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Cuba importa jóvenes del tercer mundo para educarlos: el plan del castrismo que "hizo lo que ningún país desarrollado"

Cuba importa jóvenes del tercer mundo para educarlos: el plan del castrismo que "hizo lo que ningún país desarrollado"
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Omeima Mahmud Abdeslam, saharaui, estudió ingeniería de telecomunicaciones en La Habana. No es la única. Miles de jóvenes del Sáhara Occidental, Angola, Guinea-Bissau, Mozambique, Sudáfrica o la República Democrática Alemana se formaron en las escuelas cubanas. Más información: Estados Unidos intensifica la presión sobre Cuba sin contemplar, de momento, "una operación militar pata negra"

Estudiantes saharauis becados para estudiar en Cuba, 20 de febrero de 2025. Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba

África Cuba importa jóvenes del tercer mundo para educarlos: el plan del castrismo que "hizo lo que ningún país desarrollado"

Omeima Mahmud Abdeslam, saharaui, estudió ingeniería de telecomunicaciones en La Habana. No es la única. Miles de jóvenes del Sáhara Occidental, Angola, Guinea-Bissau, Mozambique, Sudáfrica o la República Democrática Alemana se formaron en las escuelas cubanas.

Más información:Estados Unidos intensifica la presión sobre Cuba sin contemplar, de momento, "una operación militar pata negra"

Publicada 31 mayo 2026 02:10h Las claves

Las claves Generado con IA

La lengua materna de Omeima Mahmud Abdeslam (Dajla, 1973) es el hassanía, el dialecto del árabe extendido en el Sáhara Occidental. Pero habla español con acento cubano. No es fruto de la casualidad. Desembarcó en el país caribeño en 1982, y allí pasó los siguientes trece años de su vida.

Su historia es la historia de una hija del exilio saharaui que creció en Cuba. "Me puedes llamar cubarahui", confiesa por teléfono, remarcando un atípico sentimiento de pertenencia que se proyecta en dos direccionesdestinadas a no encontrarse nunca.

En Cuba se formó antes de regresar a los campamentos de refugiados de Tinduf. Después ingresó en la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS), el ala femenina del Frente Polisario, de la que sigue formando parte. Su travesía política desembocó en Suiza, desde donde conversa con EL ESPAÑOL.

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Omeima no es ninguna excepción. Son miles los jóvenes nacidos en el Sáhara Occidental y en el exilio que estudiaron en la isla. Según sus cálculos, más de 4.000 niños han emprendido el mismo viaje. No llegaron juntos, sino por tandas. Por el Caribe desfilaron varias generaciones de saharauis, y estuvieron allí desde principios de los ochenta hasta la actualidad. Para algunos, más de media vida.

Su estancia en la isla se enmarca en el programa estrella del castrismo en materia de cooperación educativa, que sigue vigente hoy. El último grupo de estudiantes saharauis llegó el pasado mes de marzo.

"Cuba hizo por el mundo lo que ningún país desarrollado hizo: formar miles y miles de graduados en todo este mundo", asegura Omeima. La Habana formó médicos, profesores o ingenieros, y no sólo saharauis. En la isla de la Juventud llegaron a convivir decenas de nacionalidades. "Había niños de Angola, de Guinea-Bissau, de Mozambique, de Namibia, de Sudáfrica, ¡hasta de la República Democrática Alemana!", exclama. "Éramos un mini mundo en este proyecto gigantesco de solidaridad cubana".

Omeima recuerda que la isla de la Juventud era utilizada como prisión en la época anterior a la revolución. "Y cuando llegó [Fidel] Castro, lo convirtió en una escuela de solidaridad internacional en la que había escuelas.

En el colegio celebraban los carnavales, organizaban olimpiadas. También estudiaban su propia historia, la historia del Sáhara Occidental. "Todo en árabe, para no perder nuestro idioma", dice Omeima. "Y teníamos nuestros propios educadores saharauis y cubanos".

¿Cómo acabó allí? "En los internados de Tinduf se escogía a los mejores alumnos para ir a estudiar a diferentes partes del mundo", recuerda. "Yo fui escogida y, por supuesto, el Gobierno saharaui pidió permiso a mi madre, y mi madre estuvo de acuerdo". Por eso abandonó a los nueve años los campamentos de Tinduf —en concreto la wilaya de Dajla, ciudad de origen de su familia— para emprender la travesía.

