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Cultura

David Chipperfield: «Mi preocupación se centra menos en ser discreto y más en encontrar respuestas adecuadas»

David Chipperfield: «Mi preocupación se centra menos en ser discreto y más en encontrar respuestas adecuadas»
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Emblemáticos edificios culturales como el Neues Museum de Berlín , las Procuratie Vecchie o la Royal Academy llevan el sello de David Chipperfield (Londres, 1953), el influyente arquitecto británico galardonado con el Premio Pritzker en 2023. Su propuesta para Faro Santander es la primera de esta naturaleza en España (donde cuenta con oficina en Santiago de Compostela), en la que ha vuelto a apostar por el enfoque austero, atemporal y respetuoso con la historia y el contexto urbano característico de su quehacer.—Durante años, la arquitectura se asoció a la creación de nuevos iconos. Usted defiende ahora que la reutilización puede ser un acto de invención. ¿Ha pensado siempre de esta manera?—La arquitectura ha evolucionado de forma significativa a lo largo de mi vida, y la idea de los iconos forma parte de ello. Durante los últimos 30 años, ha tendido a definirse por edificios de autor que son celebrados –a menudo con merecimiento– por su originalidad. Pero es algo bastante diferente a la arquitectura que estudié cuando era alumno. Me formó una generación comprometida con las ideologías de planeamiento urbano de la posguerra y que creaba vivienda pública, universidades, escuelas... En el Reino Unido, el cambio social que comenzó en 1980 con la erosión del Estado y el énfasis en el sector privado modificó inevitablemente también el foco de la profesión.Hoy creo que estamos intentando recuperar parte de ese papel público. Al mismo tiempo, la crisis ambiental nos está obligando a cuestionar algunas de nuestras suposiciones más profundas sobre qué es el progreso, y el desafío no es simplemente crear algo nuevo, sino trabajar de manera inteligente con lo que ya existe. Está claro que el papel del arquitecto debe desplazar su énfasis de diseñador de nuevas formas a custodio de entornos existentes: un mediador entre el valor cultural, la responsabilidad ambiental y la ambición cívica.—¿Cómo se transforma la sede central del Banco Santander, un edificio diseñado para representar el poder, en un espacio genuinamente público sin borrar su historia?—La historia del edificio es bastante compleja. En su origen eran dos edificios independientes que se unieron mediante la creación del gran arco. Esto le dio una presencia institucional y cívica mucho más fuerte. Para nosotros estaba claro que el arco entrañaba cierta paradoja. Por un lado, abría el edificio a la ciudad, creando una fuerte sensación de permeabilidad y conexión pública. Por otro, lo dividía eficazmente en el interior en dos mitades diferenciadas. Encontramos esa tensión intrigante y, con el tiempo, se convirtió en una idea central del proyecto, sirviendo como espacio que conecta ambos lados le permite funcionar como una institución pública. El arco es ahora el punto a través del cual se organiza y celebra el movimiento, haciendo que la circulación sea visible también desde el exterior. Al tiempo, continúa reforzando la relación del edificio con la ciudad.—Gran parte de su carrera ha implicado trabajar con edificios profundamente arraigados en la historia y la memoria de sus contextos. ¿Qué aporta Faro Santander a esa línea propia de investigación?—Cada proyecto tiene cualidades y desafíos distintivos. Lo que fue nuevo para nosotros con el edificio del Banco fue la franqueza de su presencia urbana. Esto nos empujó a pensar más allá de simplemente encontrar la lógica interna que funcionara para su nuevo rol, y a cuestionarnos cómo puede un edificio contribuir activamente al ámbito público. Por supuesto, el proyecto también aporta a nuestro propio cuerpo de trabajo y al creciente interés –lo cual es tranquilizador– por reutilizar y reconvertir estructuras existentes dándoles un propósito renovado.—Ciertamente, en Faro Santander, el arco pasa de ser un elemento simbólico a convertirse en la columna vertebral de la circulación pública. ¿Le interesan especialmente esos momentos en los que un elemento arquitectónico adquiere un significado diferente sin cambiar su forma física?—Sí, sin duda. Creo que este es uno de los aspectos más interesantes del proyecto.Detalle de una de las salas del nuevo Faro Santander Juan Baraja—Uno de los principales retos, lo menciona, es haber introducido un recorrido fluido en un edificio que originalmente estaba muy compartimentado. ¿Cómo se evita que la nueva arquitectura se sienta como una inserción impuesta sobre lo antiguo?—Uno de los retos de transformarlo en un edificio público era responder a las exigencias de acceso y circulación vertical, haciendo evolucionar lo que ya había, en lugar de imponerse. El arco ofrecía un espacio para insertar un nuevo sistema de circulación que se percibe como intuitivo, y que podía resultar representativo al hacer visible desde el exterior el movimiento del público en el edificio.—A menudo ha argumentado que la arquitectura debería ser discreta. ¿Es realmente más difícil lograr esa sensación de aparente naturalidad que diseñar un edificio formalmente impactante?—Mi preocupación se centra menos en ser discreto y más en encontrar la respuesta adecuada. Algunos edificios necesitan anunciarse con más energía que otros, pero a menudo se les exige hacerlo para ser relevantes en sus contextos. Creo que es importante que estos tiendan la mano, y a veces esto puede ser a través de la expresión formal. Sin embargo, añadiría que ese «tender la mano» debe ser visual y experiencial, y es importante que las cualidades experienciales nunca sufran por un exceso de énfasis en lo visual.—Desde que recibió el Pritzker, ¿ha sentido una mayor libertad o, por el contrario, las expectativas de los demás se han vuelto aún mayores?—Recibir el premio coincidió con un cambio general de énfasis dentro de la profesión a nivel global, así como dentro de mi propio estudio. Me dio confianza y ánimo para centrar nuestras inquietudes en la responsabilidad de la arquitectura de comprometerse de forma más activa con los problemas de la desigualdad social y la crisis climática. Creo que es importante hacerlo si queremos recuperar el papel social que siento que hemos perdido en las últimas décadas. El reconocimiento del premio es un privilegio y sin duda ayuda a dar una credibilidad añadida a nosotros y a nuestro trabajo.—Escribe que las lecciones aprendidas en Santander influirán en trabajos futuros. ¿Cuál cree que es la más importante que se lleva de esta intervención?—Cada proyecto es importante en sí mismo, al tiempo que forma parte de un cuerpo de trabajo en crecimiento que se preocupa por explorar el potencial urbano, físico y social de la arquitectura de forma más general. Con este proyecto, la relación del edificio con la ciudad, particularmente a través del arco y de su posición urbana, ha sido un aspecto intensamente interesante y estimulante de explorar.arte_abc_0724—Cuando un banco invierte millones de euros en transformar su antigua sede en un centro cultural, ¿cómo puede la arquitectura evitar convertirse en una mera expresión de identidad corporativa?—Hoy dependemos de una colaboración inteligente entre los sectores público y privado, y creo que deberíamos celebrar que haya organizaciones que decidan invertir en la cultura y la vida pública. Necesitamos el compromiso y los recursos del sector privado, pero de igual modo necesitamos el liderazgo, la ambición y el respaldo del sector público. En Santander, la ambición nunca fue simplemente crear una presencia cultural para el Banco. La cuestión era cómo transformar el edificio en un lugar que pertenezca genuinamente a la ciudad. En última instancia, el éxito del proyecto se medirá por el grado en que la gente lo experimente como algo abierto, accesible y parte de la vida cívica cotidiana.

