Imágenes de la CPAC 2026 en Texas
EEUU Dentro de CPAC, la gran cumbre ultraconservadora que rompe con Trump: "La ideología 'Make America Great Again' se muere"El presidente de EEUU ha sido el gran ausente de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de Texas, de la que antaño fue la gran estrella.
Más información: Trump canta victoria en Irán, pero anuncia nuevos ataques en las próximas semanas y deja el final de la guerra en el aire.
Itziar Nodal Denver Publicada 5 abril 2026 02:41hLas claves nuevo Generado con IA
Durante años, la Conservative Political Action Conference (CPAC) ha sido el corazón simbólico del trumpismo. Un espacio donde la derecha estadounidense no solo se reúne, sino que se reafirma, cohesionada, expansiva y con vocación de hegemonía cultural.
Este año, sin embargo, esa imagen ha empezado a resquebrajarse.
La última edición, celebrada hace unos días en Texas, ha dejado una sensación difícil de ignorar: el movimiento MAGA sigue siendo central en la política estadounidense, pero ha dejado de funcionar como un bloque sólido. La impresión no proviene solo de unos discursos cada vez más previsibles, sino del ambiente.
Cientos de miles de personas se manifiestan en EEUU al grito de 'No Kings day' para protestar contra los abusos de TrumpMiles de asistentes han pasado por charlas con títulos como "Cazadores comunistas del K-Pop" o "Cigarros y carne roja: una guía de supervivencia de MAHA", una mezcla de provocación, cultura digital y espectáculo que resume bien el tono del encuentro.
Llenar el vacío de Trump
La ausencia de Donald Trump ha sido el primer dato político de la cumbre y, probablemente, el más revelador.
Por primera vez en una década, el líder que había convertido la CPAC en una extensión de su liderazgo no ha aparecido en el escenario. La Casa Blanca ha reducido su ausencia a una cuestión de agenda, sin explicación política ni gesto compensatorio.
Imágenes de la CPAC 2026 en Texas
El contraste con ediciones anteriores ha sido evidente. Durante años, Trump utilizó esta cita para reforzar su liderazgo y marcar el rumbo ideológico del movimiento. Esta vez, ese espacio ha quedado vacío.
Y nadie ha logrado ocuparlo.
El cartel ha reunido a figuras relevantes —Ted Cruz, Steve Bannon, Robert F. Kennedy Jr., Brendan Carr o Matt Gaetz—, pero sin capacidad para ordenar el debate ni fijar una línea común. Más que relevo, lo que se ha visto ha sido una sucesión de intervenciones sin dirección.
El intento de renovación ha pasado por dar protagonismo a Nick Shirley, un creador de contenido de 23 años conocido por sus vídeos de confrontación política. Su intervención ha dejado una imagen elocuente: un discurso ante demasiadas sillas vacías.
Steve Bannon ha tratado de cerrar filas apelando a la fortaleza del movimiento, pero su intervención ha tenido más de contención que de liderazgo.
La CPAC ha girado en torno a Trump incluso en su ausencia. Y ese ha sido precisamente el problema: el movimiento sigue dependiendo de su figura para estructurarse, pero ya no logra sostenerse sin él.
La contradicción de Irán
Si la ausencia de Donald Trump ha marcado el tono, la guerra en Irán ha definido el fondo.
Hace un año se presentaba como aspirante al Nobel de la Paz; hoy, su movimiento afronta una guerra en curso que divide a su propia base.
Sobre el escenario, las posiciones han sido abiertamente divergentes. Erik Prince, fundador de la empresa militar privada Blackwater, ha advertido de los riesgos de una intervención a gran escala y de un conflicto que podría desbordarse.
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Matt Gaetz, excongresista republicano y figura destacada del ala trumpista, ha sido aún más explícito. Ha alertado de que una invasión terrestre "haría a Estados Unidos más pobre y menos seguro", vinculando el conflicto con el encarecimiento de la energía y el deterioro económico interno.
En el lado opuesto, Ric Grenell —exdirector interino de Inteligencia Nacional y aliado cercano de Trump— ha defendido la intervención como una decisión estratégica necesaria.
