Educación y crianza
«Cuando miras más el móvil que a tu hijo el mensaje que le transmites es que él no es tu prioridad»Rafa Guerrero, especialista en trauma, apego y adicciones tecnológicas, analiza la vulnerabilidad del cerebro infantil frente a las pantallas y ofrece pautas para romper la dependencia en casa. «No es que seas tonto, es que se han creado para engancharte a costa de tu salud mental»
Regala esta noticia Añádenos en Google Rafa Guerrero, psicoterapeuta especializado en trauma, apego y adicciones tecnológicas, en una imagen de archivo. (sur)Málaga
20/09/2026 Actualizado a las 18:59h.Las pantallas han pasado de ser herramientas de trabajo y ocio a convertirse en el eje central de la vida cotidiana, especialmente entre los más ... jóvenes. Sin embargo, en opinión de Rafa Guerrero, psicoterapeuta especializado en trauma, apego y adicciones tecnológicas, los dispositivos son la «kriptonita de la atención y el vínculo». En su último libro 'Adictos a las pantallas' (Libros Cúpula, 2026), el especialista analiza por qué nos cuesta tanto desengancharnos del mundo digital. También indaga en la vulnerabilidad del cerebro en desarrollo ante la estimulación constante y ofrece pautas prácticas para transformar la dependencia tecnológica en casa en un uso saludable. El riesgo real de las pantallas en adolescentes no es perder el tiempo, es, a su parecer, perder la salud mental.
-Depende de muchas variables. En primer lugar, ¿cuánto tiempo está dedicando ese chiquitín, adolescente o adulto? En segundo lugar, ¿qué tipo de contenido ve? Y, en tercer lugar, ¿está consumiendo solo o con alguien? Sin hablar de tiempos concretos, si ese consumo se hace de manera habitual, si el tipo de contenido no es adecuado o es demasiado excitante o hiperactivo, o no pedagógico, y luego, si se consume siempre solo y no rodeado de su familia, la probabilidad de que se convierta en una dinámica insana es mucho mayor.
-¿Cuáles son las señales de alarma que nos dicen que nuestro hijo está abusando de las pantallas?
-Cuando la interacción es habitual, es decir, que todos los días o prácticamente todos tiene un consumo de televisión, tablet, de redes sociales, de YouTube o de porno, me da igual... Cuando el dispositivo se convierte en una normalidad, ahí es cuando tenemos que poner un asterisco. Cuando estalla en rabieta al quitárselo, lo mismo hay una dependencia de los dispositivos tecnológicos. Ahí tenemos que preguntarnos qué está pasando en casa.
-¿Cómo afecta esa normalización en la primera infancia al desarrollo cerebral o emocional del niño?
-Cuando un chiquitín, de dos, o de nueve años tiene un uso habitual de los de los dispositivos aparece ese fenómeno de dejarlo 'en modo avión', es decir, está tan metido que lo desconectamos de su entorno: no hay una interacción con los padres ni conciencia de lo que estoy haciendo o comiendo. Las investigaciones demuestran que un uso abusivo puede provocar retraso o una mala adquisición en el lenguaje, que no se desarrollen las funciones ejecutivas, es decir, la capacidad de concentración, de control de los impulsos, de una buena gestión de las emociones, de planificación. Una adicción a los dispositivos también implica no solamente menos horas de sueño, sino una mala calidad o pobre conciliación del mismo. Cuanto más tiempo estoy con el dispositivo menos tiempo estoy con papá o mamá, menos tiempo estoy jugando en la playa o con mis amigos en el parque. Si echa al día tres horas delante de un dispositivo, eso no se recupera. Y, además de las consecuencias, debemos tener en cuenta que los seres humanos venimos a este mundo con una predisposición para vincularnos con nuestra mamá y con nuestro papá porque nacemos tremendamente inmaduros. Es decir, no somos capaces de gestionarnos a nosotros mismos.
-¿Y los adolescentes? ¿Pasa factura a nivel neurológico o a nivel social el uso actual que hacen?
-Así es. Con los adolescentes además podemos ampliar el abanico: hablamos de adicción a las redes sociales, al porno, a los videojuegos... es decir, el número de adicciones y la gravedad de la adicción puede ser mucho mayor que en un chiquillo. Un porcentaje muy importante de los adolescentes ya tiene teléfono móvil, un uso autónomo del dispositivo y, además, lo lleva siempre en su bolsillo, en su mano y puede acceder de una manera fácil en todo momento a cualquier contenido. Estamos utilizando el dispositivo como ese eje que se encarga de todas sus facetas de la vida: registra el número de pasos o de calorías, le comunica con sus amigos, le ayuda a consultar información. Estamos depositando todas las funciones que podemos llevar en los dispositivos tecnológicos.
