal ligeriense y los frescos burgaleses, en los que se representan un dragón y un león. La estilización de ambos animales empata a la perfección con la del señor murciélago, del mismo modo que la cantera de la que vino el portal parece continuar en la textura y el color de la cerámica monumental zapoteca. El resultado final es alarmantemente natural. Como si al subir la escalinata que conduce al salón románico del museo, la realidad se hubiera plegado de un modo levemente distinto, pero no del todo desconcertante, y las capillas medievales europeas fueran de pronto el albergue común de los antiguos dioses mexicanos.

La exhibición abre otros caminos críticos porque empalma con la devaluación generalizada de los valores neoclásicos de la Ilustración

La pieza abre una de esas exhibiciones que cuando uno ve, no entiende que no se le hubieran ocurrido antes a nadie. Se llama 'Creatures of Myth: Europe and the Americas', y junta cincuenta piezas europeas y americanas anteriores al primer contacto, cuya contigüidad resulta representacional y materialmente obvia, aunque tendamos a ignorarla por las arbitrariedades de la mente taxonómica que heredamos de Linneo –y que pensamos que es de lo más normal.

Los pendientes de los tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia –que datarían del año mil– empatan a la perfección con los prendedores anglosajones o longobardos del siglo octavo o noveno. Los platones renacentistas de la Valencia del temprano siglo quince podrían estar una mesa con una jarra de la cultura moche del Perú –del siglo octavo. En esa misma mesa se podría servir el vino –o la chicha– en un vaso maya del año mil, y no desentonaría. El parentesco entre una representación de Quetzalcóatl –la deidad nahua de la sabiduría y la fertilidad del éter– labrada durante el siglo catorce en un caracol y el león alado de Mateo en una miniatura de marfil alemana –del onceavo– es tan transparente que no inquieta. La exhibición está curada por Laura Filloy Nadal, Julia Perratore y Joanne Pillsbury, con piezas del acervo del Met –y el préstamo mexicano de la figura de Tzinacantecuhtli.

Imposible no decantarse por la cursilería de señalar el parentesco de todo lo humano frente a una muestra como esta, pero hay que resistirlo, porque lo que realmente unifica a esta propuesta de una nueva taxonomía representacional tiene mucho que ver con la parte material de los objetos –oro, marfil, concha, terracota–, pero sobre todo con la desconexión de las piezas con el triunfo abrumador del modelo clásico grecolatino, al que eran ajenos los artistas americanos hasta el siglo XVI e impermeables los anónimos del románico y el gótico europeos. La exhibición abre otros caminos críticos porque empalma con la devaluación generalizada de los valores neoclásicos de la Ilustración. Como si imaginar una historia de las sensibilidades distinta pudiera abrirnos a modelos mejores.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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