No ha habido una línea común porque ya no hay consenso sobre qué significa, en la práctica, el "America First".
El conflicto también se ha expresado en los símbolos. En los accesos al recinto, asistentes de origen iraní recorrían la convención con banderas pre-revolución sobre los hombros, gorras con el lema "Make Iran Great Again" y carteles en apoyo a Reza Pahlavi, el hijo del último sah y figura que algunos consideran clave para un eventual cambio de régimen.
Durante los cuatro días de convención, su presencia ha sido constante. En los pasillos, las conversaciones sobre la guerra se mezclaban con relatos personales y posiciones enfrentadas. "Es necesario", afirmaba uno de los asistentes, mientras otros advertían del riesgo de una intervención prolongada que reproduzca escenarios como Irak o Afganistán.
Esa división ha atravesado a la base. Algunos han respaldado la guerra desde marcos ideológicos o religiosos —"es bíblico"— o como una oportunidad estratégica en la región. Otros han expresado una preocupación más inmediata: el coste económico, la duración del conflicto y sus consecuencias internas.
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Luis Ezcurra de AlburquerqueEn paralelo, el conflicto ha ido acompañado de un endurecimiento del discurso. En distintas mesas redondas y discursos han proliferado mensajes que alertan sobre la supuesta amenaza de un islamismo radical dentro de Estados Unidos, con llamamientos a endurecer políticas migratorias e incluso a asumir abiertamente posiciones islamófobas.
La guerra exterior y la retórica interna han empezado a retroalimentarse.
Entre los sectores más jóvenes, esa deriva ha generado incomodidad. El temor a un posible reclutamiento, el aumento del coste de vida o la sensación de que el movimiento se aleja de sus propias promesas han nutrido una crítica cada vez más abierta.
El trumpismo, que durante años se presentó como una alternativa al intervencionismo de Washington, ha dejado de tener una posición unificada en uno de los temas que definieron su identidad.
Y esa contradicción ya no puede ocultarse.
Desgaste en las nuevas generaciones
Más allá de la política exterior, la CPAC ha dejado al descubierto una fractura más profunda: la generacional.
El debate que atraviesa a los asistentes más jóvenes ya no gira en torno a las grandes consignas del movimiento, sino a cuestiones mucho más concretas. La deuda universitaria o la dificultad para independizarse han ocupado un lugar central en conversaciones que apenas han tenido reflejo en el escenario.
La distancia no es abstracta. Es material.
"¿Cómo es posible que alguien salga de la universidad con 100.000 dólares de deuda mientras enviamos miles de millones al extranjero?", se preguntaba uno de los asistentes. Otro, de 19 años, reconocía sentirse más cercano a algunas posiciones progresistas en sanidad o educación que a las de su propio entorno político.
La ruptura no es solo ideológica. Es de prioridades.
El movimiento ha dejado de hablar el mismo idioma que quienes deberían garantizar su relevo.
Algunos asistentes han descrito el ambiente como "plano" o repetitivo; otros han cuestionado el peso creciente de influencers políticos frente a perfiles con experiencia en gestión pública.
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"Quiero que la política vuelva a ser aburrida", resumía un joven profesional conservador tras recorrer la convención.
La frase apunta a un malestar más profundo: el cansancio ante una política convertida en espectáculo permanente.
Ese desgaste convive con un diagnóstico más duro que empieza a expresarse sin rodeos dentro del propio ecosistema conservador. "Creo que MAGA está muriendo", afirmaba una joven estratega republicana tras varios días de convención.
Al mismo tiempo, la CPAC ha dejado de ser, para muchos, el espacio donde se define el futuro del movimiento. Otros foros más dinámicos —y menos controlados— están ocupando ese lugar.
La convención ha mantenido su valor simbólico.
Pero ha perdido su capacidad para marcar el rumbo.
Y esa pérdida no responde a un momento puntual, sino a una desconexión creciente entre el discurso trumpista y las preocupaciones de quienes deberían sostenerlo en el futuro.