Emblemáticos edificios culturales como el Neues Museum de Berlín, las Procuratie Vecchie o la Royal Academy llevan el sello de David Chipperfield (Londres, 1953), el influyente arquitecto británico galardonado con el Premio Pritzker en 2023. Su propuesta para Faro Santander es la ... primera de esta naturaleza en España (donde cuenta con oficina en Santiago de Compostela), en la que ha vuelto a apostar por el enfoque austero, atemporal y respetuoso con la historia y el contexto urbano característico de su quehacer.

—Durante años, la arquitectura se asoció a la creación de nuevos iconos. Usted defiende ahora que la reutilización puede ser un acto de invención. ¿Ha pensado siempre de esta manera?

—La arquitectura ha evolucionado de forma significativa a lo largo de mi vida, y la idea de los iconos forma parte de ello. Durante los últimos 30 años, ha tendido a definirse por edificios de autor que son celebrados –a menudo con merecimiento– por su originalidad. Pero es algo bastante diferente a la arquitectura que estudié cuando era alumno. Me formó una generación comprometida con las ideologías de planeamiento urbano de la posguerra y que creaba vivienda pública, universidades, escuelas... En el Reino Unido, el cambio social que comenzó en 1980 con la erosión del Estado y el énfasis en el sector privado modificó inevitablemente también el foco de la profesión.

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Hoy creo que estamos intentando recuperar parte de ese papel público. Al mismo tiempo, la crisis ambiental nos está obligando a cuestionar algunas de nuestras suposiciones más profundas sobre qué es el progreso, y el desafío no es simplemente crear algo nuevo, sino trabajar de manera inteligente con lo que ya existe. Está claro que el papel del arquitecto debe desplazar su énfasis de diseñador de nuevas formas a custodio de entornos existentes: un mediador entre el valor cultural, la responsabilidad ambiental y la ambición cívica.

—¿Cómo se transforma la sede central del Banco Santander, un edificio diseñado para representar el poder, en un espacio genuinamente público sin borrar su historia?