Un gran crucero soviético

"No volé, no volé, no volé, hermano", insiste Omaima. Viajó en autobús hasta Orán en compañía de otros 500 niños saharauis. En Orán tomaron "un gran crucero soviético con personal soviético, con limpiadores y cocineros soviéticos". Pasaron los siguientes quince días en alta mar hasta atracar en la isla de la Juventud. "En la época previa al castrismo la isla era utilizada como una prisión", recuerda.

Durante la travesía en crucero, los niños saharauis sufrieron vómitos y mareos. Jamás habían experimentado nada parecido. Avistaron delfines y les lanzaron sus sandalias ante la incredulidad de los "asustadísimos" educadores soviéticos, que temían "que alguien se tirara por la borda".

Pocos saharauis permanecieron en Cuba, sin embargo. La mayoría decidió regresar a Tinduf, en el Sáhara argelino, mucho más cerca de sus orígenes y de su patria, ocupada desde hace cincuenta años por Marruecos.

Pero Omaima no abandonó la isla de la Juventud hasta acabar secundaria y bachillerato. Era 1989. Después estudió ingeniería de telecomunicaciones en La Habana, contra el criterio de los educadores, concentrados en orientar sus carreras académicas "a las necesidades de la República Saharaui, que eran médicos y médicos y médicos, pero muy pocos ingenieros".

"Querían cosas que sirvieran a la sociedad, médicos, enfermeros, maestros, profesores, traductores, ¿sabes? Estas cosas así eran las que querían que que estudiáramos", recuerda Omeima, que acabó siendo una de las siete estudiantes saharauis matriculadas en la universidad en la que estudiaban 7.000 personas: "Es decir, éramos invisibles".

Su ingreso en la Universidad Tecnológica de La Habana para estudiar ingeniería —"no, esa carrera no es para ti, es sólo para hombres", llegó a decirle un educador— coincidió con la caída del Muro de Berlín, y sus primeros años de universidad, con el desmoronamiento de la Unión Soviética. La isla, sus habitantes y sus huéspedes fueron víctimas silenciosas del final de la Guerra Fría.

"Cuba, todo su material y toda su industria dependía de la Unión Soviética. Todos los productos de primera necesidad venían de la maquinaria soviética, y de repente se cerró este mercado y con él se ajustaron las medidas represivas de bloqueo", apunta Omeima, que recuerda caer desmayada en mitad de una clase por culpa del hambre. "No entraba nada".

"El primer año de carrera lo pasé con una una sola falda y dos camisetas", dice. "No había ropa ni comida. Como estudiantes, recuerdo que estábamos muy preocupados por saber lo que íbamos a comer. Bajamos de peso como locos".

Omeima tuvo la oportunidad de volver al Sáhara en los primeros años de carrera, pero rechazó el ofrecimiento. "Preferí quedarme con el pueblo cubano porque, entre otros factores, me ofrecía la posibilidad de estudiar, una oportunidad que sabía que no iba a tener en mi país, que para entonces estaba en el exilio, sufriendo una guerra", cuenta

"En Cuba aprendí lo que nunca hubiera aprendido en ningún otro país. El hecho de trabajar, tener una responsabilidad, ser líder, tener principios y defender esos principios", asegura Omeima. "Puedes llamarlo llamarlo lavado de cerebro, me da igual, pero con gusto", remata, entre risas

Por eso no sorprende que Omeima denuncie "las políticas represivas" y "las medidas coercitivas" que ha adoptado la Administración Trump contra Cuba. Desde el recrudecimiento del bloqueo, hasta las amenazas de ataque, pasando por la imputación del expresidente Raúl Castro, uno de los últimos símbolos vivos de la revolución.

Omeima, junto a otras integrantes activas del ala femenina del Frente Polisario. Imagen cedida

Entre jeans y melhfas

Omeima habla de choque de culturas. Un choque mucho más pronunciado en la vuelta a Tinduf que en la llegada a Cuba. "¿Quién es esta niña sin melhfa?", escuchó en cuanto puso el primer pie en los campamentos de refugiados.