-Haría falta una reflexión colectiva de este asunto...
-Desde luego, pensar en la cantidad de tiempo que estamos dedicando a los dispositivos en lugar de preguntar cómo nos sentimos.
-Dices que son la kriptonita de la atención y el vínculo y destacas además el vacío interior... ¿todo eso por la adicción a las pantallas?
-A ver: un uso esporádico a lo largo del día no es nocivo. Si se hace de una manera organizada, con una planificación sensata, no impulsiva ni dependiente, pues sí puede ser sano. Hay personas que tienen adición a comer, pero comer no está mal. Todo depende de lo que comas, cuánto comas y con qué grado de consciencia lo hagas. Y esto lo hilo con ese vacío que comentas. En el momento en que yo siento ansiedad, que me siento triste, un vacío muy grande, por la situación que tengo en casa con mis padres, o por la relación que tengo con mi mujer en el caso de los adultos, o porque yo como niño no me siento visto, o porque como adolescente soy víctima de bullying, toda esa ansiedad, todo ese estrés, todo ese vacío que yo siento, el ser humano lo gestiona como puede, y a veces la mejor manera que tiene de hacerlo es mediante una conducta repetitiva. Y esa conducta repetitiva puede ser que este adolescente consuma porno, o se masturbe quince veces al día, o que fume porros, o que esté todo el día metido en Instagram porque necesita que sus seguidores le vean, porque en el mundo real no es visto.
-¿Para evadirse?
-Claro. Es que toda adicción es un mecanismo de defensa de la persona. Hay un vacío, hay un conflicto, hay estrés, hay un abuso sexual que vivió cuando era pequeño… algo que le incomoda, hay algo que le hace sufrir y hay algo que le hace huir. Entonces, al final la adicción, ya sea con sustancia o sin sustancia, bajo mi punto de vista no es más que un mecanismo de defensa y de huida. Muchas veces la raíz de todo esto está años atrás.
-¿Qué hacemos para atajar esas adicciones?
-Lo que no tenemos que hacer es quitarle Instagram o arrancarle el wifi o quitarle el teléfono. ¿Por qué? Porque es su única muleta. No estoy diciendo que su adicción sea sana, porque no hay ninguna adicción que lo sea. Lo que estoy diciendo que su adicción es su única muleta por eso no debemos arrancar de cuajo aquello que en ese momento le está dando una salida, una huida, una evasión. Lo que tenemos que hacer es aportar recursos que sean más adaptativos que el que está llevando a cabo para que llegue un momento que diga: 'Yo ya no necesito los porros, yo ya no necesito la cocaína, yo ya no necesito ver porno o las redes sociales'. Que esa persona piense que tiene un amigo que le escucha, una persona en el trabajo que le entiende, un psicoterapeuta... o que ahora salga a hacer deporte, que conecte con la naturaleza, o que lea, es decir, recursos que son más sanos que antes no tenía.
-Estamos constantemente mirando al móvil, ¿por qué nos enganchamos incluso cuando el contenido no nos interesa?
-Cuando llega esa sensación es normal que nos reprochemos: qué tonto he sido, qué pérdida de tiempo, esto no ha servido para nada... pero la realidad de todo esto, los dispositivos tecnológicos, las aplicaciones, las pantallas, están creadas para que así sea. Y no es que tú seas tonta o tonto. Es que se ha creado un botón de «me gusta», aplicaciones tremendamente atractivas, o un scroll infinito a costa de nuestra salud mental.
Estamos luchando contra gigantes. El móvil vibra y entonces ahí aparece la dopamina de deseo. Y entonces tú empiezas a decir, «uy, ¿quién será?, «¿y si es importante?» Nos vemos como zombies por las calles y por cualquier sitio porque está llevado a cabo de una manera exquisita.
-¿Qué impacto emocional puede tener para un niño que su padre priorice la pantalla cuando están juntos?
-Una cosa es algo puntual porque es que estoy esperando una llamada y otra cosa es que sea habitual. Ahí el mensaje que le dejamos al niño es: «La prioridad es lo que yo estoy haciendo con el dispositivo. Tú no eres prioridad». Es una sensación estresante para el chiquitín porque no sabe en qué momento puede estar con su mamá, con su papá, o en qué momento lo va a perder porque ha entrado una llamada. Y en segundo lugar, el mensaje que le deja también es: «Yo no soy valioso. No soy suficientemente importante. No tengo nada que hacer contra el trabajo de papá, porque es mucho más importante de lo que soy yo». Y además, es que lo verbalizamos y justificamos: «Cariño, ahora no puedo porque es que tengo que trabajar. Cariño, ahora no puedo porque es que tengo una reunión». Entonces, tocamos ahí esa parte emocional, esa autoestima. Esto no implica que vayamos a poder estar el 100% del tiempo disponible para nuestros hijos porque eso es imposible. Pero si solamente los atendemos una de cada diez o de cada quince veces, lo que queda es que nuestros hijos no son prioridad.