—La historia del edificio es bastante compleja. En su origen eran dos edificios independientes que se unieron mediante la creación del gran arco. Esto le dio una presencia institucional y cívica mucho más fuerte. Para nosotros estaba claro que el arco entrañaba cierta paradoja. Por un lado, abría el edificio a la ciudad, creando una fuerte sensación de permeabilidad y conexión pública. Por otro, lo dividía eficazmente en el interior en dos mitades diferenciadas. Encontramos esa tensión intrigante y, con el tiempo, se convirtió en una idea central del proyecto, sirviendo como espacio que conecta ambos lados le permite funcionar como una institución pública. El arco es ahora el punto a través del cual se organiza y celebra el movimiento, haciendo que la circulación sea visible también desde el exterior. Al tiempo, continúa reforzando la relación del edificio con la ciudad.

—Gran parte de su carrera ha implicado trabajar con edificios profundamente arraigados en la historia y la memoria de sus contextos. ¿Qué aporta Faro Santander a esa línea propia de investigación?

—Cada proyecto tiene cualidades y desafíos distintivos. Lo que fue nuevo para nosotros con el edificio del Banco fue la franqueza de su presencia urbana. Esto nos empujó a pensar más allá de simplemente encontrar la lógica interna que funcionara para su nuevo rol, y a cuestionarnos cómo puede un edificio contribuir activamente al ámbito público. Por supuesto, el proyecto también aporta a nuestro propio cuerpo de trabajo y al creciente interés –lo cual es tranquilizador– por reutilizar y reconvertir estructuras existentes dándoles un propósito renovado.

—Ciertamente, en Faro Santander, el arco pasa de ser un elemento simbólico a convertirse en la columna vertebral de la circulación pública. ¿Le interesan especialmente esos momentos en los que un elemento arquitectónico adquiere un significado diferente sin cambiar su forma física?

—Sí, sin duda. Creo que este es uno de los aspectos más interesantes del proyecto.

—Uno de los principales retos, lo menciona, es haber introducido un recorrido fluido en un edificio que originalmente estaba muy compartimentado. ¿Cómo se evita que la nueva arquitectura se sienta como una inserción impuesta sobre lo antiguo?

—Uno de los retos de transformarlo en un edificio público era responder a las exigencias de acceso y circulación vertical, haciendo evolucionar lo que ya había, en lugar de imponerse. El arco ofrecía un espacio para insertar un nuevo sistema de circulación que se percibe como intuitivo, y que podía resultar representativo al hacer visible desde el exterior el movimiento del público en el edificio.

—A menudo ha argumentado que la arquitectura debería ser discreta. ¿Es realmente más difícil lograr esa sensación de aparente naturalidad que diseñar un edificio formalmente impactante?

—Mi preocupación se centra menos en ser discreto y más en encontrar la respuesta adecuada. Algunos edificios necesitan anunciarse con más energía que otros, pero a menudo se les exige hacerlo para ser relevantes en sus contextos. Creo que es importante que estos tiendan la mano, y a veces esto puede ser a través de la expresión formal. Sin embargo, añadiría que ese «tender la mano» debe ser visual y experiencial, y es importante que las cualidades experienciales nunca sufran por un exceso de énfasis en lo visual.

—Desde que recibió el Pritzker, ¿ha sentido una mayor libertad o, por el contrario, las expectativas de los demás se han vuelto aún mayores?

—Recibir el premio coincidió con un cambio general de énfasis dentro de la profesión a nivel global, así como dentro de mi propio estudio. Me dio confianza y ánimo para centrar nuestras inquietudes en la responsabilidad de la arquitectura de comprometerse de forma más activa con los problemas de la desigualdad social y la crisis climática. Creo que es importante hacerlo si queremos recuperar el papel social que siento que hemos perdido en las últimas décadas. El reconocimiento del premio es un privilegio y sin duda ayuda a dar una credibilidad añadida a nosotros y a nuestro trabajo.

—Escribe que las lecciones aprendidas en Santander influirán en trabajos futuros. ¿Cuál cree que es la más importante que se lleva de esta intervención?

—Cada proyecto es importante en sí mismo, al tiempo que forma parte de un cuerpo de trabajo en crecimiento que se preocupa por explorar el potencial urbano, físico y social de la arquitectura de forma más general. Con este proyecto, la relación del edificio con la ciudad, particularmente a través del arco y de su posición urbana, ha sido un aspecto intensamente interesante y estimulante de explorar.

—Cuando un banco invierte millones de euros en transformar su antigua sede en un centro cultural, ¿cómo puede la arquitectura evitar convertirse en una mera expresión de identidad corporativa?

—Hoy dependemos de una colaboración inteligente entre los sectores público y privado, y creo que deberíamos celebrar que haya organizaciones que decidan invertir en la cultura y la vida pública. Necesitamos el compromiso y los recursos del sector privado, pero de igual modo necesitamos el liderazgo, la ambición y el respaldo del sector público. En Santander, la ambición nunca fue simplemente crear una presencia cultural para el Banco. La cuestión era cómo transformar el edificio en un lugar que pertenezca genuinamente a la ciudad. En última instancia, el éxito del proyecto se medirá por el grado en que la gente lo experimente como algo abierto, accesible y parte de la vida cívica cotidiana.

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David Chipperfield: «Mi preocupación se centra menos en ser discreto y más en encontrar respuestas adecuadas»

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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