La experiencia del retorno sacó a flote los recuerdos de su vida anterior, de su vida de niña. "Veo siempre a mi familia corriendo", dice. "La imagen que tengo de mi familia es siempre con miedo, hablando bajito, manteniendo un perfil bajo para que nadie nos reconociera".

Omeima recuerda la persecución y la huida. Recuerda a su familia siendo perseguida por Marruecos y Mauritania. Recuerda a un gendarme entrar por la noche en su casa y llevarse a su padre y torturarlo y que su padre volviera un mes después "hecho mierda" con las costillas rotas.

Omeima recuerda su casa siendo bombardeada, y a su madre, "bañada en sangre", protegiéndola. Recuerda su primera llegada a los campamentos de refugiados de Tinduf. "Llegamos en 1978, y ahí empezó mi periplo de estudiar, estudiar y estudiar. Y ya está".

Aterrizó en Tinduf en 1995. No sabía dónde estaba su familia. "La gente me decía: 'Pero ¿cómo se llama tu tribu?'. Yo no sabía de qué tribu era. '¿Cómo se llama tu papá?'. Yo decía el nombre de mi papá, de mi mamá. La gente no sabía". Por fin los encontró en la wilaya de Dajla. "No reconocí a nadie, ni siquiera a mi mamá. Fueron trece años".

Omaima no tardó en ir a trabajar a Rabuni. La reclamó el Frente Polisario porque destacaba por su formación. El centro administrativo de Rabuni era —y todavía es— lo más parecido a una capital en los campamentos de Tinduf.

"En esa época sólo trabajaban allí —y perdón por mi lenguaje— las putas", dice Omeima. "En esa época las mujeres dignas no trabajaban con los hombres". La llamada del Polisario distanció a sus padres. Su padre estaba a favor. Su madre, en contra. En contra por el qué dirán, por la reputación de su hija, porque no estaba casada, porque tiene que ser pulcra y correcta.

—Nada que ver con Cuba.

—No, claro.

—¿Las cosas en Tinduf siguen siendo así o ha habido avances?

—Es incluso peor. La sociedad sigue siendo muy rígida.

Omeima posa con amigos y una bandera del Sáhara Occidental. Imagen cedida

Sin futuro

"Un gobierno como el nuestro, que quiere que la gente se case y que la población aumente, tiene que hacer algo", reflexiona a colación Omeima. "No hay ninguna política para que los jóvenes tengan lugares donde puedan encontrarse. Cines, librerías. No sé, algo para alegrar un poco la vida a los jóvenes y huérfanos. Porque si no es horrible, es imposible hacer vida de pareja".

Omeima predicó con el ejemplo. Creó junto a otras saharauis con estudios universitarios la escuela de formación de mujeres en la wilaya de Dajla. Era 1999. Esa escuela sigue en pie hoy, pero no revirtió el abandono que sufren los campamentos.

En Tinduf no hay nada que hacer. El acceso a la cultura es reducido. Los jóvenes pasan las horas entre paredes de adobe o tumbados en las jaimas. El sol aprieta. Quien tiene vehículo bien puede quemar rueda en la hammada. Quien no lo tiene busca a alguien que lo tenga y se conforma con ocupar el asiento del copiloto. La velocidad sacude la monotonía.

En Tinduf no hay nada que hacer, pero proliferan los smartphones. Llegaron las redes sociales. La ventana al exterior aumenta la frustración de los chicos. A través de la pantalla ven lujos a los que no pueden acceder, vidas que no pueden vivir. Una realidad paralela. Una realidad que les está vedada.

Omeima agradece haber salido de Tinduf. De niña y de adulta. "Me aburría como una loca, no podía hacer deporte, no podía hacer nada. Había que estar sentada todo el día, tomando el té, y yo no estaba para eso, estaba para trabajar y para hacer a cambiar la vida en la que vive mi pueblo".

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—¿Hay futuro?

—Llegué a los campamentos por última vez el pasado 9 de febrero. Esta vez he visto a mi pueblo deteriorado, y he visto a mi gente cansada, resentida. Siguen resistiendo, pero ya no pueden más. Las condiciones de los campamentos son intolerables. La degradación de la infraestructura, de los centros de salud, de la integración de los jóvenes es evidente. La única esperanza que tienen los jóvenes saharauis es emigrar, y esto refleja el nivel de desesperación.

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