-Sobre el uso de la tecnología en el aula, ¿debería limitarse en el ámbito educativo?
-De quienes aprendemos en realidad es de nuestros maestros, de nuestros profesores. Las aplicaciones te pueden entretener, enseñar algún concepto, pero no educan. No aprendemos de los dispositivos, lo hacemos de las personas que nos rodean. El problema es que lo hemos montado todo de tal manera que lo tecnológico sea imprescindible. Se descargan la tarea, la hacen en el ordenador y luego la suben a una plataforma que tiene el colegio o el instituto. Y claro, estamos cada vez metiendo más horas de dispositivo en el ámbito educativo. No estoy en contra de los dispositivos tecnológicos pero tenemos que pensar el sentido, utilidad y el tiempo que los vamos a utilizar. Una cosa es utilizarlo de una manera puntual y otra cosa es utilizarlo como el recurso principal. No es un problema en tu casa, es un problema a nivel social.
-¿Cómo podemos hacer una desconexión progresiva en casa para desengancharnos?
-En mi último libro, lanzo un decálogo precisamente de este asunto. Se trata de poner en práctica algunas sencillas dinámicas. Por ejemplo, que cada vez que lleguemos a casa los dispositivos tecnológicos se queden en un lugar común: en la mesilla que tenemos en la entrada o en una caja. Buscar momentos de estar apartados del dispositivo. También podemos probar a desactivar o silenciar notificaciones, siempre que nuestro trabajo o situaciones familiares lo permitan. Se puede incluso hacer un esfuerzo y apagar el móvil a una hora y avisar a la gente cercana de que llamen al fijo si es necesario. También llevar a cabo actividades que sean lo más naturales posibles: ir a la playa, a dar un paseo, charlar o tomar un café antes que hacer otras cosas que tengan que ver con el ámbito virtual.
-Buscar actividades alejadas de las pantallas...
-Eso es. Buscar actividades donde no estén implicadas las pantallas, ya que a veces las metemos hasta en la sopa. Durante la comida no debería haber dispositivos tecnológicos, ni ver la televisión ni tener el teléfono salvo que haya una causa justificada. Se trata de ideas básicas de este tipo aunque lo más difícil es que la persona esté dispuesta a llevarlas a cabo porque existe ese grado de adicción.
-En el caso de los padres dando ejemplo, ¿no?
-Efectivamente. Que seamos ejemplo de lo que estamos diciendo. Y bueno, y en el caso de los padres también, algo que yo he hecho, es pasar a un Noki, con llamadas y SMS. Tengo mis dos teléfonos, el inteligente y el Nokia y en función de cómo tenga el día pues estoy con uno o con otro. Lo noto un montón. Solamente es que estés localizable para llamadas.
-Socialmente se ha establecido que a los 12 años el acceso de los menones al móvil. ¿Qué edad te parece la más adecuada?
-Una vez más va a depender mucho de las circunstancias y del adolescente. Hay adolescentes de 12 o 13 años que tienen un uso bastante responsable del dispositivo y hay adultos de 20 y de 30 que tienen un uso bastante irrespetuoso y problemático. Pero, en líneas generales, a mí los 12 años me parece pronto. Yo suelo hablar de los 16, pero repito que habrá casos donde a los 13 esté súper justificado. Lo importante es ver cuál es la función que le vamos a dar. Qué es lo que buscamos y a veces qué es lo que buscamos enterrar o qué es lo que buscamos cubrir en ese vacío que casi todos tenemos. Porque todos tenemos conflictos y problemas. Nuestros hijos no quieren un móvil, quieren uno inteligente con todas las funciones y con todos los accesos como tienen la gran mayoría de los adolescentes. Y estamos viendo las repercusiones respecto a todo esto. No vamos por el buen camino. Los niveles de ansiedad, de depresión, el número de intentos de suicidio... Ahí los tenemos. Algo está pasando, ¿no?
-No se trata de demonizar pero sí intentar darle un uso coherente resaltas en el libro...
-Claro, ser conscientes de lo que hay y tratar de maximizar las funcionalidades del teléfono, que son fantásticas, pero también de tener en cuenta los posibles riesgos. El riesgo para un adolescente no es que pierda el tiempo, es que se tire por un puente, por ejemplo. No hablamos de tonterías.
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