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Cyrano emociona en el patio del Vicente Espinel

Cyrano emociona en el patio del Vicente Espinel
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Hasta el 8 de agosto habrá funciones diarias de 'Cyrano de Bergerac' en la decimocuarta edición del ciclo Clásicos en Verano
Cyrano emociona en el patio del Vicente Espinel

Hasta el 8 de agosto habrá funciones diarias de 'Cyrano de Bergerac' en la decimocuarta edición del ciclo Clásicos en Verano

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Carlos Zamarriego

16/07/2026 Actualizado a las 07:39h.

El primer personaje netamente teatral con el que tropecé de niño fue Cyrano de Bergerac. La culpa la tuvo una cinta de VHS. En su ... carátula amarilla aparecía el dibujo de un caballero de época escribiendo con pluma sobre un pergamino. Lo curioso de ese caballero era su apéndice nasal, realmente superlativo. Un hombre a una nariz pegado, que diría Quevedo. Aquel VHS contenía una adaptación en dibujos animados de 'Cyrano de Bergerac', obra del francés Edmond Rostand estrenada en París en 1897, realizada por el estudio Hanna-Barbera (sí, el del Oso Yogui), que yo vi no sé cuántas veces. Quizás por eso mi madre, en el año 2000, me llevó al Teatro Español a ver la puesta en escena de Mara Recatero, con adaptación de Jaime y Laura Campmany, escenografía de Gil Parrondo (sí, el ganador de dos Óscar) y Manuel Gallardo como el narigudo espadachín y poeta. Al salir, en la propia puerta del teatro, compré el texto y creo que fue la primera vez que caí conscientemente en que todo lo que se decía en un escenario debía primero escribirse en un papel. El dramaturgo pone las palabras en boca del actor al igual que Cyrano se las susurra a Cristián debajo del balcón para que enamore a Roxana.

Unos valores que se tambalean en estos tiempos que nos toca vivir. Por eso, ahora que la obra de Rostand puede verse ahora en un marco incomparable, el patio del Instituto Vicente Espinel (Gaona), gracias a los 'Clásicos en verano' de la compañía malagueña Pata Teatro, recomiendo encarecidamente un reencuentro con Cyrano. Cierto es que en una adaptación que, por narices, deja fuera a muchos personajes y obliga a cortar escenas. Normal, la obra original tiene más de cuarenta voces, pero esta versión consigue, con cinco personajes, quedarse con lo importante. Se pierde algo de verso pero, a cambio, la historia gana en agilidad. El montaje de Josemi Rodríguez, como no podía ser de otro modo, aprovecha magníficamente las terrazas interiores del patio para la escena más conocida, una de las más bonitas que, creo, se pueden hacer en tan bello escenario.

La archinariz de Cyrano recae en Antonio Chamizo, y la ingenuidad de Roxana en Sara Suárez. Chamizo impresiona. Acapara todo el protagonismo y sale del envite con una actuación inmensa. No es solo la caracterización, es la voz, los ojos, el sudor, los andares, la declamación. Su Cyrano tiene pasado, hondura y cicatrices. Emociona desde el principio hasta el final. «Os amo y me escuchas. Solo me queda morir», avisa sin exagerar una nota. Y le creemos. Suárez da la réplica perfecta, con contención, sin pasarse nunca ni en el dramatismo ni en la comedia, con naturalidad y convicción. Una elección perfecta. Pablo Beltrán se encarga de Cristián, el personaje más desdibujado de la obra original. Aquí aparece casi como una nadería cómica, un botarate divertido y no el tercero en discordia. En esa misión, Beltrán cumple porque sus escenas están graciosas, aportan frescura aunque sacrificando dignidad. Josemi Rodríguez y Macarena Pérez Bravo, miembros de Pata Teatro, se reservan dos papeles de menor importancia que otros años pero fundamentales para que la trama avance. Dominan el escenario y el código.

En la escena final, con un atribulado Cyrano confesándose a la Luna, una bandada de gaviotas atravesó el techo natural del Gaona como si vinieran a devolver su espíritu a la diosa Talía o al mismísimo Rostand. Al mismo tiempo, pero más lejos, se adivinaba un cántico. No era un corifeo, sino hinchas argentinos: su equipo acababa de pasar a la final del Mundial. Otros héroes para nuevos tiempos.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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