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De la ropa de Adam al pan de Hamza, el zoco de subsistencia del Trampolín: "Sacan la ropa de los contenedores del centro"

De la ropa de Adam al pan de Hamza, el zoco de subsistencia del Trampolín: "Sacan la ropa de los contenedores del centro"
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El comercio ilegal pierde fuelle y los vecinos ceutíes reclaman a la ciudad que intervenga Leer

El ecosistema de la playa del Trampolín, en Ceuta, es una aproximación sencilla a la economía. El desgaste hace mella en los inmigrantes que llegaron en masa hace un mes: cada vez tienen menos dinero. Por eso, unas 20 personas (y sumando) recurren a la receta más clásica que se nos pueda ocurrir: el comercio.

A lo largo de un camino precario, de unos 35 metros de extensión, junto a la carretera de Benzú, unos 20 expositores armados con mantas y plástico presentan los productos de cada vendedor ambulante: barras de pan, galletas María, quesitos de La Vaca que ríe, leche de todos los tipos, huevos y latas de atún son los artículos más comunes. Dos puestos se ofrecen a vender los bocatas ya hechos; los ingredientes están guardados en distintos táperes. Otros se buscan la vida con el textil: venden neoprenos, camisetas de fútbol, camisas de lino, sudaderas Nike e, incluso, guayaberas de aquel color de moda.

El corredor donde los inmigrantes colocan sus puntos de ventaMarcos Moreno

Todos estos puestos de venta conforman una especie de zoco de subsistencia a las puertas de la barriada en la que se han asentado ya más de 2.000 personas, estimando a la baja. Sin duda, su gran oligarca es Adam (Sudán, 24 años). Es un chico espigado, mide 1,90 metros de altura y no se levanta de su trono -el bordillo de la acera bajo un cártel de tráfico en el que han pintado la palabra "asilo"- a no ser que le extiendan una mano con algo de efectivo. "Tiene que controlar que nadie se lleve nada sin pagar", explica en francés su amigo Ahmed, magrebí. Sobre un plástico de unos cinco metros, vende ropa; su puesto es el más grande y abigarrado del corredor. "Antes era comerciante también", explica su amigo Ahmed. Nos cuenta que empezó trabajando muy joven, que intentó hacerlo en Marruecos y que ahora prueba suerte en España.

Su negocio, además del más próspero, es de los más caros. Los precios oscilan entre los dos y los tres euros, pero los zapatos ya ascienden a cuatro. "Gana mucho, ¿30 euros?", estima al alza Ahmed. "Ahora menos: no hay dinero", avanza. A medida que el colchón económico con el que los inmigrantes asaltaron la ciudad va desgastándose, su tentativa con el comercio pierde fuelle.

De momento, con sus beneficios Adam paga "un poco de dinero" a sus amigos para que salgan en busca de la ropa. "La encuentran en los contenedores del centro", ahonda el traductor del grupo. También vende prendas que provienen de donaciones. Otros hombres que prueban su suerte en la industria de la moda rebajan los precios al euro, incluso a los 50 céntimos, aunque sea para ir apoquinando algo de calderilla.

El sudanés Adam, 24 años, es el rey indiscutible del zoco, su puesto es el más grandeMarcos Moreno

Justo en el otro extremo del recorrido se sienta Hamza. Es de Casablanca, 23 años. Imaginamos su historia con las palabras sueltas en español que sabe pronunciar entre frases indescifrables en árabe: "No padres", "hermana", "ganar la vida". Las hilvana otro joven que domina el idioma: "No tiene padres, sólo una hermana de 14 años que vive con su abuelo en Marruecos. Él ha venido a España para pagar el colegio", sostiene.

Hamza no ha estudiado, prosigue, pero desde una edad temprana se ha dedicado a trabajar en almacenes. Con el poco dinero que trajo, compra en Mercadona las barras de pan de tres en tres, los yogures en packs de seis y las galletas Príncipe (marca blanca) a pares. Expone todos sus productos sobre un cajón dado la vuelta tapado con una manta de Cruz Roja. Las vende doblando el precio de compra: si las tres barras de pan le han costado 1,50 euros, él vende cada una por uno. El vecino, que vende lo mismo, sigue la misma técnica. A lo sumo, "en una semana gana seis euros, no le compra mucha gente porque hay más puestos y le ayudan por...", su traductor no encuentra la palabra. Pone cara de pena. "Tiene que ganarse la vida", insiste, "y cuando no queda nada, pedir".

Los inmigrantes que piden van a tocar las puertas de las casas de los vecinos. Por lo general, comentan, suben desde la playa hasta los barrios más elevados; algunos llegan hasta El Príncipe o Sidi Embarek. Muchos días regresan al Trampolín con las manos vacías.

Unos 2.000 inmigrantes han ocupado la playa de El Trampolín, creando una barriada nuevaMarcos Moreno

La compraventa no se limita a esta parte de la playa. Los marroquíes plantan sus puntos de venta a lo largo de toda la playa y los africanos -los senegaleses, por lo general- deambulan por los pasadizos que separan las chozas cantando el nombre de su mercancía y el precio al que la venden, al estilo de los vendedores ambulantes de las playas del sur.

Sin embargo, el mercadeo no siempre es pacífico en El Trampolín. De vez en cuando algún grito se hace protagonista. Las enemistades y los desacuerdos entre los ocupantes de la playa se ponen de manifiesto frente a alguno de sus puestos y son los propios inmigrantes quienes se ocupan de separar a los varones que se encaran. Y es que si hay algo llamativo en esta zona de la ciudad es la ausencia de Cuerpos de Seguridad. Ni un policía ni un militar patrullan la zona durante la mañana en más de una hora.

La Ciudad Autónoma de Ceuta prohíbe la venta ambulante de productos alimenticios y restringe la venta de ropa en la vida pública salvo que se tenga autorización. Dado que la situación de estas personas no corresponde a ninguna de las excepciones contempladas en la Ordenanza municipal, que data del año 2000, la venta ilegal de estos productos habría de ser desmantelada. Por eso, los vecinos caballas preparan una protesta formal contra el Gobierno de la Ciudad, según informa Ceuta Ahora, para que ejerza las competencias que le corresponde en esta materia.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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